El color, la textura y la preparación de los alimentos es clave.

El color, la textura y la preparación de los alimentos es clave. iStock

Salud y Bienestar

Ni platos aburridos ni alimentos insípidos: las pautas para que la alimentación saludable sea un placer

Convertir la comida en una experiencia con mezcla de texturas más allá de contar calorías hará que cuidarte cada día te guste más.

Más información: Carlos Ríos, nutricionista: "Parece una hamburguesa de queso, pero es una ensalada sana con una salsa secreta"

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Siempre hemos entendido el cuidado de la salud como un ejercicio de disciplina. Una lista (casi infinita) de cosas que deberíamos hacer. Y suele pasar que este ejercicio parece inversamente proporcional al disfrute, como si cuidarse implicara renunciar a algo.

Pero aquí te lanzo una propuesta: ¿y si ese cuidado pudiera ser también agradable?

Nuestro cerebro no funciona únicamente a base de fuerza de voluntad. También aprende de las experiencias placenteras. El llamado circuito de recompensa participa en la motivación y en el aprendizaje: cuando algo nos resulta satisfactorio, nuestro cerebro registra que merece la pena repetirlo.

Y esto, llevado a la alimentación, abre una posibilidad muy interesante: en lugar de intentar luchar contra nuestro sistema de recompensa, podemos utilizarlo a nuestro favor.

No comas sano: haz que comer sano te guste. Parece una diferencia pequeña, pero no lo es.

La manera de preparar los platos ayuda a hacerlos más palatables.

La manera de preparar los platos ayuda a hacerlos más palatables. iStock

Podemos obligarnos durante unas semanas a ingerir alimentos que consideramos saludables, aunque nos resulten insípidos o aburridos. O podemos aprender a prepararlos de una manera que realmente nos apetezca.

Una calabaza asada con aceite de oliva, especias y yogur puede ser infinitamente más apetecible que una crema tomada por obligación. Unos garbanzos pueden convertirse en un curry especiado, una ensalada tibia o un hummus.

Unos tomates maduros con buen aceite, sal y pan pueden ser una comida extraordinaria.

La salud no está en alimentarse con comida aburrida, sino en aprender a hacer delicioso aquello que nos hace bien.

Y aquí tenemos una primera estrategia muy sencilla: cuando quieras incorporar un alimento saludable, no pienses únicamente en sus propiedades nutricionales. Pregúntate también: ¿cómo puedo conseguir que me apetezca?

Utiliza todos los sentidos

El placer de comer no depende únicamente del sabor.

El aroma, la textura, la temperatura, el aspecto o incluso el sonido participan en la experiencia. Algo crujiente puede resultar mucho más satisfactorio que lo mismo si es blando.

Un plato caliente y reconfortante puede apetecer más en invierno que una ensalada fría. Una buena presentación puede hacer que percibamos de otra manera lo que tenemos delante.

Por eso, un pequeño cambio puede transformar una comida. Y, por lo tanto, también un hábito.

Añadir frutos secos a una crema, semillas a una ensalada, hierbas frescas a unas verduras, un buen aceite de oliva, un toque ácido de limón o vinagre, algo crujiente sobre un plato blando…

No son detalles menores. Son herramientas para aumentar la satisfacción de la comida.

Y cuanto más satisfechos estamos con lo que comemos, menos necesitamos convertir cada comida en una batalla entre lo que "deberíamos" comer y lo que realmente nos apetece.

Deja de guardar el placer para el fin de semana.

Otro error frecuente es concentrar todo el deleite alimentario en determinados momentos.

Los caprichos culinarios no pueden ir seguidos de una pauta dietética para compensar calorías.

Los caprichos culinarios no pueden ir seguidos de una pauta dietética para compensar calorías. iStock

Entre semana: control.

El viernes: pizza.

El sábado: postre.

El domingo: "Me lo merezco".

Sin darnos cuenta, podemos terminar construyendo una relación en la que determinados alimentos representan libertad y disfrute, mientras que otros representan obligación.

¿Por qué no introducir pequeñas dosis de placer en nuestra alimentación cotidiana?

Un café que realmente nos guste. Una fruta especialmente buena. Una tostada con un aceite de oliva extraordinario. Comer con nuestra vajilla favorita. Preparar una salsa que nos encanta. Comprar un buen pan. Cocinar una receta nueva.

No tiene por qué ser un premio. Puede formar parte de la rutina.

Crea rituales, no prohibiciones

Nuestro cerebro también aprende por asociación.

Si conseguimos que determinadas acciones saludables estén vinculadas a experiencias agradables, es más probable que queramos repetirlas.

Salir a caminar escuchando un pódcast que nos interesa. Preparar la cena mientras escuchamos música. Desayunar sin mirar el móvil. Tomar el café tranquilamente después de llevar a los niños al colegio. Cocinar el domingo en familia.

Son pequeños rituales que convierten una obligación en una experiencia.

Y esto puede aplicarse a prácticamente cualquier hábito.

En lugar de pensar "tengo que hacer ejercicio", podemos buscar una actividad que disfrutemos.

En lugar de "tengo que comer verduras", podemos descubrir tres preparaciones de verduras que nos encanten.

La pregunta deja de ser "¿cómo consigo obligarme?" y pasa a ser "¿cómo puedo hacer que esto me apetezca?".

Y sí, también hay espacio para el postre.

Hablar de placer en alimentación no significa convertir cualquier deseo en una necesidad ni justificar una dieta basada exclusivamente en productos muy palatables.

Nuestro entorno está lleno de productos diseñados para resultar extraordinariamente atractivos: combinaciones de azúcar, grasa, sal, aromas y texturas que proporcionan estímulos muy intensos.

No necesitamos demonizarlos, pero sí entender que pueden resultar especialmente difíciles de ignorar.

Precisamente por eso, la solución tampoco debería ser vivir permanentemente restringidos.

Una pauta saludable tiene espacio para una tarta de chocolate, unas patatas fritas o una pizza con amigos.

La clave está en que no sean los únicos momentos en los que nuestra alimentación nos proporciona placer.

Porque cuando una persona disfruta habitualmente de sus comidas, puede comer una porción de tarta, disfrutarla y continuar con su vida. No necesita convertirla en una excepción, ni compensarla al día siguiente.

Placer social

Hay otra dimensión que a veces olvidamos: la compañía.

Comer con otras personas, conversar, cocinar juntos, celebrar alrededor de una mesa… Todo ello forma parte de una alimentación saludable aunque no aparezca en una tabla de nutrientes.

Por eso, quizás deberíamos dejar de medir la calidad de nuestra alimentación únicamente por lo que contiene el plato.

También importa cómo comemos.

Una comida sencilla compartida tranquilamente puede aportar mucho más bienestar que una nutricionalmente perfecta que ingerimos deprisa, delante del ordenador y pensando en la siguiente obligación.

El objetivo no es comer perfecto, sino querer repetir.

Creo que esta es una de las ideas más importantes cuando hablamos de hábitos.

Si una estrategia requiere tirar constantemente de nuestra fuerza de voluntad, probablemente sea difícil mantenerla durante años.

En cambio, cuando una conducta nos proporciona algún tipo de recompensa —placer, bienestar, satisfacción, compañía, sensación de logro— nuestro cerebro tiene más razones para repetirla.

Por eso, si queremos mejorar nuestra alimentación, quizá deberíamos empezar por algo mucho más sencillo que contar calorías o eliminar alimentos.

Una alimentación saludable que no nos gusta puede funcionar durante un tiempo. Pero una que disfrutamos tiene muchas más posibilidades de convertirse, sencillamente, en nuestra forma de vivir.