Aunque la prioridad de Joe Biden sea encarrilar al país tras el tormentoso paso de la Covid, el presidente no pierde tiempo en otros frentes. Demasiado terreno por recuperar. Por su determinación, pareciera que no sólo en los últimos cuatro años.

Las políticas aislacionistas, históricamente contraproducentes para Washington, agarraron al rey Donald Trump con los pantalones caídos en el peor momento: el de una pandemia que no cree en fronteras cerradas.

Donde ejerció la diplomacia y, en consecuencia, fomentó las alianzas, como en el Medio Oriente, Donald Trump obtuvo buenos resultados.

Sin embargo, eso fue un oasis. Blandengue con Vladímir Putin, enfrentado a Xi Jinping sólo cuando los negocios cayeron por la aparición de la pandemia, usando Latinoamérica sólo como bandera electoral y manteniendo una agria relación con los líderes europeos, estos cuatro años de repliegue americano fueron una bendición tanto para Moscú como para Pekín.

Es el panorama con el que se encuentra Biden. Tras enderezar el rumbo con la pandemia (vacunación y recuperación económica viento en popa), el presidente americano aprovechó para, en la misma semana, cantarle las cuarenta tanto a Putin como a Jinping.

Del zar ruso se encargó personalmente, llamándolo “asesino” y rechazando una reunión con la displicente excusa de una agenda muy ocupada. Directo en el ego de Vladímir.

La actual revolución de Xi Jinping implica ejercer plenamente su poder de potencia.

El mensaje a la dictadura china se lo hizo llegar a través de Anthony Blinken. El secretario de Estado se reunió en Alaska con su homólogo chino en una reunión particularmente áspera.

Comparemos este duelo entre los dos cancilleres con la amable cena entre Trump y Xi en Mar-a-Lago, el club de veraneo del exmandatario. Entonces, el magnate le pidió a Xi, tan desesperadamente que hasta elogió su trato a las minorías Uighur, recluidas actualmente en campos de concentración, que le apoyara en las elecciones.

Para Rusia es un asunto existencial desestabilizar a Estados Unidos y a Europa. Lo hace por la misma razón que invade a los que considera sus satélites: miedo.

Miedo a perder a la Madre Rusia. Porque los rusos no se sienten europeos, ni occidentales, ni tampoco orientales. Se sienten rusos, y ya.

El caso del expansionismo chino es distinto. La vocación imperial es a largo plazo. Pero en este momento está viviendo una etapa determinante. Xi, según la académica Elizabeth Economy, está desarrollando una tercera revolución tras la comunista original de Mao y la capitalista de Deng Xiaoping.

La actual implica ejercer plenamente su poder de potencia. De hecho, y por lo visto en la reunión en Alaska, hasta con un impulso de superioridad sobre todos los demás.

Con Bruselas parece que hay un entendimiento natural sobre lo construido por Obama

La estrategia de Biden consiste en restablecer alianzas cuanto antes. Antes de Alaska estuvo en Corea del Sur y Japón. Ya hubo encuentro, aunque virtual, con México.

Con Bruselas parece que hay un entendimiento natural sobre la base de lo construido por Barack Obama. Tan así, que Alemania no dudó en apoyar inmediatamente a Biden en su enfrentamiento con Putin.

Europa y América tienen que reencontrarse. No sólo es que desde la Casa Blanca dieron por sentada la democracia. También a sus amigos.

Olvidada Latinoamérica, fue inundada a placer por el poder ruso y por el dinero chinoOlvidada Europa, comenzaron las picadas de ojo al oso y al dragón.

Pero el águila está de vuelta. Washington despierta del letargo. Veremos si Bruselas también.

*** Francisco Poleo es analista especializado en Iberoamérica y Estados Unidos.

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