Vivimos amontonados en grandes ciudades, hacinados en colmenas de ladrillo y hormigón, sometidos al ritual del concurrido transporte cotidiano para ir al trabajo y regidos por una rutina de costumbres que nos atrapa en un bucle sin fin. Llegan las vacaciones, y la inmensa mayoría se dirige hacia las playas. Algunos le llaman escapada. ¿Y qué escapada es esa que nos lleva a movernos en saturadas carreteras, estaciones y aeropuertos, a apelotonarnos en unos metros de arena, a apiñarnos en las cajitas idénticas de los apartamentos y los hoteles y a repetir cada día un plan clónico del anterior? A seguir en las mismas (y con los mismos), pero de otra manera.

Y a eso le llamamos también desconectar, cuando la única desconexión plausible no sería otra que la que nos alejara de la marabunta y de la reiteración. En el futuro se estudiará, sin acabar de comprenderlo, el destino playero como un fracaso de la civilización. Y de la imaginación. Como una fatalidad aterradora que lleva a la especie humana a la gregaria opción de hacer siempre masa, de anular la individualidad de sus miembros, de reagruparse sin solución renunciando, vez tras vez, al sueño esporádico e inalcanzable de la libertad en soledad.

Nunca me han gustado las playas, si acaso, y como dicen tantos que luego no cumplen, las playas vacías del amanecer y del anochecer, a las que, por desgracia, siempre llega alguien que comparte el mismo gusto, te fastidia el plan y te recuerda con su presencia que no hay originalidad posible.

Las banderas rojas aperciben y prohíben el baño (¡el baño, dicen!) en días o zonas de oleaje, corrientes y resacas. Pero todas las playas deberían tener bandera roja para avisar del riesgo de ahogamientos comunes, insolaciones, quemaduras, esguinces, torceduras, cortes de digestión, picaduras, niños perdidos, transistores encendidos y mal gusto por doquier. Para advertir del impacto de la atroz condición de los cuerpos al sol, de las carnes desbordadas o enjutas, sobrantes o faltantes. De la carne exhibida descarnadamente, hasta el punto de que la cuasidesnudez generalizada sofoca, entre el cremoso y sudoroso sofocón general, toda pulsión erótica, anulada por el presentimiento de la mortalidad.

No es de extrañar que Night Shyamalan, siempre a un paso de hacer una buena película, haya escogido una playa como escenario para su aterradora fábula sobre la brevedad de la vida. Bien mirado, la vida es tan corta (y, pese a ello, tan larga) como un día en la playa. Con otros. El título original de la película es Old, o sea Viejo, pero en España se llama astutamente Tiempo. ¿Quién querría ir a ver una película titulada Viejo?

Pero Shyamalan nos hace ver cómo el tiempo, y no sólo en su historia de fantaciencia, corre vertiginosamente y sus estragos nos precipitan hacia la vejez y la muerte, tal vez observados por un demiurgo malvado y como objetos de un siniestro experimento que también desvela, como diría el fraile dieciochesco Juan Crisóstomo de Olóriz, las “molestias del trato humano”. En fin, playa, la de Marie Laforêt, y punto.

Como verán, las vacaciones en la montaña me han sentado mejor imposible. Emoticono de sonrisa.

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