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La Aldea Gallega de A Coruña: La "Ciudad Jardín tradicional" que se quedó a medias

A Coruña es una ciudad que adquiere su identidad a través de los barrios. Quizás como tantas otras o no. Un aspecto que define las diferentes sutilezas de la ciudad y que es difícil de sintetizar, aunque en 1925 un gran arquitecto gallego, Antonio Palacios, intentó dotar de un lenguaje propio
Señalética de Aldea Gallega via As Xubias, Gaiteira, Os Castros. wordpress.com
Señalética de Aldea Gallega via As Xubias, Gaiteira, Os Castros. wordpress.com
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El escritor Uruguayo Mario Benedetti escondía entre los diferentes nombres con los que sus padres lo bautizaron al nacer el de Hamlet (su nombre de nacimiento era Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti Farrugia), quizás de ahí esa inclinación a mirar el mundo con otros ojos, y su capacidad de construir sentimientos con palabras. A veces incluso esos sentimientos son resultado de un soliloquio interior del que desconocemos su existencia. Sobre la ciudad, Bendetti resumía en una frase la sensación de identidad de un lugar: “Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño.”

La identificación del habitante o del ciudadano con su entorno próximo, hace que ciertos fragmentos de ciudad se tornen domésticos, tanto como el lavabo en que todas las mañanas recibe un ‘buenos días’ somnoliento o la ventana del dormitorio que se abre y se cierra cada día, que permite saber más del mundo sin abandonar la protección y privacidad del hogar. La identificación del lugar como adjetivación personal, es decir, como característica del propio mundo individual tiene mucho de
definición territorial, y esta se trasladada indefectiblemente a la comunidad y al hábitat.

En cualquier ciudad, es posible obtener la respuesta a la pregunta ¿cuál es tu barrio? Lo curioso de esta respuesta es precisamente la sencillez de esta teniendo en cuenta el conjunto de factores complejísimos que se esconden de forma inconsciente tras ella. La mutación, la transformación, el borrado y la reconstrucción son estrategias comunes de la organicidad del crecimiento urbano, algunas entre muchas otras que constituyen una constelación de sospechosos habituales que operan los cambios de nuestro hábitat vivo. Los límites de los barrios son objeto de debate en numerosas ocasiones, a veces debates de bar
otras de despacho público, pero siempre caracterizados por una identidad propia inmarcesible.

A Coruña y sus barrios

En A Coruña, con casi cincuenta barrios, estos constituyen un microcosmos como refleja la publicación ‘A Cidade dos Barrios’. En este magnífico estudio de la ciudad, se recogen numerosos datos que reflejan el ‘estado de ánimo’ de la misma, una percepción basada en el testimonio de sus propios habitantes. Entre la gran cantidad de información y el caleidoscopio de miradas que analizan la ciudad, hay un pequeño detalle que resulta muy interesante y es la diferencia que existe entre la identificación que los ciudadanos hacen del límite de su barrio y el que se hace de forma oficial. Pequeños matices, pero matices cargados a veces de una memoria subliminal, desconocida o no por su habitante. Y es que quizás el barrio resulte hoy en día una unidad compacta reconocible y un órgano muy activo del organismo urbano, pero hay miles de capas que subyacen bajo él. Una de esas capas, tan sólo una de ellas es la red que componen los antiguos municipios que formaron la ciudad o que fueron absorbidos por ella.

Los estudios territoriales reflejan hasta 44 pequeños municipios desde los más conocidos que han dado nombre a áreas importantes de la ciudad actual como San Vicente de Elviña. Bens, A Cabana, Penamoa, Mesoiro, A Gaiteira, Santa Margarita o Peruleiro, a aquellos que se desvanecen absorbidos por el nombre de un barrio actual como Casablanca, Riazor, Vío, San Roque, Casataño de Eirís, A Madosa o monte tras da Costa. Todos los nombres resuenan en la memoria de cualquier coruñés o habitante de la ciudad, a veces porque este aún existe y forma parte de la línea de autobuses o de alguna dirección habitual del día a día. Pero todos ellos han formado parte de las estrategias urbanas de crecimiento de una ciudad que, a principios de siglo XIX, como tantas otras metrópolis europeas decide derribar sus murallas y extenderse extramuros incorporando aldeas, lugares, fincas y todos aquellos territorios que poco a poco van dando forma a la ciudad contemporánea.

“La calle forma un tejido en que se entrecruzan miradas de deseo, de envidia, de desdén, de compasión, de amor, de odio, viejas palabras cuyo espíritu quedó cristalizado, pensamientos, anhelos”. Miguel de Unamuno

A Coruña de noche, Nuria Prieto

La definición y estudio del barrio como unidad urbana es un aspecto tan complejo como delicado desde el punto de vista arquitectónico, ya que afecta de manera directa al habitante de la ciudad. Hay barrios de nueva creación, barrios históricos, barrios mutables, barrios difusos y otras tantas adjetivaciones posibles que son en realidad el origen de la diversidad urbana. Los proyectos que afectan a estas unidades tan diversas son en ocasiones aciertos desde todas las ópticas desde el espectro técnico, al burocrático como a ojos de la opinión pública y del habitante anónimo que es el cliente final del mismo. Obviamente hay actuaciones negativas que deshumanizan el hábitat y destruyen de forma irreversible algunos fragmentos de gran riqueza urbana, estas reconocibles de forma casi sintomática como cuando falla una extremidad o algo va mal en el cuerpo, son paulatinamente aisladas o engullidas por estrategias superiores destinadas a paliar sus estragos urbanos. Pero hay un conjunto de proyectos que se encuentran ente un extremo y otro, y que son difíciles de analizar y mucho más de enjuiciar ya sea desde un punto de vista técnico, administrativo o ciudadano, porque están plagadas de claroscuros y de adaptaciones. Quizás sea cuestión de tiempo o de ejercicio, como recuperar la capacidad de andar o de hablar tras una operación, estos proyectos son sin duda los que generan una polémica necesaria que enriquece el debate sobre la ciudad.

El debate sobre el urbanismo de la ciudad es una constante en tanto en cuanto es un hábitat colectivo, en el que todos los que lo habitan son juez y parte de este. Por esta razón el barrio como unidad de medida es tan relevante en el análisis urbano y al mismo tiempo tan complicado. Dejando al margen los proyectos que mejoran la ciudad, los que la destruyen y los que causan debate… ¿qué ocurre con aquellos que simplemente no fueron? No se trata de realizar una narrativa de las utopías urbanas que siempre planean sobre las ciudades y cuya definición es a veces un conjunto de dibujos muy reveladores, pero escasos para realizar una evaluación que conduzca a un juicio sobre esas intervenciones. Hay magníficos proyectos como ‘La ciudad de las rías’ de Andrés Fernández-Albalat cuya verosimilitud es tal que casi sorprende su ausencia en la morfología urbana coruñesa. Pero hay otros, quizás menores, que tan sólo forman parte de la memoria, pero cuyas características internas así como su voluntad de crear futuro al igual que La Ciudad de las rías, los convierten en objeto de estudio.

Antonio Palacios (1874-1945), es un arquitecto gallego de trayectoria brillante, y aunque Madrid lo reivindique como suyo sus raíces biográficas, pero también su arraigo intelectual se encuentran en Galicia. Palacios, que se formó en Madrid y estableció allí su estudio, es autor de los edificios más emblemáticos de esta ciudad, facilitando a través de su obra la tan ansiada transición de la capital de villa a metrópoli moderna. Es autor de edificios tan presentes en la imagen de Madrid como el Círculo de Bellas Artes (1920), el Palacio de Comunicaciones (actual Ayuntamiento de Madrid, 1904), la icónica Casa Palazuelo, el Hotel Avenida (1924), la Casa Matesanz (1923), Hospital de Jornaleros de Maudes (1908-1916), Central eléctrica de Pacífico (1924), el Casino (1903) o muchas de las primeras estaciones de metro de la ciudad. La imagen de una ciudad, que Palacios estaba creando como un traje a medida para Madrid es en realidad una estrategia activa que se puede replicar como la reinvención de la identidad de un lugar.

La estrategia de definición lingüística a través de la arquitectura es una forma de actuar sobre la ciudad que Palacios comparte con Aníbal Álvarez, como búsqueda de una identidad nacional. Palacios desarrolla esta idea también en Galicia, construyendo un lenguaje regionalista para sus obras en este territorio. Una acción paralela a la de sus amigos y compañeros intelectuales y pintores galleguistas (era amigo personal de Ramón Cabanillas, Castelao, Valentín Paz Andrade y de su colega arquitecto Rafael González Villar), que a través de su pensamiento procuraban una identidad cultural para Galicia. La etapa de la obra madura de Palacios coincide en el tiempo con la fundación de las Irmandades da Fala y el Grupo Nós a principios del siglo XX, integrando su obra en una línea de pensamiento que huye de folclorismos, nostalgias y tópicos para proporcionar una imagen innovadora de profundas raíces territoriales. En el marco de este pensamiento se encuentran algunas de sus obras más relevantes en Galicia como el Templo votivo del mar en Nigrán (1932-1937), casa consistorial de O Porriño (1919-1921), parte del complejo de Mondariz Balneario (Edificio de la Varanda, Sanatorio y Fuente de Gándara en torno a 1915) o el Monasterio de la Visitación de las Salesas Reales (1943-1945).

Antonio Palacios y la arquitectura identitaria gallega en A Coruña

Dentro de este contexto que se desplaza desde el barrio a la obra identitaria de Palacios, aparece un interesante proyecto que tiene que ver con una fusión entre el discurso regionalista y la teoría urbanística del arquitecto. Aldea Gallega, es un proyecto para una colonia de viviendas unifamiliares en la zona de Casablanca, en A Coruña. Este proyecto que podría ser analizado como una actuación tipo ‘ciudad jardín’ común a cualquier ciudad europea, está cargado de una teoría fuertemente razonada detrás que tiene que ver con la puesta en valor de ‘la casa de la aldea’ por parte de Palacios.

José Ramón Iglesias Veiga, doctor en historia, recoge en su texto científico ‘Arquitectura regionalista en Galicia: de la mirada al Románico a la revalorización del Barroco’, un fragmento del editorial que Antonio Palacios publica en el Faro de Vigo en Diciembre de 1925: ‘Galicia no necesita que se falsifique su belleza natural adornándola con el artificio de «chalets» y jardines franceses; el encanto de la aldea está precisamente en su sencillez característica no profanada todavía por la ciencia de los arquitectos. Las construcciones de estilo extranjero pueden admitirse en las ciudades y en sus alrededores y aún creemos que para ello se podría buscar modelos dentro del propio país sin acudir a lo importado. En la aldea solo cabe la casa labriega -¡nuestra casa!- cómoda y amplia, con sus ventanas abiertas a la luz, dominando los extensos prados y labradíos (…) Hasta la solana y el patín pueden entrar en esas construcciones modernas sin perjuicio para su belleza’

El editorial, a ojos contemporáneos, puede ser contemplado como un manifiesto, antecedente del proyecto no construido de ‘Aldea Gallega’ para Casablanca. Un proyecto que debió de resultar una constante en sus ideas urbanísticas que por entonces aplicada en los planes de extensión o reforma urbana como el Plan para Vigo de 1932 o la reforma para Vilagarcía de Arousa de Iglesias cita la exposición de un proyecto de Aldea Gallega en Santiago de Compostela en 1930. El investigador José Carlos Alonso descubre la existencia del Proyecto de Aldea Gallega en el archivo municipal de A Coruña, y refuerza su hallazgo en las investigaciones del profesor de Historia Antonio Garrido Moreno quien en su tesis doctoral refleja la posible existencia de obras de Antonio Palacios en esta ciudad.

Emplazamiento actual de la antigua Aldea Gallega

El proyecto es un condensador de pensamiento materializado a través de la arquitectura. La pequeña promoción inmobiliaria situada en una ladera de suave pendiente en la zona de Casablanca en terrenos pertenecientes al doctor Ángel Durán, constituiría la primera creación de una colonia de lenguaje regionalista gallego en A Coruña. Pero el proyecto no fue una utopía, sino que se construyeron hasta cuatro viviendas siguiendo el proyecto de Palacios, viviendas caídas en el olvido y destruidas salvo una, que logró atravesar los años hasta principios del siglo XXI en la que también sucumbió. La propuesta inicial contaba con 33 parcelas, sobre las que se edificaría el mismo número de viviendas, tan sólo se edificaron las parcelas 11, 13, 14 y 23. La morfología de las viviendas era la propia de una vivienda para la pequeña burguesía, es decir, contaban con espacios muy amplios basados en principios higiénicos y también con áreas para el descanso al exterior como terrazas y jardines.

El lenguaje arquitectónico de las viviendas parece a un simple golpe de vista neutral, simplemente contextualizado en su tiempo, pero tras una mirada más detenida se aprecian algunos motivos regionalistas como la tipología de la carpintería, así como la materialidad de la cubierta, frente a éstas contrasta algún manierismo europeísta como el uso de aleros o arriostramientos de madera vistos en fachada, típicos de la arquitectura francesa o inglesa. Este último rasgo se puede fundamentar en la intensa producción arquitectónica de ‘ciudades jardín’ o ‘company towns’ en Europa y entre las cuales esta colonia se enmarca. La última de las viviendas de la colonia fue derribada debido a la construcción del túnel que conecta la carretera del Pasaje con Alfonso Molina.

Bocetos realizados según la planimetría conservada de Aldea Gallega
Nuria Prieto, 2020

Calles extrañas

De alguna forma la propuesta urbanística de Antonio Palacios intentaba recuperar un trocito de ciudad. Una pequeña aldea en lo que era una población aledaña a una ciudad en crecimiento. Además, buscaba dotar de identidad al lugar, esa que hace que la calle no sea extraña nunca más a la manera de Benedetti. La progresiva deshumanización urbana ha hecho de estas propuestas utopías, transformaciones territoriales abortadas que hacen que la óptica de la ciudad se perciba como un mero escenario neutral carente de vida. Una mirada que como la que tiene la escritora estadounidense Fran Lebowitz sobre Roma es la de la perturbación de la aparente tranquilidad con la propia intensidad de la vida:

‘Roma es una ciudad muy loca en cualquier aspecto. Basta con pasar una hora allí para darse cuenta de que Fellini hace documentales’. Fran Lebowitz en Metropolitan Life (ed. Dutton, 1978) p.64

La vida, la ciudad, el barrio y la identidad se entretejen en algunos proyectos, sin saber cuál es el hilo que inició el tapiz. Una cuestión sin respuesta sintomática de la densidad de conceptos que se esconden bajo una propuesta arquitectónica, y tan sólo una capa de la compleja estructura urbana que habitamos. El hábitat late bajo el suelo emergiendo como una estructura subliminal en lo que percibimos como una construcción producto netamente del determinismo social. Pasear y vivir los barrios de la ciudad es en realidad un proceso inmersivo de aprendizaje inconsciente que resulta en una profunda sabiduría cultural de identificación, o simplemente sentir que ‘la calle deja de verla a una como una extraña’.

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