El Español
Cultura
|
Conoce Coruña

Alameda, la Calle de las Bestias de A Coruña

El callejero oculta secretos bajo nombres que esconden historias. La calle de las Bestias, permanece en un segundo plano, escondida bajo otro nombre, pero es la artífice de la estructura de la ciudad en un momento de crecimiento urbano determinante para la modernización de A Coruña.
La calle Alameda
La calle Alameda
Ofrecido por:

Un profesor de la escuela de Arquitectura decía que siempre hay que sospechar de la toponimia. “Si un lugar se llama ‘as Brañas’ o ‘as Lagoas’ desconfiad del terreno” decía, y con razón, ya que explicaba con detalle el diseño de cimentaciones y estructuras. No es un dato científico, para eso están los estudios geotécnicos y las comprobaciones del terreno previos al inicio de la obra que determinan el cálculo real. Es un dato cultural, un comentario casi como un rumor que no está de más conocer para comprender algunos detalles.

“¡Adoro los rumores! Los hechos pueden ser engañosos; los rumores, ciertos o falsos, son muy reveladores” Christoph Waltz impersonando al coronel de las SS Hans Landa en Malditos Bastardos. Quentin Tarantino, 2009.

Algo similar a esta sospecha que se cierne sobre el lugar, sucede con el callejero. Y es que hay calles que llevan el nombre de lugares o personas significativas cuyos nombres son fáciles de consultar, otras muestran algunas pistas como “Cordelería”, “Panaderas” o “Calle Real”, pero hay otras que sorprenden quizás porque con el crecimiento urbano se ha borrado parcialmente su contexto. Un paseo tranquilo puede sumar una serie de nombres curiosos que quizás aparenten o no su contexto, pero otros plantean reflexiones, o al menos una pregunta ¿de dónde viene este nombre?

Vista de la calle de las Bestias desde la Plaza de Lugo

El callejero de A Coruña

Como en la famosa teoría de la navaja de Ockham (atribuida al fraile franciscano Guillermo de Ockham, 1280-1349), la respuesta más simple suele ser la real, pero como en todas las teorías a veces hay excepciones. La calle de las Bestias en Coruña podría ser un buen término de análisis. Su nombre sugiere que esta era una calle en la que habitaban bestias, pero la etimología de esa palabra aunque es clara su evolución en uso y significado ha variado con el tiempo. Podría ser que esta calle fuese el hogar de minotauros, cíclopes o seres extraños, pero en realidad una bestia no es más que un animal, al menos en su primera acepción, aunque forme parte de un lenguaje no tan común hoy en día. De todas formas, buscando en el callejero, no aparece su nombre, ni siquiera en Google Maps. 

Escondida bajo otro nombre más afable, la Calle de las Bestias lleva en su nomenclatura la referencia a los que entonces deambulaban por ella, que no eran otros que animales de carga y tiro para transporte público o privado. El origen arquitectónico de esta calle es precisamente el que alentó ese cambio de nombre y su reestructuración para ser integrada en un callejero casi consolidado. En la actualidad la calle lleva el nombre de Alameda, pero en realidad allí no había álamos.

Plano de las murallas de A Coruña (1810)

La calle Alameda: bestias, murallas y una parcela vacía

La calle Alameda es el resultado de la reestructuración de la trama urbana tras el derribo de las murallas de la ciudad que se extendían desde el Orzán a la actual Plaza de Mina. Es popularmente conocido que la calle Juana de Vega estaba ocupada por la muralla, pero a veces el protagonista de la historia no es quien tiene la biografía más interesante. Las murallas que desaparecieron, eran de traza quebrada siguiendo el modelo barroco que se basaba en los módulos derivados de la longitud de alcance del armamento de entonces. Pero los quiebros no están presentes en la traza actual, el reflejo estrellado de los bastiones desapareció tras su derribo organizándose una trama ordenada. La ordenación de la trama sigue la del barrio consolidado y da el testigo hacia el barrio que se construirá: el ensanche. Pero la pescadería presenta una estructura de directriz lineal muy marcada con perpendiculares que comunican entre sí las vías principales: calle San Andrés y Cantones, creando un tramado irregular. Sin embargo, hay una alineación más o menos continua, y que responde a una organización relativamente improvisada, y es el espacio que se generó entre el tejido urbano de la pescadería y la infraestructura de la muralla que incluía un fuerte militar con diversas dependencias. Ese espacio, es decir, la fachada de la muralla que daba hacia la ciudad era muy poroso, permitiendo abastecer y penetrar en la muralla defensiva desde la ciudad, en contraposición a la cara que daba al exterior que era lógicamente opaca y cerrada. Hacia el lado de la ciudad se abrían entre otras los establos para las caballerías, instalaciones que, tras el derribo de las murallas fueron utilizadas para guardar animales de transporte y tiro. La contigua calle Huertas albergaba las cocheras de carruajes de uso público y privado. Su trazado recto y lineal responde a dos cuestiones básicas, por una parte la ampliación de la traza inicial que daba frente a los establos, y por otra la necesidad de prolongación de esta calle para conectar San Andrés con el Cantón pequeño atravesando Durán Loriga (como refleja el plano de Juan Vergel de 1735).

Calle Durán Loriga

Pero ¿calle Alameda? entonces ¿dónde estaban esos árboles? La respuesta tiene que ver con la reasignación de espacios y el trazado reconstructivo del área de la muralla. A finales del siglo XIX la desaparición de la muralla dejó un vacío destinado a servir de punto de inflexión de la ciudad antigua frente a la moderna. Un espacio que se reconstruyó como una descompresión de la ciudad antigua, anticipando el higienismo decimonónico europeísta de plazas, zonas verdes y espacios de paseo. Así la actual calle Juana de Vega se convirtió en una calle de paseo al estilo francés, un “boulevard” con árboles y sección amplia, lejos de las angosturas propias de la ciudad vieja. Se la llamó Paseo de La Reunión, La Alameda y paseo de la Alameda. El álamo, árbol de crecimiento rápido, gran adaptabilidad y resistente, era una especie recurrente en este tipo de actuaciones urbanas. Pero entonces la calle Juana de Vega fue cobrando importancia y tomó el nombre de la condesa de Espoz y Mina, activista y escritora liberal. A cambio, y quizás para dejar recuerdo de aquella evocación afrancesada o por dignificar el nombre de la calle secundaria (que no gustaba mucho a sus vecinos…es fácil imaginar los comentarios despectivamente cómicos al dar la dirección de residencia), este nombre saltó una manzana atrás y la calle de las Bestias se renombró en 1876 como calle Alameda.

Curiosamente, la calle aunque con un nombre que evoca al lujo afrancesado, al higienismo europeo y esa voluntad modernizadora de la ciudad de finales del siglo XIX, fue escenario del origen de la epidemia de cólera que asoló la ciudad en 1854. Aparentemente provocada por unos tejidos que una lavandera de Vioño había llevado al lugar, la epidemia tuvo como consecuencia el quemado higienizante del edificio en el que se originó el brote, en el entonces número 22. Dicha parcela se constituyó como un vacío urbano casi permanente. Posteriormente el emplazamiento de algunos edificios monumentales y de carácter mercantil (el Banco de España o la sede de Hacienda que es en la actualidad el CGAI) en sus inmediaciones, contribuyeron a dar fin al proceso de dignificación de la calle.

La historia de una calle

La calle alberga dentro de sí una narrativa que parece poner en práctica la abstracción de conceptual de Simone Weil (1909-1943) aplicada al urbanismo: "La purificación es la separación del bien y de la codicia. Descender a la fuente de los deseos para arrancarle la energía a su objeto. Allí es donde, en tanto que energía, los deseos son verdaderos. Lo falso es el objeto. Pero al separar un deseo de su objeto, se produce un indescriptible desgarro en el alma. Si uno desciende dentro de sí mismo, se encontrará con que posee exactamente lo que desea."

Desgarro, purificación, objetualidad nominativa o alma son algunos de los aspectos que arroja el trazado de esta calle secundaria. El anonimato de una traza así crea la ilusión de un lugar que esconde algún dato ausente, y sin embargo, es la construcción testimonial de uno de los momentos cruciales del urbanismo coruñés: el crecimiento de la ciudad vieja a través del nuevo ensanche. En arquitectura conviene sospechar de la intuición rumorosa, porque en ella se esconde a veces una lectura emocional que no aporta más datos relevantes pero que consigue afinar la sensibilidad con la que se plantea un proyecto. La estructura urbana no es sólo una construcción física funcional y morfológica, sino que es también una construcción emocional cargada de una vida inmortal e intensa. Sólo hay que pararse a escuchar su pulso…y algún que otro rumor lejano.

Cultura