Tino, conserje en un edificio de A Coruña
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Tino, uno de los últimos conserjes de A Coruña a sus 63 años: "Antes era autónomo en la construcción, pero me cansé"
Después de una vida de autónomo dedicándose a la construcción, Constantino decidió dejarlo todo y empezar a trabajar para la comunidad de un edificio de la Ronda de Nelle. Ahora, a sus 63 años, ya se siente como uno más de una gran familia.
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A las 8:30 de la mañana, Constantino, o más bien Tino —como lo conocen todos en el edificio—, acude a su puesto de trabajo en los números 140 y 144 de la Ronda de Nelle. Es uno de los pocos conserjes que quedan en la ciudad. Con el paso del tiempo, muchas porterías han ido quedando vacías, pero la suya sigue viva.
Siempre con un juego de llaves en la mano, no es difícil encontrárselo en cualquiera de los dos portales del bloque. Es, para él, su "oficina". Un espacio pequeño, casi escondido, que funciona como centro neurálgico de todo lo que ocurre en el edificio.
Tras una pared, guarda su arsenal de limpieza. Con él mantiene impolutos los diez pisos del edificio, y las tres plantas del garaje. Así lo lleva haciendo desde hace ocho años, de lunes a viernes. Y ahí espera jubilarse.
Pero antes de hacerse conserje, su vida era muy distinta. Trabajaba en la construcción. "Era autónomo y me cansé. Tenía que ir y volver todos los días desde Santiago, así que me enteré de que aquí buscaban portero y me lancé", recuerda.
El cambio fue radical, pero no se arrepiente: "Estoy muy contento. Esto es como una gran familia".
A sus 63 años, Constantino se ocupa del mantenimiento de ambos portales con una rutina casi milimétrica. Desde primera hora de la mañana hasta última hora de la tarde —con una pausa para comer—, organiza su jornada por zonas.
"Nada más llegar me hago el portal 140, y después vengo al 144", cuenta. A partir de ahí, el día continúa según lo que toque: limpiar garajes, fregar escaleras, revisar bombillas o comprobar que todo funcione correctamente. "Los martes me encargo de los ascensores", pone como ejemplo. Él solo lo tiene todo como los chorros del oro.
De hecho, para que los vecinos sepan dónde encontrarlo, deja carteles por los portales: "Estoy en el 140" o "Estoy en el garaje". Tiene, incluso, un teléfono para emergencias para estar siempre localizable.
"Es como una gran familia"
Conoce a prácticamente todos los vecinos, y con muchos ha creado una relación cercana, especialmente con las personas mayores. "Si veo que llevan sin salir un par de días, voy a ver si les pasó algo y a preguntarles qué tal", explica.
Aprenderse el nombre de todos los integrantes de la familia de casi un centenar de viviendas no fue tarea fácil. Pero hoy no hay saludo sin un tal "Buenos días, Carmen" o "¿Qué tal va todo? Paquita". "Es como si fuera un pueblo", dice entre risas. Y es que con tantos pisos, entre que baja y sube el ascensor les da tiempo a contarse sus vidas, y más.
Pequeños detalles que marcan la diferencia
Después de ocho años, tiene perfectamente identificados a todos los residentes. Por eso, también ejerce la función de vigilante. "Miro quién entra y quién sale del edificio", explica, capaz de detectar cualquier cosa fuera de lo normal.
"Hoy mismo me comentó un vecino que había alguien timbrando a los portales", cuenta. Desde ese momento, ha estado pendiente para averiguar de quién se trata. "En el edificio hay mucha gente mayor y hay que tener cuidado", añade con seriedad.
Todos acuden a él
Cuando surge cualquier problema, todos acuden a él. Una bombilla fundida, una puerta que no cierra bien o cualquier incidencia en las zonas comunes. "No hago nada sin comentárselo a la administración", aclara. Su papel es el de intermediario, el de quien está en todo y al tanto de todo. Y si está en su mano, lo soluciona al instante.
También cuando hay obras. En esos casos, se asegura de que los trabajos no afecten al día a día del edificio. Supervisa, por ejemplo, que los operarios protejan los ascensores con plástico o que no ensucien las zonas comunes. Pequeños gestos que, sumados, marcan la diferencia.
Siempre con una sonrisa, Constantino saluda a cada vecino que entra. Y ellos le devuelven el saludo. Es uno más. Es, de hecho, la primera persona que muchos ven antes de llegar a casa. Y lo cierto es que, con algo tan simple como un "buenos días", alegra el día a cualquiera.