En la noche me dio frío y se lo agradecí a la nada. Estoy deseando que chispee, comer lentejas en El Comunista de Augusto Figueroa y vestir vaquero largo, gabardina y botas robustas. Estoy frita por acolcharme, por camuflarme, por sofisticarme un poco y sentirme de nuevo una gánster. En chanclas nadie infunde respeto. Es más, en chanclas nadie infunde erotismo.

Cuando llega septiembre y me veo a mí misma con el pelo asalvajao por el levante y los vestidos gaditanos, como una adolescente tardía, me siento enrocada en mi personalidad 'La Mari de Chambao', que es una faceta mía neohippie que, desde luego, existe, pero que es mejor que nunca cuando acaba. 

Lo del verano cuando se alarga demasiado me recuerda a los amores que se fuerzan mucho más allá de su verdadero final. Son poco menos que una catetada, una deshonra al tiempo que fue justo y bueno. Hace rato me parece una estación problemática, y la maldigo con regusto agridulce mientras mato por ponerme una chaquetilla para bajar al barrio a echar un vino en la tarde.

Un cuadro de Nigel Van Wieck.

Un cuadro de Nigel Van Wieck.

El verano es para niños, o para ricos, o para influencers, una ficción aprendida que cada año se nos escurre, un paréntesis de mal gusto, guapo sólo de lejos. Nos prometieron que en él arrancaban las cosas bellas y fue mentira. Quizá fue culpa de los cuadros que adoré, los de Hockney y Sorolla y Nigel Van Wieck y Hopper y Monet, porque los tenía dentro cuando la vida adulta me golpeó sin jardines ni acantilados y me vi sudando perfume en un piso del centro en agosto, con un caracol de gitanilla pegado a la frente, odiando mi pasado de castillos de arena y boleras cerca del mar y el último bocado chocolatoso y duro del cono preferido.

Las aventuras (y esto lo entiendes después, cuando las hormonas encuentran su azulejo dentro de cuerpo) se inauguran de verdad cuando te sientes lo bastante joven como para hacerte el valiente, así que yo creo mucho en la bravura otoñal, en su ímpetu torero, porque aquí (y ahora) es cuando empieza el año de los pobres. Siempre fui una chica de comienzos escandalosos. Les prometo que la temporada vendrá fuertecita

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Este julio negocié con el casero para que me pusiera aire acondicionado y salí exitosa (son décadas de regateo en los Rastros del mundo), pero las olas de calor ya me habían hecho perder el don del tacto y las ganas de acariciar a nadie. Simplemente, lo dejé ir.

Se fueron también los sueños de alquilar una furgoneta y bordear la costa escuchando aquella canción de Joe Crepúsculo en bucle: "Qué lejos está la puerta / que te lleva a tu casa / y al trabajo / vamos a bailar este techno". También Aceite, de La Estrella de David: "En la piscina / Hotel Miami / una pareja / como de cine / éramos tú y yo (...) Y no salir de la cama en un mes / y tú me cuidarás / y yo te cuidaré: / iba a estar bien". 

Yo ya no era ninguna de las mujeres que fue crédula en base a la temperatura ambiental, yo dejé de creer en el verano como "única resurrección de la carne", que decía Umbral. Mi carne puede estar viva todo el año. Mi carne está viva si la anima mi cabeza (y la de los hombres inteligentes, los grandes conversadores de cada tiempo, que en verano, por cierto, se emborrachan sin gracia y balbucean).

Yo ya no era la niña que montaba cabañas en un remolque en el campo de su abuelo ni la púber que se peleaba con su novio fachilla a cuenta del trato de la Guerra Civil en las novelas de Almudena Grandes mientras cenábamos en un restaurante en Mallorca. Yo no era ya la que abrazaba a un muchachito en el autocine pensando en el que me gustaba de verdad (uno de mi clase que volvería a ver en septiembre). Yo ya no quiero esperar a un tiempo limítrofe para que pasen las cosas, para vivir de veras. Yo ya no quiero prefabricar mis hits ni tener nostalgia de mí misma

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Una tarde especialmente pegajosa vi en Madrid Y tu mamá también, esa película fantástica de Alfonso Cuarón, y eché de menos sólo un segundo el imaginario de moteles mexicanos con neones roídos y bailes en el porche de casas a las que no volverás. 

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Era agosto y me fui una semana a Nueva York a ver a mi hermana Rosita. Era mi única semana vacacional. Llovió. Lloré brevemente en el Moma ante la falsa alarma de la muerte de Perales. Me pilló esa noticia envenenada frente a un Rothko muy sobrevalorado. Mi españolidad me golpeó el pecho. Pensé "aquí dentro no hay corazón, sólo jamón ibérico". Pensé: "Marinero de Luces, obra de culto". Pensé en pintarme la sonrisa de carmín y colgarme el bolso que me regaló... 

Escuché La Paquera de Jerez observando los rascacielos y el mundo estuvo bien hecho. Fuimos a un club de jazz en las alturas cuando anochecía, añiles mis 32, y tocaron una pieza que, juraríamos, se llamaba Un amor sin título está cerca

Rosita y yo nos miramos, como reveladas. A lo mejor ni se llamaba así y lo entendimos a nuestra manera. El castellano también es esto: creación. 

-¿Tú hasta qué edad crees que se tienen amores de verano?-, le pregunté. 

-Hasta que se tienen ganas de ir de puntillas por la vida-, me dijo, porque es listísima. 

Y acordamos que alguien que no sobrevive hasta octubre es alguien ahorrable, por muy hermoso que sea verle fumar en la plaza. 

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En el avión de vuelta, escribí: "Los amores de tu vida son nuestros rollos de verano". Y sonreí muchísimo. Nunca hemos dejado de exigir vuelos más altos.