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El Gran Café Moderno de la Calle Real de A Coruña

Una obra de arquitectura de atmósfera especial, que el arquitecto Antonio de Mesa diseñó en 1919 y cuya fachada se ha convertido en un icono de la Calle Real.
La fachada del Gran Café Moderno hoy
Nuria Prieto
La fachada del Gran Café Moderno hoy
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Hay algo de especial en las conversaciones largas que transcurren en torno a una taza de café o té. El magnetismo del humo que emerge de la bebida, el olor y sin duda, la cadencia de una conversación. Es una atmósfera de metrónomo lento, de partida de ajedrez o de enfriamiento sosegado de esa bebida reconfortante. Se trata de una acción bien definida, doméstica pero placentera, un instante que se encuentra dentro de un paréntesis temporal inviolable. Y como toda acción tiene lugar en un escenario concreto, pero es exactamente en ese momento es donde la arquitectura toma el protagonismo de forma sibilina en un deliberado segundo plano.

Los lugares en torno a una taza se tornan en una atmósfera definida a través de las cualidades del espacio. Y aunque este último tan sólo sea un escenario, representa en sí un conjunto de características arquitectónicas que determinan un espacio que es elegido para realizar esa acción. Una elección que tiene su parentesco lingüístico con la palabra elegancia. Parece que si elección y lugar encajan se produce esa elegancia atmosférica del espacio que resulta adecuado para ser escenario del café y la conversación. Elegir, elegancia como una acción cotidiana o como diría Ortega y Gasset "Se suele tener de ésta [de la elegancia] una idea estúpida y superficial. Se ignora por completo que es un ingrediente y, a la vez, un síntoma de toda vida auténticamente enérgica"

Hubo un tiempo en que esos lugares del té o del café eran espacios de tertulia. Debates tranquilos e instructivos en los que se intercambiaban ideas o posturas sobre aspectos metafísicos o mundanos, un recorrido por los matices, las referencias y la información que constituyen en sí una subcultura que mantenía el pulso intelectual de la ciudad. Lugares que son elegantes, siguiendo la definición de Ortega y Gasset, por lo que tienen de vida diaria o elección.

Los cafés literarios

Los grandes cafés llegaron a las ciudades en el siglo XIX y A Coruña no es una excepción en esta dinámica. El contexto eligió a la arquitectura, pero también es una forma de entender el espacio que se ha replicado desde entonces. También se ha mantenido. Es sencillo imaginar a Fernando Pessoa en la Brasileira de Lisboa disfrutando un intenso café de Brasil (y no tanto, ya que han dispuesto una escultura en su honor), a James Joyce debatiendo en el Davy Byrne's de Dublín, a Naghib Mahfuz en el café El Fishawi de El Cairo, o quizás a Lord Byron discutiendo con Percy y Mary Shelley en el Antico Caffè Grecco de via Condotti 86 en Roma.

Claro que estas imágenes parecen de otros tiempos, pero no es algo detenido en un instante si no una costumbre tan humana que es imposible de abandonar, así unas cuantas décadas más tarde en el White Horse del West Village (Manhattan) Bob Dylan, Jack Kerouac o Norman Mailer disfrutaban de un espacio en el que el café no era lo único importante aunque sí el nexo de unión. De esos lugares saldrían maravillosas obras, ideas, citas, canciones o quizás no, y tan sólo quedaría esa conversación al más puro estilo naturalista-pesimista de James Joyce: "Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema." Ulises" (1922).

Este lugar tan especial para el intercambio de ideas reunía una serie de características únicas, que son comunes a todos los cafés que actualmente se denominan "café tertulia" o "café literario". Son espacios de directrices amplias, en los que sin embargo no se trasmite la sensación de vacío, sino al contrario, se utiliza la iluminación y la materialidad para construir una atmósfera. La iluminación es parcialmente natural, pero se suplementa con puntos de luz individuales en cada mesa y algunos, discretos, nunca directos en el resto del espacio. Se trata de luces con una temperatura de color muy baja, es decir, cálidas que consiguen una percepción dorada.

La materialidad suele estar compuesta por maderas oscuras y mosaico, materiales tradicionales pero resilientes y con capacidades organolépticas que trabajan en varias capas: la madera cruje, amortigua sonidos y absorbe olores, el mosaico envejece, las sillas tienen una sonoridad particular al moverse. Son estos últimos los pequeños trucos que junto con la luz se traducen en 'qué sitio más agradable' o 'qué olor más rico a café'...pero no son las únicas trampas sensoriales que guardan estos cafés, hay algunas más que se adivinan de una forma más directa como la decoración con elementos de referencia cultural directa como cuadros, el uso de espejos que crean una sensación de fractalidad que favorece la iluminación y el brillo de la luz, la presencia de libros y periódicos, y por supuesto la música de cadencias graves. No resultaba casual la presencia de un piano como en el café Majestic de Oporto o las estanterías de libros manoseados del café Les Deux Magots en el número 6 plaza Saint-Germaine-des-Près de París.

La arquitectura del café literario en A Coruña

En A Coruña se mantiene la esencia de estos cafés a través de sus rasgos distintivos en lugares icónicos para la memoria colectiva contemporánea como el Macondo, La Dársena o el Universal. Sin embargo hubo un precedente interesante que pasa desapercibido a pesar de su imagen exhuberante.

En el número 86 de la Calle Real se ubica una colorida fachada que esconde actualmente un recorrido en su interior. Una galería comercial que llega hasta la calle Olmos y que respira la esencia de algo más. El inmueble original (1908) era un edificio de viviendas que no atravesaba la manzana, sino que únicamente daba a la calle Olmos, componiendo una pieza más en el denso tejido de la Pescadería decimonónica. En 1919 Antonio de Mesa y Álvarez, que había sido arquitecto municipal y arquitecto de hacienda entre 1890 y 1894, se hace cargo del proyecto de reforma y reorganización de esta parcela, que incluye el diseño del Gran Café Moderno con la colaboración de Julio Galán. Su trabajo de rehabilitación comprendió el vaciado interior del edificio, conservando la estructura, y adaptando su espacio interior y su fachada hacia la calle real, en lenguaje modernista, como café. 

El Gran Café Moderno tenía una fachada hacia la Calle Real, que se conserva hoy en día tras varias restauraciones, especialmente tras su incendio unos años atrás. La imagen de este edificio destaca no sólo por su ornamentación, sino también por su policromía. La composición está formada por un gran arco central, en el que se enmarca una gran galería con balcón, que se abre a la calle. A ambos lados del balcón se incorpora una jerarquía de ornamentos en vertical: farolillo, mascarón y escudo, que cierran la composición. El edificio se remata superiormente con una cornisa muy trabajada. Los colores de la composición son el azul, el rojo y el dorado, similares a la policromía original de obras clásicas como el Partenón.

Los colores son fríos, frente a los tradicionalmente cálidos utilizados en otros edificios modernistas, quizás por el carácter marinero de la ciudad o quizás por inspiración artística en alguna otra obra clásica. El dorado se utiliza al igual que se haría en la decoración de un espacio interior, como si se tratase de una pieza metálica revestida de pan de oro. Las espigas y los escudos se tiñen de este color, el azul se reserva para los fondos compositivos horizontales y el rojo para resaltar volúmenes verticales. Este uso del color es muy común en el estilo secesión, en el que los cielos grises no permiten el contraste volumétrico a través de la incidencia de la luz del sol.

La referencia directa de una fachada como esta se puede encontrar en la obra de Otto Wagner y en la exquisita composición arquitectónica del estilo secesión vienés. Cada uno de los elementos de esta fachada pueden referenciarse a una obra del arquitecto Otto Wagner. El arco central es similar al de la Caja Postal de Viena (1904-1906) o la estación de metro de Karlsplatz (1894-1899) y los escudos y mascarones pueden asemejarse a la fachada de la Majolikahaus (1898-1900) especialmente en su jerarquía vertical. Pero las referencias no terminan aquí, y es que el pintor Gustav Klimt utilizaba gamas cromáticas similares en sus obras, y su influencia sobre muchos arquitectos se hace patente en la composición de muchos elementos estéticos.

El interior, desaparecido, era un espacio libre en el que las mesas para tomar café se alternaba con zonas de ocio con billar. Antonio de Mesa y Álvarez, tenía experiencia en la intervención en edificios históricos coruñeses, ya que fue el encargado de rehabilitar la Fábrica de Tabacos en 1908, pero también de construir el lavadero público del Parrote en 1896, la casa de Andrés Souto en 1917, Casa Julián Nistal en 1919 o la Terraza del paseo de Méndez Núñez en 1920. También realizó algunas propuestas sin construir como un diseño para el Mercado de San Agustín (1910-1911). Estas obras se enmarcan dentro del estilo ecléctico, ya que sus características fundamentales no responden estrictamente a las normas de modernismo.

Un café, por favor

"Es probable que la ciencia nunca llegue a inventar un mejor sistema de comunicación en el trabajo que el descanso para el café"

Earl Wilson

El Gran Café Moderno desapareció, pero su esencia se conserva aún en otros locales de la ciudad, que si bien no tienen un lenguaje modernista estricto o no responden a la imagen que se esconde en la memoria, son elegantes. Una elegancia compuesta de la atmósfera que define la arquitectura y que hace que ese lugar se convierta en un pequeño hábitat cargado de sensaciones. O quizás son sólo cosas para comentar delante de una taza de café.

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