Una imagen satelital muestra una terminal petrolera en la isla de Jark.

Una imagen satelital muestra una terminal petrolera en la isla de Jark. Reuters.

Observatorio de la Defensa

Trump podría tomar Jark, pero el reto sería proteger a unas tropas convertidas en una "diana" a 25 kilómetros de Irán

No es una obsesión nueva: en 1988, el entonces magnate neoyorquino ya sostenía que, ante una agresión iraní, EEUU debería “tomar la isla de Jark”.

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Las claves

Trump baraja la toma militar de la isla iraní de Jark, que canaliza el 90% de las exportaciones de petróleo de Irán, como medida de presión para reabrir el estrecho de Ormuz.

Controlar Jark supondría para EE.UU. un enorme valor estratégico, pero expondría a sus tropas a ataques constantes de misiles y drones iraníes a solo 25 km de la costa.

La operación requeriría un asalto combinado de marines y fuerzas especiales, con el objetivo de asegurar infraestructuras críticas y almacenar hasta 30 millones de barriles de crudo.

Irán podría responder intensificando ataques contra la isla, buques estadounidenses y refinerías aliadas, además de activar crisis en otros frentes regionales.

Con el flujo de crudo reducido a mínimos y el Brent por encima de los 115 dólares, Washington ha puesto sobre la mesa una carta de altísimo riesgo: la toma militar en la isla de Jark. Ese enclave, una roca de apenas 20 km², es el corazón palpitante de la economía persa y canaliza en torno al 90% de sus exportaciones de petróleo.

Según reveló el Financial Times el 30 de marzo, el presidente Donald Trump estudia capturar la isla como única vía para forzar a Teherán a reabrir el estrecho de Ormuz, el paso marítimo más estratégico del planeta. No es una obsesión nueva: en 1988, el entonces magnate neoyorquino ya sostenía que, ante una agresión iraní, EEUU debería “tomar la isla de Jark”.

Casi cuatro décadas después, Trump sigue presentando este territorio como la "joya de la corona" de la presión máxima sobre Irán. Ordenar su toma podría ser relativamente rápido; el verdadero desafío es el día después: mantener una guarnición a apenas 25 kilómetros de la costa iraní, convertida en una diana fija bajo el fuego constante de misiles y drones.

A diferencia de las invasiones de principios de siglo, la “bota en tierra” en Jark no aspiraría a cambiar un régimen, sino a colocar bajo control directo una central energética global.

Controlar la isla tendría un valor estratégico difícil de calcular: estrangularía la principal arteria económica de la República Islámica, pero al precio de exponer a las fuerzas estadounidenses a una vulnerabilidad inédita, pasando de la seguridad de un portaaviones en mar abierto a la fragilidad de una guarnición fija bajo ataque sostenido.

Es una apuesta de todo o nada: si la operación logra restablecer las exportaciones bajo supervisión internacional, el bloqueo de Ormuz perderá sentido; si fracasa, Jark puede convertirse en el epicentro de una guerra de desgaste prolongada que los mercados del petróleo no podrán ignorar.

Al controlar la isla, EEUU no sólo busca detener los ingresos de Teherán, sino poseer el "grifo" que regula la estabilidad energética de Europa y Asia.

"Botas en tierra"

Para asegurar un perímetro que concentra terminales críticos y unos 30 millones de barriles de crudo, Estados Unidos tendría que desplegar varias Unidades Expedicionarias de Marines (MEU), un dispositivo de combate anfibio pensado para este tipo de operaciones de alto riesgo.

Miles de infantes de Marina estadounidenses ya están desplegados en la región, respaldados por fuerzas especiales y unidades de paracaidistas. La eventual toma de Jark no sería un simple golpe quirúrgico, sino un desembarco en regla sobre un territorio pequeño, densamente fortificado y convertido en uno de los espacios más militarizados del Golfo.

El 27 de marzo, marineros e infantes de marina estadounidenses a bordo del USS Tripoli (LHA 7) llegaron al área de responsabilidad del Comando Central de los Estados Unidos.

El 27 de marzo, marineros e infantes de marina estadounidenses a bordo del USS Tripoli (LHA 7) llegaron al área de responsabilidad del Comando Central de los Estados Unidos. @CENTCOM

El plan sobre la mesa pasa por un asalto combinado: aterrizajes verticales de helicópteros y convertiplanos Osprey en el interior de la isla, mientras las fuerzas anfibias toman las playas menos fortificadas para abrir cabezas de puente.

En paralelo, equipos de ingenieros de combate asumirían una misión crítica: asegurar oleoductos y estaciones de bombeo para mantener operativos los terminales y su capacidad de almacenamiento de 30 millones de barriles, el verdadero botín estratégico.

Una diana a 25 kilómetros

El verdadero problema llegaría después de tomar la isla: garantizar la supervivencia de los militares desplegados. A apenas 25 kilómetros, la costa continental iraní se convierte en una plataforma de lanzamiento ideal para un arsenal asimétrico afinado durante años para este escenario.

Teherán difícilmente se quedaría de brazos cruzados ante una “bota en tierra” en Jark. El régimen ya ha advertido que cualquier ataque contra su infraestructura energética tendría respuesta directa contra bases estadounidenses y contra instalaciones petroleras de países del Golfo que cooperen con Washington.

Además, para el régimen de los ayatolás, una posible ocupación de Jark sería también una oportunidad propagandística: presentaría a los Marines en la isla como “rehenes a tiro” de su arsenal de drones y misiles, presumiendo de capacidad de resistencia frente a una potencia superior.

El “avispero” de drones: Irán cuenta con una de las flotas de drones kamikazes más densas del mundo, capaces de despegar en oleadas de cientos de aparatos.

Saturar las defensas antiaéreas de los Marines con enjambres baratos es, para Teherán, una táctica de bajo coste y alto impacto psicológico, diseñada para agotar interceptores millonarios con munición de pocos miles de dólares.

Al mismo tiempo, Jark está dentro del alcance de los misiles de crucero y balísticos tácticos iraníes, lo que dejaría a la guarnición bajo una “lluvia” casi constante en la que ninguna defensa puede garantizar una protección total.

Comparativa visual del alcance operativo y la capacidad de carga de los principales misiles de Irán

Comparativa visual del alcance operativo y la capacidad de carga de los principales misiles de Irán Ministerio de Defensa de Irán

Pero la amenaza no llegaría solamente desde el cielo. Las líneas de suministro marítimo que alimentarían a esos miles de soldados estadounidenses operarían bajo el acoso permanente de lanchas rápidas de ataque y de la posible siembra de minas inteligentes, dos herramientas clásicas de la guerra asimétrica iraní en el Golfo.

Junto a todo ello, la primera reacción probable sería intensificar los ataques con misiles y drones contra la propia isla y contra buques de la US Navy en el Golfo, buscando elevar el coste en vidas y obligar a la Casa Blanca a replegarse.

En paralelo, Teherán podría abrir nuevos frentes: golpear refinerías y terminales de exportación en Arabia Saudí, Emiratos o Bahréin, amenazar a Israel y activar a milicias aliadas o a los hutíes para extender la crisis al mar Rojo.