Merkel y Macron conversan a escondidas durante la cumbre de la UE

Merkel y Macron conversan a escondidas durante la cumbre de la UE Yves Herman/Reuters

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Vuelven las fracturas a la UE: norte/sur en economía, este/oeste en inmigración

Sólo el 'brexit' y la defensa europea generan unanimidad entre los 27.

Bruselas

Las negociaciones del brexit han tenido como efecto secundario inesperado que los 27 países que se quedan recuperen la unidad. Una unidad que había estallado en mil pedazos durante la crisis financiera y la crisis de los refugiados. Contra todo pronóstico, la UE ha sido capaz de mantener un frente común contra Londres. Ha logrado que la primera ministra británica, Theresa May, capitule y acepte pagar una factura de salida de 45.000 millones de euros. Este viernes, los líderes europeos aprueban durante la cumbre que celebran en Bruselas pasar a la segunda fase del brexit: las negociaciones comerciales y sobre el periodo de transición.

El brexit y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca han unido también a los europeos en su voluntad de reforzar la cooperación en defensa. Ya no se fían del paraguas de seguridad de Estados Unidos y quieren independizarse de Trump en materia militar. Un total de 25 países (todos salvo Dinamarca y Malta) se han sumado este jueves a la Cooperación Permanente Estructurada en Defensa (PESCO). Un proyecto que al principio sólo contaba con el impulso de las grandes potencias: Alemania, Francia, Italia y España.

La foto de familia de los líderes europeos durante el lanzamiento de la PESCO

La foto de familia de los líderes europeos durante el lanzamiento de la PESCO Yves Herman/Reuters

Pero esta unidad recuperada es sólo de fachada. Por debajo persisten las fracturas que dividen a la Unión Europea y dificultan cualquier nuevo avance en el proceso de integración. Unas brechas que han reaparecido con fuerza en la reunión de este Consejo Europeo, el último de 2017. Y que afectan a dos áreas fundamentales de la construcción europea: la unión económica y monetaria (UEM) y la política migratoria.

"En lo que se refiere a la UEM, la brecha está —y perdonen la simplificación geográfica— entre el Norte y el Sur, y en lo que se refiere a la migración, entre el Este y el Oeste", admitía abiertamente este jueves el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk. "Estas divisiones van acompañadas de emociones que hacen difícil encontrar hasta un lenguaje común y argumentos racionales para este debate. Por eso debemos trabajar en nuestra unidad de forma incluso más intensa y eficaz que antes", alega.

El propio Tusk ha sido víctima de estas emociones desatadas. El comisario de Inmigración, Dimitris Avramopoulos, le tachó esta semana de "antieuropeo" por haber planteado enterrar para siempre las cuotas obligatorias de refugiados. "Un comisario no debe hablar en ese tono al presidente del Consejo Europeo", señala un diplomático europeo sorprendido por este choque institucional en público.

Las cuotas obligatorias, factor de división 

Pero lo cierto es que el reparto de demandantes de asilo sigue enfrentando a la UE con la misma intensidad que cuando el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, lo propuso por primera vez en 2015 para hacer frente a la llegada masiva de sirios que huían de la guerra. "Para nosotros, los muros y las verjas son un error y las cuotas obligatorias son el mínimo exigible para la UE", ha dicho este jueves el primer ministro italiano, Paolo Gentiloni. El Gobierno de Roma es uno de los que sufre mayor presión migratoria y uno de los mayores defensores de este sistema de solidaridad.

En el mismo bando que Italia o la Comisión Europea se encuentran Bélgica, Holanda o Alemania. "No puede haber una solidaridad selectiva entre socios europeos", ha señalado la canciller alemana, Angela Merkel. "Europa no es simplemente un cajero automático para cuando se necesita ayuda, sin nunca demostrar responsabilidad y solidaridad cuando es necesario", les ha espetado el primer ministro belga, Charles Michel, a los países del este, principales beneficiarios de los fondos de la UE.

Unas críticas que no intimidan al grupo de Visegrado (formado por Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia), que mantiene una oposición frontal al reparto de refugiados. "Rechazamos absolutamente la idea de cuotas porque creemos que no funcionan, son ineficaces. Las cuotas han dividido a la UE y tenemos que tener mucho cuidado en el futuro de no continuar con este tipo de decisiones", ha alegado el primer ministro eslovaco, Roberto Fico.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a su llegada a la cumbre

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a su llegada a la cumbre François Lenoir/Reuters

En un punto intermedio militan países como Francia, España, Luxemburgo o Lituania. Con diferentes grados de simpatía hacia las cuotas (la mayoría de ellos, muy poca), coinciden en que se trata de una cuestión que envenena el debate e impide que la UE avance hacia una política migratoria común. Por ello, apoyan con cautela la propuesta de Tusk para enterrarlas de cara al futuro. "Todo el mundo debe poner de su parte para encontrar convergencias", ha apuntado el presidente francés, Emmanuel Macron.

Maquillar diferencias

El primer paso para acercar posturas, o al menos para maquillar diferencias, se ha dado este jueves justo antes del Consejo Europeo. Los primeros ministros de Visegrado se han reunido con Gentiloni y le han ofrecido 35 millones de euros de sus respectivos presupuestos nacionales para financiar las actividades que está realizando Italia para reforzar la frontera en Libia y cerrar la ruta migratoria del Mediterráneo central.

"Lo hemos hecho porque creemos en la unidad de la UE y este es el elemento de la política migratoria de la UE que hasta ahora ha funcionado y ha dado resultados: defender las fronteras exteriores y luchar contra las raíces del problema", ha sostenido el primer ministro húngaro, Viktor Orbán. La ayuda financiera que Visegrado aporta a Italia es su forma de expresar "solidaridad": dinero en vez de cuotas. Un gesto que Gentiloni ha agradecido pero que considera todavía insuficiente.

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk

El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk Phil Noble/Reuters

El otro expediente controvertido, la reforma de la eurozona, está en la agenda del desayuno de líderes europeos de este viernes. Enfrenta a los países del norte contra los del sur, a acreedores contra deudores. Si en el caso de las cuotas, Tusk decantó la balanza a favor del este, en materia económica apoya al norte. Ha excluido del debate las dos propuestas clave de Macron: el superministro de Finanzas y el presupuesto de estabilización para la eurozona. Alemania, Holanda o Finlandia se oponen por miedo a que supongan una transferencia permanente de dinero al sur.

El presidente francés se resigna a este nuevo aplazamiento. Por un lado, Alemania todavía no tiene un nuevo Gobierno con capacidad para tomar decisiones: Merkel sigue negociando para reeditar una gran coalición con los socialdemócratas. Por otro, lo que realmente interesa a Macron no son parches puntuales sino una hoja de ruta completa, con compromisos y fechas sobre todas las piezas que le faltan a la eurozona para sobrevivir a otra crisis. Un calendario que aspira a cerrar en junio de 2018. "La reforma de la eurozona no es lo único importante, Macron tiene una agenda europea más amplia", se justifica un asesor.