Ilustración: Tomás Serrano

Ilustración: Tomás Serrano

EL BESTIARIO

La Reina y el protocolo, Rocío entre adoquines y la casa azul de Lucía Bosé

Del error de protocolo al recibir a la Reina a las declaraciones de Bosé sobre su madre; la autora comenta lo más destacado de la semana a través de sus protagonistas.

18 abril, 2021 02:21

Iker

Segundo capítulo dedicado a Casillas. Podrían venir más, porque ahora se llevan mucho las “docuseries”, pero no quiero abusar. Si mal no recuerdo, la primera entrega la dediqué a la pareja Carbonero-Casillas cuando corrían rumores sobre su separación. Ahora Sara vive con los niños en un chalet de La Finca que fue el domicilio conyugal hasta que se fueron a Oporto.

La novedad la aporta Iker, que se ha mudado a un ático de la misma urbanización para que todas las mañanas pueda llevar a los niños al cole. El ático consta de más de 300 metros cuadrados, piscina privada, seis terrazas con vistas a un campo de golf, cuatro dormitorios tipo suite, un comedor como una catedral, un dormitorio para el subalterno/a de turno y una zona de servicio.

Las noticias de casas no son especialmente excitantes, salvo que vayan acompañadas de un surtido de fotos en plan “AD” (Arte y Decoración). No hay nada más parecido a la casa de un futbolista que la casa de otro futbolista. Suelen ser modernas, de cómodos y amplios sofás, con capacidad para reunir a un equipo de fútbol. Las televisiones son de infinitas pulgadas, y la presencia de textiles del hogar es más bien escasa.

No hay cortinas ni alfombras orientales. Libros, ni por el forro. Tampoco cuadros. Eso sí: muchos mandos a distancia ordenados escrupulosamente. A saber: la tele, la Play, el equipo de música, la subida-bajada de persianas, las luces, el aire acondicionado y la chimenea de gas, donde están alineadas las llamas, que parecen de juguete.

El ático del exguardameta podría albergar a una familia numerosa o cuando menos, a una colección de novias. No pretendo ofender, pero hemos sabido que Iker es partidario acérrimo de la monogamia, como Alfonso Guerra. El político no lo decía así. Guerra solía definirse como monógamo, pero luego añadía: “Monógamo sucesivo”. Lo que más le gustaba era una mujer. Simplificando: una mujer detrás de otra.

Lucía Bosé

El día que Jordi Évole entrevistó a Miguel Bosé, el cantante hizo algunas confesiones sobre su madre, que enfermó en la casa azul de Brieva (Segovia) a la edad de 89 años. Según Bosé, la veterana actriz no murió de Covid aquel 23 de marzo de 2020 en el hospital de Segovia. Se fue sola, y Miguel la despidió desde México con una sentida dedicatoria.

A Lucía la habían trasladado al hospital desde Brieva, el pueblo en el que llevaba residiendo unos años. La familia no pudo acompañarla ni honrarla con los preceptivos funerales.

Meses después la casa azul se puso a la venta (400 metros cuadrados y 300 de parcela). Una vieja vivienda de ladrillo rojo con el contraste azulón en puertas, ventanas y contraventanas. Era quizás un homenaje de Lucía a la casa azul de Frida Kahlo, en Coyoacán, donde la pintora vivió y murió rodeada de azules junto a Diego Rivera.

Postrada durante años en una cama tras sufrir un accidente que le destrozó el cuerpo, Frida dedicó su vida a pintar acostada en la cama. Siendo ella muy joven, sus padres instalaron un gran espejo en el techo de su habitación para que Frida hiciera sus autorretratos desde la cama. ¿Pies, para qué os quiero si tengo alas para volar?, se preguntaba ella en la soledad del dormitorio donde murió.

La casa de Coyoacán renacería más tarde en Brieva por la gracia de Lucía Bosé, que la disfrutó hasta su fallecimiento. Ahora ya tiene nuevos propietarios.

El día que Miguel Bosé fue entrevistado entre las nubes de Ciudad de México, hizo depositario a Évole de otra confesión: “Todas las mujeres de mi familia han perdido por lo menos un hijo”. La periodista Luz Sánchez Mellado, que es luminosa como su nombre, a punto estuvo de desmayarse. No podía dar crédito: la maldición condenaba a las mujeres de su familia a perder un hijo en vida. Entonces Luz dijo “yo soy su hermana y lo mato”. No me extraña.

Un siglo después, los campesinos de Brieva mostrarán a los visitantes la versión nueva de una casa azul nacida al otro lado del Atlántico. Por allí vaga ahora el alma de Lucía Bosé, que sigue rodeada de ángeles.

Reina Letizia

Un error de protocolo, dijeron algunos medios. Un plantón, matizaron otros. Seguramente no era ni una cosa ni otra. Como mucho, un plantoncito.

Era un 12 de abril. El aniversario de las elecciones que alumbraron el advenimiento de la República coincidía con un homenaje a Clara Campoamor, precursora del voto femenino. La Reina llegó en su coche oficial y al descender comprobó que las autoridades no estaban esperándola. Glups. Saludó con la mirada a los periodistas allí congregados mientras ganaba segundos a la incomodidad. Vestía un traje pantalón rojo (total look rojo, que dicen ahora) y tacones casi bajos. El traje realzaba su exquisita delgadez. Si se hubiera tragado el hueso de una aceituna habría parecido un embarazo.

Apenas cinco o seis segundos después llegaron las autoridades: Meritxell Batet presidenta del Congreso; Pilar Llop, presidenta del Senado; y Carmen Calvo, vicepresidenta del Gobierno. Las cuatro damas, respetuosas con las medidas de seguridad, se detuvieron unos instantes ante los fotógrafos y a continuación volvieron sobre sus pasos y entraron en el edificio.

Para error de protocolo, el cometido por Erdogan en Ankara con Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. No le dio el sitio que le correspondía. Parecía una intrusa entre el dirigente turco y el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel. Una grosería.

No llegó a tanto lo de la Reina Letizia. Concluido el posado, se disolvió la formación y las chicas (incluida la Reina) entraron en el Salón de los Pasos Perdidos; allí se honró la memoria de Clara Campoamor. No hubo más. Salvo la simbólica recuperación del escritorio de la diputada republicana, que dio mucho juego.

Rocío Monasterio

Dentro de nada tendremos que hablar de Iván Espinosa de los Monteros como el marido de Rocío Monasterio y no al revés. Hace falta valor para caminar entre los adoquines de Vallecas sin mover un músculo. Es el rasgo que sus compañeros destacan de la candidata de Vox a las elecciones madrileñas: sensatez ante los activistas de la pedrada y calma ante el acorralamiento progre de Susanna Griso a cuenta de los “menas”. Así es Rocío, la punta de lanza contra la derechita cobarde en Madrid.

El menor día la vemos toreando de rodillas al alimón con Morante de la Puebla (a lo mejor repite la jugada de Alfonso XIII con Joselito para las revistas ilustradas de principios del siglo XX).

Rocío Monasterio (febrero 1974), es una madre de familia numerosa perfectamente acoplada a una biografía laboral que va del meritoriaje al emprendimiento. Entre dos barandillas: la arquitectura y la política. Y un rasgo personal poco conocido: su condición de cubana por parte de padre.

Cuando tiene que ir a la embajada a renovar el pasaporte cada cierto tiempo, le sale el carácter indómito. Quiere ser cubana, por real gana y derecho propio. Eso les dice a los examinadores del país caribeño, que no acaban de entender como puede ser eso en alguien de declarado anticomunismo.

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