Hospital de campaña en 1918, durante la epidemia de gripe española.

Hospital de campaña en 1918, durante la epidemia de gripe española. EFE

LA TRIBUNA

La muerte en 1918 y en 2021

El autor compara la reacción de la sociedad de 1918 frente a la epidemia de gripe española y la de la sociedad de 2021 frente a la pandemia de Covid-19. 

24 abril, 2021 02:30

Sucedió hace unos días durante la presentación-coloquio del último libro de Guillermo Gortázar, la biografía del conde de Romanones. Uno de los participantes preguntó al autor del libro sobre el impacto de la pandemia de 1918 (la mal llamada gripe española) en la sociedad del momento.

El autor del libro reaccionó con un asombro que, como historiador, no pude por menos que compartir. Hay que recordar que el historiador no accede de modo directo a los hechos del pasado, sino a los testimonios o huellas de esos hechos.

Y del mismo modo que hay hechos que llaman mucho la atención a sus protagonistas y testigos, pero luego se olvidan, suceden a menudo acontecimientos que sólo el futuro, es decir, la perspectiva histórica, nos permite calibrar en toda su trascendencia.

Por eso nuestra visión del pasado es cambiante. Al mirar atrás vemos las cosas, aunque sean las mismas cosas, bajo una nueva luz. La perspectiva presente nos fuerza a preguntarnos de dónde venimos o a hallar similitudes con sucesos pretéritos.

Así, la actual pandemia de Covid-19 nos ha impelido a todos a mirar hacia atrás, removiendo antecedentes, formulando preguntas y, sobre todo, buscando respuestas. ¿Estamos ante una situación insólita o ya se ha vivido algo parecido en el pasado? En cualquier caso, ¿podemos aprender algo del ayer?

Los investigadores no hemos encontrado que la epidemia de gripe de hace un siglo marcara de modo indeleble a la sociedad de su época

Adelanto desde ahora mismo que el antes consignado asombro deriva de que, en contra de todas las estimaciones que se pueden hacer desde la atalaya actual, los investigadores no hemos encontrado que la epidemia de gripe de hace un siglo marcara de modo indeleble a la sociedad de su época.

Más bien todo lo contrario. En el caso de España, el país venía de vivir una crisis política de proporciones inéditas. Una crisis, por cierto, que se analiza de modo prolijo en un volumen que acaba de aparecer, 1917. El Estado catalán y el Soviet español, de Roberto Villa García (Espasa).

En un contexto más amplio, la opinión pública estaba polarizada desde el comienzo de la entonces llamada Gran Guerra (luego Primera Guerra Mundial) entre aliadófilos y germanófilos, entre partidarios y detractores de la entrada del país en el campo de batalla. 

A nivel económico y social, el país vivía unas fuertes convulsiones derivadas de forma directa o indirecta de la misma situación bélica. Crisis económica, desabastecimiento de productos básicos, subida de precios. O lo que es lo mismo, despidos, huelgas, motines y alteraciones del orden que se resolvían de forma violenta, con numerosos heridos y algunos muertos.

Así las cosas, establecido a grandes trazos el panorama general, podemos volver a preguntarnos: ¿Qué pasó entonces con la pandemia de gripe? ¿Cómo vivieron la situación nuestros bisabuelos o tatarabuelos?

Si pretendemos examinar el caso con los parámetros actuales, no entenderemos nada. En primer lugar, lo más obvio. Los medios técnicos-sanitarios de la época no tenían nada que ver con los actuales. Ni existían los antibióticos ni una red hospitalaria tal como hoy la concebimos. Por lo general, a lo más que podía aspirar el enfermo entonces era a un tratamiento paliativo.

Rara era la familia que no veía que alguno de sus vástagos fallecía antes de llegar a los cinco años

No menos importancia tenía la ausencia de un Estado asistencial. Sin jubilación, seguro de desempleo o prestaciones de algún tipo, el trabajador de la época que caía enfermo o era despedido solo podía contar con la caridad de la Iglesia u otras instituciones aisladas. Poca cosa.

Baste ese elemental esbozo para adentrarnos en la consideración de la muerte. Por fuerza, la familiaridad con ella de nuestros antepasados (no tan lejanos en el tiempo) tenía que ser mucho mayor que la nuestra. 

Empezaba con la mortalidad infantil. Rara era la familia que no veía que alguno de sus vástagos fallecía antes de llegar a los cinco años, cuando no era la propia madre la que no superaba alguna complicación en el parto.

De cada cien niños nacidos en 1916, quince no superaban el primer año y otros doce morían antes de los cuatro años (tomo el dato del antes citado libro de Roberto Villa). Por añadir otro dato, en términos simplificados, la esperanza de vida de un español que naciera en esa época no pasaba de 41 años. En 1920 la población española estaba en 22 millones.

La sociedad de 1918 se vio obligada a sumar a las de la gripe las muertes causadas por la violencia desatada en el Viejo Continente desde agosto de 1914

Siendo ya de por sí abrumadoras (desde la mentalidad actual) las causas llamadas naturales de la muerte, la sociedad de hace un siglo se vio obligada a computar además las muertes causadas por la violencia desatada en el Viejo Continente desde agosto de 1914. 

Guerras, y más concretamente, guerras europeas, siempre las había habido, desde que el hombre tenía memoria. Pero una guerra que produjera en un puñado escaso de años más de 50 millones de muertos era algo inconcebible por la razón humana. A despecho del tópico del progreso, eso significaba que la vida había perdido la batalla ante la muerte.

En estas coordenadas se desata la pandemia de 1918. Aunque la contabilidad de fallecidos a causa de ella, como bien puede suponerse, sea muy imprecisa, todas las estimaciones apuntan a una cantidad que oscila entre los 40 y los 50 millones en todo el mundo.

En España, las cifras más fiables establecen unos 200.000 muertos. En términos redondos vienen a ser el doble de los fallecidos por la Covid-19, pero para una población de menos de la mitad de la actual. Los números hablan por sí mismos: hagan cuentas.

Si nos atenemos a los datos objetivos, la actual crisis sanitaria es un pálido reflejo de aquella. Lo contrario sucede si nos atenemos en cambio a las consecuencias sociales, políticas, económicas y culturales: aquí se ha puesto todo patas arriba y se ha tocado a rebato. ¿Por qué tanta alarma ahora, frente a la normalidad del pasado, con superiores recursos y menor letalidad? 

No podemos ni sabemos administrar la muerte imprevista, repentina. Sea por accidente, sea por Covid-19

La respuesta está, como he tratado de poner de relieve, en las distintas actitudes ante la muerte. La muerte de un crío de dos años hoy es una tragedia familiar. Hace un siglo, era asumible y, casi si me lo permiten, algo natural.

Nuestra sociedad no ha vencido a la muerte, obviamente, pero sí la ha domesticado hasta cierto punto. Pero como animal enjaulado, de vez en cuando suelta zarpazos inesperados. Cuanto mayor es nuestra confianza, más dolorosas resultan las dentelladas imprevistas. 

Aceptamos la muerte siempre que siga un determinado curso: que nos coja ya mayores o como resultado de una enfermedad que haya avisado con una serie de síntomas.

No podemos ni sabemos administrar la muerte imprevista, repentina. Sea por accidente, sea por Covid-19.

Esto es lo que diferencia nuestra sociedad de la de hace un siglo.

*** Rafael Núñez Florencio es historiador, profesor de Filosofía, editor y crítico en El Cultural y Revista de Libros.

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