El pasado viernes, Gabriel Rufián, portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, publicó en La Fábrica una entrevista con Estíbaliz Esty Quesada, también conocida como Soy una pringada.

La Fábrica es como llama el diputado a su canal de YouTube, suponemos que en un tierno y desesperado intento de tener en su vida algo que suene a trabajo. 

Soy una pringada no es un apodo colgado por fascistas gordofóbicos, sino el seudónimo con el que la propia entrevistada se presenta orgullosamente ante el mundo. Esty no es política, ni activista social, ni (salvo error u omisión) catedrática de Teoría del Estado.

De hecho, la joven Esty no sabe quién es Iñigo Urkullu ni quién gobierna en el País Vasco. Las credenciales que la adornan y que, a juicio de su señoría, la hicieron merecedora del honor de ocupar su tribuna para analizar la compleja situación política actual, fueron su condición de conocida youtuber e influencer entre la muchachada internauta.

Rufián ni se inmuta. Ni siquiera ante esta traca final de pirotecnia mortal y deseos de muerte

En el video se observa como, más que preguntas, Rufián le va tirando a su entrevistada migas de pan, guiándola hábilmente por la ruta calculada en su cabeza hasta la meta final. 

Dócilmente, Esty se las va comiendo una a una, hasta coronar la cumbre. Y, así, tras fantasear ardorosamente con el perfecto Arnaldo Otegi como el mejor hombre del mundo, el colofón anhelado por Rufián no se hace esperar: 

Esty: Deberíamos comprar armas, cócteles molotov y ¡pum!, porque es lo que están haciendo con nosotros.

Rufián: ¿Qué hay que hacer con Vox, por ejemplo? 

Esty: Matar. ¿Está mal matar? Sí. A veces no.

Rufián ni se inmuta. Ni siquiera ante esta traca final de pirotecnia mortal y deseos de muerte.

Pero es que Rufián no se inmuta porque la conmoción del ánimo sólo cabe ante lo repentino, y el mensaje de odio y de invitación a la violencia segregado por su entrevistada fue para él tan sorprendente como lo fue para Pávlov la saliva del perro al tocar la campana.

Lo único que aparece en la cara de Rufián es la blandita mueca de sonrisa que es en él tan característica. Esa pícara sonrisa de novicia que sigue a la consumación de un insignificante pecadillo venial.

Y es que para nuestro Jordi Évole de provincias, a esto se reduce la invitación a una barra libre de muerte para los que piensan distinto. 

Basta con ver los videos de Esty para saber que es una chica muy joven profundamente golpeada por la vida y con una niñez vivida como la peor de las pesadillas

El final de la historia está a la altura de su desarrollo. Tras dos días de crucifixión en las redes, Esty recurre a las maniobras habituales.

Primero, ejercicio onanista de la consabida autoindulgencia, felicitándose a sí misma por su generosidad por haberse mantenido callada.

Segundo, intento de huida por los tradicionales puentes de plata de la interpretación, la metáfora y el humor.

Y, por último, el tradicional pido disculpas a quien se haya podido sentir ofendido, lo que es tanto como decir que el pecado sólo existió en la enfermiza mente del ofendido y que el perdón únicamente se pide, en un generoso ejercicio de grandeza, por haber desencadenado involuntariamente una imaginaria sensación de ofensa.

Todo un desfile de barbaridades y despropósitos. Es evidente.

Pero también es evidente algo más. Basta con ver los videos de Esty, mezcla de consejos de Mr. Chance y monólogos catárquicos de paciente psiquiátrico, para saber (porque ella misma lo cuenta) que Estíbaliz Quesada es una chica muy joven profundamente golpeada por la vida, con una niñez vivida como la peor de las pesadillas, un entorno familiar gravemente desestructurado y unas secuelas psicológicas muy hondas que se traducen en unas tendencias suicidas siempre al acecho.

Siempre tiene un riesgo subir a una tribuna política para hablar de temas graves que conciernen a una sociedad fuertemente polarizada, exponiéndose al escrutinio y al varapalo de todos. Pero este riesgo va más allá de lo admisible cuanto se trata de una persona con estos problemas, carencias y debilidades. Una persona que ha sufrido tan intensamente como esta chica.

Pero para gente como Gabriel Rufián, los riesgos de este tipo nunca supusieron un obstáculo moral insuperable.

En realidad, para Rufián nunca se trató de un riesgo, sino de una oportunidad. Una oportunidad que aprovechó hasta la náusea dirigiendo a su víctima como un consumado flautista de Hamelin hasta las mismas calderas del infierno. 

*** Marcial Martelo de la Maza es abogado y doctor en Derecho.

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