Una de las víctimas de la tragedia, acompañada por otra persona que le presta su apoyo.

Una de las víctimas de la tragedia, acompañada por otra persona que le presta su apoyo. Reuters

Salud y Bienestar

El trauma colectivo en el accidente de tren de Adamuz: "Como en la dana, el sentido de comunidad incrementa"

En mitad de un caos que atraviesa España, reluce la voluntad de ayuda de la ciudadanía tras una tragedia que será un antes y un después para las víctimas.

Más información: En la zona cero del choque de trenes de Adamuz: "Para poder sacar a los vivos hemos tenido que empujar a los muertos"

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Ayer, a las 19:39 horas, España se paraba en un punto muy concreto de su geografía. La tarde del domingo —esas que habitualmente se estiran de forma infinita— llegaba a su fin, dejando a un pueblo —Adamuz (Córdoba)—, y a cientos, si no miles, de personas con la respiración entrecortada en todo el país.

El 18 de enero, un accidente ferroviario partía el mapa de Andalucía en dos. Un tren de alta velocidad descarriló a la altura de la citada localidad e invadió la vía contigua. En ese momento, por la misma circulaba un Alvia de Renfe que cubría el trayecto Madrid-Huelva. El resto ya es una mezcla de historia, dolor e incertidumbre y en ese contexto aflora el trauma colectivo.

Este concepto alude a una herida psicológica y social que se produce cuando un grupo humano vive un acontecimiento extremo que desborda sus recursos habituales para comprenderlo, afrontarlo y darle sentido.

No afecta sólo a las personas de manera individual, sino que se inscribe en la memoria compartida, altera los vínculos, debilita la confianza y modifica la forma en que una comunidad se percibe a sí misma y al mundo. Sus efectos pueden persistir en el tiempo, transmitirse entre generaciones y manifestarse en silencios, miedos, conflictos o narrativas comunes que marcan la identidad de grupo.

"Aunque en principio todo el mundo, de un modo u otro, se enfrenta a la misma experiencia, luego el duelo es personal", destaca la psicóloga Ana Sánchez, CEO y fundadora de Clínica Pinsapo.

Hoy, lunes 19 de enero, y desde anoche, no hay persona que no esté conectada a la información sobre la tragedia. Es prácticamente imposible no hacerlo. Se quiera o no.

"A pesar de que quien está observándolo todo desde casa no es una víctima, sí que tiene la capacidad, a través de la empatía, de conectar con lo que ha sucedido. Incluso al otro lado del televisor o del teléfono podemos interpretar el ambiente. Notamos un clima frío, de frustración y soledad. De desánimo, de duelo", explica la terapeuta.

Y es que cuando sucede algo así, de tal calado, es imposible que ese dolor, e incluso miedo, no se filtre en la población. Que no viaje, al igual que los trenes, recorriendo todo el mapa del país, atravesándolo de norte a sur. De este a oeste.

"Se nos heló la sangre", comenta en exclusiva a este medio un maquinista de Renfe. El profesional, que se dirigía a su lugar de trabajo cuando atendió telefónicamente a Magas comentaba de forma irónica que los habían convocado para guardar un minuto de silencio a las 12:00 horas: "Pero yo entro a las 11:45 horas en mi turno, por lo que no podré estar. La vida sigue, como de costumbre".

Los bomberos intentan acceder a uno de los vagones en las labores de rescate.

Los bomberos intentan acceder a uno de los vagones en las labores de rescate. Guardia Civil Guardia Civil/EFE

Este trauma que se extiende más allá de Adamuz, de la capital de la provincia, de Huelva, Málaga o Madrid, a él le golpeó a través de WhatsApp en la tarde de ayer, nada más aconteció la tragedia.

"Uno de mis compañeros escribió por un grupo. Dijo que había descarrilado un tren, así que asumimos que no había pasado nada grave. No obstante, cuando nos llegó la palabra 'choque', no necesitamos más para anticipar la magnitud de lo que iba a venir", aclara el maquinista.

Añade que uno de sus colegas de Córdoba fue a reconocer la escena —según cuenta, es una práctica habitual en estos casos—. "Cuando él acudió había estado presente ya otra persona. Nos trasladó que, sin duda, el que peor parte se había llevado había sido el Alvia. El maquinista falleció mucho antes de lo que se informó", señala.

Confiesa que el chico había cambiado de destino hace apenas unos meses. Hasta entonces, estuvo trabajando en otra localización.

Por otro lado, informa de que cuando se pertenece a este tipo de profesiones hay que asumir según qué riesgos y que la conversación está siendo un tema candente entre los compañeros: "Somos diana de atentados, accidentes y arrollamientos". Él mismo vivió este último suceso a los pocos meses de comenzar a trabajar. Una persona saltó a las vías cuando iba en la cabina del tren.

"El maquinista está ahí y se tiene que comer lo que se encuentre, pero si no hacemos nuestro trabajo, los trenes no se mueven. Y no, después de esto, ahora mismo, no hay ganas de ponerse a los mandos. En la estación hay un ambiente diferente. Se nota un silencio que no es normal", declara.

Imagen de la jornada de ayer tras el accidente.

Imagen de la jornada de ayer tras el accidente. Reuters

Este caso es un ejemplo más de lo que comenta Ana Sánchez. Puede que el accidente, sus consecuencias, lo que ha supuesto y supondrá, afecte a mucha gente. Sin embargo, una vez que haya una estabilidad y más certezas que incertidumbres, cuando haya pasado el shock inicial, lidiar con el problema se convierte en una cuestión individual.

"Por mi experiencia en consulta, luego todo se termina llevando a la vivencia del paciente. Se da un proceso de integración. Lo que ha acontecido lo hacemos nuestro. El discurso de cada uno comienza a estructurarse en torno a preguntas como con quién ibas o cuál era el motivo del viaje. Empiezan a aparecer los reconocibles 'Y si...'", aclara la psicóloga.

No obstante, la experta señala el papel fundamental de las asociaciones de víctimas cuando se dan hechos de este calado.

Magas ha intentado contactar con diferentes pasajeros que iban a bordo de los trenes, así como con allegados y familiares. No obstante, la situación es compleja. Ahora, todos los medios aprietan buscando declaraciones —a veces con más o menos suerte; a veces con más o menos tacto—.

Personas cercanas a dos hermanas que iban en el Iryo que viajaba rumbo a Madrid dicen que son incapaces de hablar, que se encuentran en estado de shock.

"Una de ellas estaba embarazada, está ingresada en el hospital. Volvían a Madrid, donde trabajan, tras pasar el fin de semana aquí, con la familia. Con las dos viajaba su mascota, un perrito. Por ahora el animal no ha aparecido", comenta el entorno de las chicas.

Las repercusiones

Como ya se ha comprobado, este trauma colectivo alcanza más allá de sierra Morena o de Despeñaperros. Se funde en los recovecos de la memoria y se incrusta, de forma inconsciente, en los rincones más recónditos del cerebro.

"Cuando sucede algo de este calibre, nos deshacemos de la normalización de algo tan frecuente como los viajes en tren, coche y avión. Al verlo —vivirlo incluso— tan de cerca, una de las consecuencias puede ser que se genere un miedo a hacer algo que antes era de lo más habitual", destaca Ana Sánchez.

La psicóloga comenta que es fundamental disipar dudas, aclarando que son momentos de incertidumbre, algo con lo que coincide José Luis Hitos, portavoz de Cruz Roja en Córdoba, que añade que "son horas muy difíciles" y que "desde la organización han estado ahí desde el primer momento, ayudando en parte a ofrecer certezas".

La terapeuta dice, además, que es esencial que las víctimas y sus allegados se sientan seguros, protegidos, escuchados y atendidos. "Ahora también se necesitan respuestas políticas y de las autoridades de diferente índole. No es momento de buscar culpables, pero sí responsables", añade.

"El trauma colectivo necesita también de una protección colectiva. Sobre todo cuando al parecer lleva habiendo avisos sobre el estado de las vías tanto tiempo. Hay que lidiar con ese no saber, desde el primer momento, porque es otro de los disparadores de la ansiedad", explica.

Y, por supuesto, habla de la necesidad de que esto no se olvide en 10 días, que no sea algo que caiga en el abandono y en el olvido de los gobiernos.

"Ahora todos estamos implicados, pero los que no lo vivimos en primera persona terminaremos viéndolo como un accidente más. Doloroso, sí, pero será un pasaje para nosotros. Para los supervivientes y los familiares de los fallecidos se trata de un punto de inflexión. Un antes y un después en sus vidas", expresa la psicóloga.

Respecto al resto de repercusiones en cuanto a salud mental, enumera la aparición del miedo persistente, la culpa, la tristeza, la ira y la vulnerabilidad: "Al final tienes la sensación de que todo se puede truncar en un segundo", comenta, en la línea de lo que ya explicó a Magas a raíz de la reciente tragedia en Indonesia que sufrió la familia valenciana formada por Fernando Martín y Silvia García.

En ese caso, la experta señalaba que el duelo se volvía más complejo por lo inesperado del accidente. "No se trata de muertes que se planteasen por el discurrir de la vida. No estamos preparado mentalmente para asumir algo así", decía entonces.

Por otro lado, también destaca que, como síntomas, se dan los pensamientos intrusivos, la rumiación en torno a ellos e incluso la percepción errónea sobre qué es verdad y qué no. "Puede aparecer el aislamiento social", añade.

Igualmente, hace acto de presencia la hiperalerta colectiva, que además se traduce en fatiga, insomnio y somatizaciones. "Aquí tiene mucho que ver la magnitud de lo que ha pasado, pero también la cobertura mediática", señala.

La solidaridad

Es la cara B del accidente. Un rayo de luz en mitad de la tragedia. Uno que ilumina las vidas de aquellos que han sobrevivido y que se abre paso, buscando aún palpitares entre los vagones, prestando ayuda psicológica o dando cobijo.

José Luis Hitos destaca que la activación de Cruz Roja no se dio en el minuto uno, sino en el cero. "Las ambulancias, los equipos de apoyo psicosocial y logístico. Todo", explica.

Hoy siguen prestando su ayuda en Adamuz y en diferentes puntos de la ciudad de Córdoba. ¿Hasta cuándo? Aún no se sabe. "No podemos predecirlo, pero estaremos mientras sea necesario", añade.

Por otro lado, además de la ayuda institucional, que está funcionando a pleno rendimiento desde que sucedió el accidente —en este medio consta mediante fuentes cercanas que a trabajadores de UCI del Hospital Reina Sofía les están cambiando los turnos para poder prestar el mejor servicio posible—, si hay un grupo que se ha volcado con lo acaecido ha sido el pueblo de Adamuz, que ha tomado como propia la causa.

"Tiene apenas 4.000 habitantes y son el claro reflejo de que cuando se da algo como esto, las personas se cohesionan y se hacen uno. Se organizan de la manera más primitiva, pero también es muy útil, porque cada cual aporta lo que mejor se le dé, se tenga un rango u otro. Se esté fuera de servicio o no", explica la psicóloga Ana Sánchez.

Imagen de la entrada del Hospital Reina Sofía, en Córdoba, donde se encuentran algunos de los supervivientes de la tragedia.

Imagen de la entrada del Hospital Reina Sofía, en Córdoba, donde se encuentran algunos de los supervivientes de la tragedia. Lucía Ruiz Simón EFE

Para encontrar ejemplos, sólo hace falta darse un paseo por las redes o por los medios de comunicación. Rafaela, vecina de la localidad, estuvo en la jornada de ayer en comunicaciones con RTVE, donde la entrevistaron. Decidió abrir su supermercado para abastecer a todos los afectados por el accidente.

"Les dimos caldo, mantas, pan, embutidos para bocadillos... Todo lo que ha sido preciso y hecho falta", comentó para el ente público.

Y es que, como detalla Sánchez, en situaciones tan duras como esta, "como sucedió en la dana, el sentido de comunidad se incrementa. Se forjan conexiones con gente muy dispar a partir de este punto en común".

Aquí una vez más aparece esa expresión que tanto se usó entonces, en octubre de 2024, a raíz de los hechos en Valencia. Esa que dice que el pueblo salva al pueblo. Sin embargo, esto contiene en su significado una romantización de los muy loables gestos y una desvinculación, en parte, con esos responsables que la psicóloga reclamaba.

Por otro lado, una de las entidades que se ha sumado a la causa ha sido el Teléfono de la Esperanza, que ha activado el Protocolo de Atención Psicológica ante Catástrofes.

"En momentos de duelo, incertidumbre y conmoción, contar con un espacio de escucha es fundamental. Nuestra responsabilidad es estar disponibles para ese dolor", señala su presidenta, María Guerrero. El número de contacto es el 717 003 717 y está operativo 24 horas al día.

La denuncia desde dentro

El maquinista con el que Magas conversó en exclusiva en la mañana del 19 de enero, aprovechó la ocasión para denunciar la situación que se vive en su sector. "En la zona en la que ha sido el accidente hay una aguja —un elemento ferroviario que sirve para cambiar de vía— que lleva dando problemas desde hace meses", detalla.

Según sus palabras, cada vez que sucede algo así se debe a muchos factores y la persona que maneja el medio de transporte es el último eslabón de esa cadena. "Estamos hartos de hablar de lo que está pasando. De cómo está todo. Las instalaciones son una mierda y el material, más. La única solución que nos dan es que moderemos la velocidad y que 'ya se arreglará'", explica.

Imagen aérea del lugar de los hechos.

Imagen aérea del lugar de los hechos. EFE

Además, añade que cuando tienen lugar estos acontecimientos, el maquinista, si sobrevive, es probable que esté en estado de shock. "En las formaciones nos dicen que cada vez que sucede algo así, lo mejor que nos puede pasar es que seamos los primeros en morir", dice de forma seca.

Precedentes

Antes de la tragedia de Adamuz, hubo otras tantas que indujeron también al trauma colectivo. Si la conversación se mantiene en el plano ferroviario, no se puede dejar de mencionar la del Alvia en Angrois (Santiago) en 2013. Entonces, 80 personas fallecieron y 145 resultaron heridas.

Años antes, se puede hablar del los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid o del 11 de septiembre en Nueva York. Otro evento similar fue el siniestro de Spanair en la capital del país el 20 de agosto de 2008.

Entonces, un avión de la citada compañía el vuelo JK5022 con destino a Gran Canaria— se estrelló en la pista de Barajas, poco después de despegar. ¿El balance? 154 muertos y 18 supervivientes.

Una fuente cercana a este periódico fue una de las víctimas colaterales de la tragedia. S. perdió a toda su familia cuando era apenas una adolescente. Y en principio, ella también tenía que haber ido en ese vuelo. Casi 20 años más tarde, el trauma sigue formando parte de su vida.

Hace unos años relató a una fuente cercana a este medio que era algo con lo que lidiaba día a día, diciendo, de forma sarcástica, que cumplía con todos los checks que se podían esperar de ellas.

"Tengo TOCs, depresión, ansiedad... Hago tratamiento psicológico y psiquiátrico. A veces no sé si estoy soñando o ya estoy despierta. Hay siempre una pelota de tenis en la mesita de noche. Si la lanzo y deja de botar, sé que lo que estoy viviendo es real", expresó.

Ahora, Adamuz no es sólo un punto en el mapa ni una noticia que se agotará con los días —o al menos no debería serlo—: es una grieta compartida que atraviesa rutinas, trayectos y certezas.

Habrá tiempo para informes, responsabilidades y memoria —y todo tendría que estar poniéndose ya en marcha—. Pero si hay algo que queda claro, es que en este momento toca sostener. Entender que, para algunos, nada vuelve a su sitio y que la palabra superar nunca será el logro, pero sí sobrellevar. A veces seguir ya es suficiente.