Una, a estas alturas, ya no espera de Irene Montero profundas reflexiones ni ideas brillantes. Ya quisiera yo. Pero en este caso mi optimismo innato hace mutis por el foro y me deja ahí, cara a cara con la cruda realidad. Pero como, pese a todo, confío en el prójimo, así en general, espero siempre un mínimo de alguien con cartera ministerial. Una cosita razonable, sin grandes alardes, muy básica y alcanzable: que no mienta. Pues ni eso.

Justo al día siguiente del esperadísimo y celebradísimo regreso de Plácido Domingo a los escenarios españoles escribía la ministra en su Twitter, el formato que mejor se adapta a la profundidad y sofisticación de sus reflexiones, lo siguiente:

“¿Por qué hay quienes necesitan aplaudir con estruendo a un hombre que ha confesado haber abusado sexualmente de varias mujeres? Incluso quienes piensan que la respuesta no puede ser el escarnio público deberían entender que la ovación lo es aún menos”.

¿Cómo pueden cuatro líneas contener tanta estulticia? Empezando por la infame mentira: el tenor jamás reconoció haber abusado sexualmente de nadie. En su comunicado, ciertamente torpe y confuso, Domingo pedía disculpas a quien se hubiese podido sentir incómoda con alguna actitud suya que, de ningún modo, tenía esa intención y ni siquiera había sido consciente de estar provocando ese efecto. Convendremos pues que la comprensión lectora no es uno de los dones que adornan a nuestra ministra.

Es muy vistoso también ese “incluso quienes piensan que la respuesta no puede ser el escarnio público”. Se refiere la Montero a esa gentuza que confía en la justicia como método de resolución de conflictos entre seres humanos en un Estado de derecho, sinvergüenzas, en detrimento de los juicios sumarísimos y mediáticos de la turba enfurecida sin más prueba que el testimonio anónimo.

Incluso la purria esa, considera Montero, “debería entender que la ovación lo es aún menos”. ¿Por qué, Irene? ¿Por qué razón sería amoral, como parece que insinúas, aplaudir a alguien a quien admiras por el trabajo bien hecho sobre un escenario? No estarás clamando por la muerte civil de un ciudadano desde tu puesto de responsabilidad pública, ¿no? Porque sería francamente escandaloso.

“Sobre todo me gustaría que se preguntasen” prosigue sin decoro, cuesta abajo y sin frenos, nadie al volante, “qué mensaje les mandan a esas mujeres y a las que son agredidas sexualmente cada día en nuestro país. Porque son los mismos que luego se sorprenden de que las mujeres no denuncien por miedo a no ser creídas”.

El mensaje que le manda a esas mujeres, Irene, la gente que aplaude (los que lo hicieron en el auditorio y los que nos sumamos moralmente a ese aplauso) es ninguno. Porque el mensaje, aunque tú no lo entiendas, es únicamente para el Maestro Domingo. Es uno que dice “ánimo”, uno que dice “se le quiere y se le admira”, un “le estábamos esperando”. El mensaje es personal e intransferible. Y el subtexto no es, como pretendes, hacer creer que esta sociedad es machista y heteropatriarcal (esa palabra comodín a la que tanto jugo has sacado), ni un desprecio a todas las mujeres sin excepción, ni una justificación de todo abuso sexual cometido a lo largo de la historia.

Pedir que una acusación se demuestre no es negar la posibilidad de que ocurriese. Es, simplemente, la exigencia de una certeza antes de tomar medidas al respecto. Porque no es sólo que todo este escarnio contra Plácido Domingo se base tan sólo en unas declaraciones, la mayoría anónimas, efectuadas a una agencia de prensa. Es que nadie ha declarado culpable al tenor porque no ha habido juicio. Por no haber, no ha habido ni denuncias. Es decir, no hay nada. Lo que se pide es una condena al ostracismo, un repudio, como acto de fe.

En todo caso, de haber un subtexto en el mensaje, sería de confianza en la justicia, en el valor de las pruebas, en el poder de la demostración de los hechos en sede judicial, que es lo que garantiza el derecho a la presunción de inocencia de todo ciudadano y de desprecio a la neoinquisición de la emocionalidad frente a la razón. Puritito sentido común.

Si tuvieras la más mínima integridad y honradez, Irene Montero, ya habrías rectificado y pedido perdón. Pero no lo harás. Porque, lo diré como lo diría tu compañera Ione Belarra para que me entiendas, lo malo de normalizar la indecencia es que se normaliza la indecencia.

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