“Después de todo, no es cosa tan triste eso de conllevar. ¿Es que en la vida individual hay algún problema verdaderamente importante que se resuelva? La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar, y, sin embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida, brotan y florecen no pocas alegrías”.

José Ortega y Gasset sabía de la imposibilidad de solventar el llamado problema catalán, que pretender resolverlo para siempre era imposible y que lo realmente inteligente sería emprender una solución relativa, una ruta correcta que permitiese “restar del problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia en lo demás”.

Pero digámoslo claro. No hay un problema catalán, sino un problema separatista. La discusión no es sobre centralismo y descentralización, sino sobre cómo asignar las competencias de las administraciones según su capacidad racional para cumplir mejor, según el principio de subsidiariedad.

No hay un problema con el catalán ni con el castellano, acogido desde siglos por los catalanes como lengua propia

No hay un problema con el catalán, lengua española, ni con el castellano, acogido desde siglos por los catalanes como lengua propia. Lo que hay es un problema de derechos humanos y de libertad ciudadana.

No hay España y Cataluña, sino Cataluña y resto de España. No hay unionistas porque no hay nada que unir, sino un pequeño grupo de catalanes ideologizados que utilizan el populismo surgido de la crisis económica, institucional y moral del 2008 para desarrollar su agenda ideológica. No hay que encajar Cataluña. Hay que superar el separatismo en el Estado de derecho.

El voto de los ciudadanos está normalmente vinculado a su ideología. En cambio, en Cataluña, el sentimiento de pertenencia se sobrepone al eje izquierda-derecha y es determinante. Recordemos que, según las últimas encuestas del CEO y del CIS, el 25% de catalanes se siente exclusivamente catalán, mientras cerca de un 35% se declara tan catalán como español, entre un 25% más catalán que español, un 6% más español que catalán y un 5% sólo español.

Por su parte, el voto independentista alcanza el 47-49%, porcentaje muy superior al de quienes se declaran exclusivamente catalanes, pero muy próximo a la suma de estos con los que se sienten más catalanes que españoles.

De las cifras anteriores se deduce que aquellos que se declaran más catalanes que españoles, colectivo que mantiene un vínculo emocional con España, votan de forma muy mayoritaria a partidos independentistas.

Ha sido determinante la práctica desaparición de una oferta electoral catalana, no independentista y de centroderecha

¿Por qué esta anomalía? Sin duda, un factor determinante ha sido la práctica desaparición de una oferta electoral catalana, no independentista y de centroderecha en las pasadas elecciones autonómicas del 14 de febrero.

¿Volver a la antigua CDC? No exactamente. Jordi Pujol siempre actuó con deslealtad bajo su aparente moderación, y nunca quiso implicarse en el gobierno de España porque su objetivo siempre fue la independencia.

Ya lo denunció Josep Tarradellas en su carta al director de La Vanguardia en 1981, y se refleja inequívocamente en el Programa 2.000, publicado por El Periódico el 28 de octubre de 1990.

Cataluña necesita superar la división en bloques antagónicos creada por el procés para normalizar su vida política y social.

Normalización que sólo será posible con una nueva mayoría de gobierno cuyo objetivo sea devolver la neutralidad a las instituciones catalanas, suturar heridas y afrontar los problemas cotidianos de los catalanes, demasiado tiempo relegados al olvido por la confrontación ideológica. Una nueva mayoría que englobe a todos aquellos que, en mayor o menor medida, se sienten catalanes y españoles y que, según todas las encuestas, se acercan al 70%. Hay que superar el enfrentamiento civil entre catalanes y la política de bloques, que nos conduce al suicidio colectivo.

Hay que superar el frentismo, que supone la división simplista entre un bloque constitucionalista y otro independentista

Hay que superar el frentismo, que supone la división simplista entre un bloque constitucionalista y otro independentista. División que genera un diálogo de sordos entre partidos que se definen como constitucionalistas, pero que defienden fórmulas inconstitucionales, como un 155 permanente, y los independentistas que defienden el unilateralismo, y que creen que el fin justifica los medios.

Hay que tender puentes entre quienes quieren destruir la Generalidad eliminando las autonomías o limitando gravemente sus competencias, y aquellos que la están destruyendo en nombre de una república imaginaria.

Nosotros apostamos por enderezar Cataluña colaborando, sin exclusiones, con todos los que comparten un objetivo de seny. Y, para ello, queremos proponer a los ciudadanos catalanes descontentos, desconcertados y desilusionados con los estériles resultados del proceso independentista una opción política que defienda la catalanidad sin complejos y que haga del diálogo, el pactismo y el buen gobierno su razón de ser.

Una fuerza capaz de aglutinar las diversas sensibilidades e iniciativas que buscan superar la política de bloques, construir los máximos consensos y gestionar los conflictos sociales, sin más exclusiones ni límites que el respeto a las reglas de juego. Que tenga como prioridad enderezar Cataluña con vocación constructiva y sin espíritu de revancha ni con ánimo de buscar culpables. Que asuma el reto de construir un futuro mejor para los catalanes, mirando adelante y evitando caer en las trampas del inmediato pasado.

Para que lo anterior sea posible es necesario el alumbramiento de una nueva fuerza política que aglutine a los numerosos catalanes que se han quedado huérfanos de una opción política a la que apoyar. Bien por no ser independentistas, bien por no apoyar la deriva radical y de confrontación por la que ha optado el secesionismo, o bien por no ser de izquierdas.

El catalanismo decimonónico es una excrecencia convertida en separatismo

Muchos dudan de que este espacio político pueda articularse para convertirse en una fuerza que cambie las mayorías en Cataluña. Dicen también que el catalanismo no independentista ha muerto. Es cierto. El catalanismo decimonónico es una excrecencia convertida en separatismo. Pero la catalanidad sigue viva, y es profundamente hispánica.

Hay que superar la conllevancia orteguiana y trabajar en una nueva catalanidad hispánica. Una catalanidad que reconozca la especificidad de Cataluña. Que quiera trabajar por el respeto y el desarrollo de su singularidad. Que desarrolle su máxima capacidad de autogobierno con una financiación justa y equitativa. Que quiera contribuir lealmente al avance del conjunto de España. Y no sólo como locomotora económica, sino como fuerza de gobierno.

Y que quiera hacerlo dentro del marco de la Unión Europea porque, aun siendo este un proyecto perfectible, ha sido capaz de construir el espacio de democracia, libertad y justicia social más desarrollado del mundo.

*** Josep Ramon Bosch es fundador de la Lliga Democràtica y expresidente de Sociedad Civil Catalana.

Contenido exclusivo para suscriptores
1€ primer mes
Accede a todo el contenido de EL ESPAÑOL por 1€ el primer mes, y después 6,99€ Sin permanencia

O gestiona tu suscripción con Google

¿Qué incluye tu suscripción?

  • +Acceso limitado a todo el contenido
  • +Navega sin publicidad intrusiva
  • +La Primera del Domingo
  • +Newsletters informativas
  • +Revistas Spain media
  • +Zona Ñ
  • +La Edición
  • +Eventos
Más información