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Tener cáncer de mama en Ucrania: las dos batallas de las mujeres diagnosticadas en medio de una guerra

Tumores que se detectan tarde, falta de dinero para la inmunoterapia y bombardeos en las sesiones de quimio son sólo algunas de sus dificultades.

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"Hace 11 años me diagnosticaron cáncer de mama por primera vez. En aquel momento mi hija estaba a punto de empezar la universidad, y lo que más miedo me daba era morir y dejarla sin madre", recuerda Natasha.

Le tiembla la voz cuando lo revive. "Fue una etapa muy difícil, pero los médicos me dijeron que tenía que luchar y lo hice. Ahora tengo que volver a pasar por todo esto, y por supuesto que vuelvo a sentir miedo", confiesa.

"Mi hija ya es adulta, terminó la carrera de medicina y me dio una nieta que me hace muy feliz, pero ahora se suma el miedo de que a ellas les pase algo durante algún bombardeo".

Natasha, que ha vuelto a ser diagnosticada con cáncer de mama 11 años después de superar la enfermedad.

Natasha, que ha vuelto a ser diagnosticada con cáncer de mama 11 años después de superar la enfermedad. María Senovilla

Natasha descubrió que la enfermedad había reaparecido durante una revisión rutinaria. "A pesar de la guerra, yo soy responsable de mi salud y cada año me hago un TAC con contraste", explica mientras caminamos por el parque Taras Shevchenko, en Járkiv, a escasos 40 kilómetros de la frontera con Rusia.

En estos momentos, es muy difícil calcular estadísticas sobre enfermedades oncológicas en Ucrania: los registros no funcionan con normalidad a causa de los ataques y los investigadores no tienen acceso a los datos de los territorios ocupados. Pero hay indicadores claros de que la guerra está incidiendo directamente en la enfermedad.

La entrevistada posa en el parque Taras Shevchenko de Járkiv.

La entrevistada posa en el parque Taras Shevchenko de Járkiv. María Senovilla

"En nuestra práctica lo que estamos viendo es que realmente han aumentado los casos; además, los bombardeos constantes tampoco ayudan a que la gente acuda al médico para diagnosticarse, así que cada vez llegan pacientes en fases más avanzadas", desvela la doctora Kristina Osokina, jefa del departamento de Oncocirugía de Mama del Centro Regional de Oncología de Járkiv.

Pero lo que más le preocupa a la especialista es la incidencia en mujeres jóvenes. "Para que te hagas una idea, en cada una de nuestras sesiones clínicas analizamos a 50 pacientes aproximadamente, y cerca de la mitad son nacidas en los años 90 o en la primera década de los 2000", asegura Osokina.

La oncocirujana apunta al estrés crónico –que ya padece toda la población de Ucrania– como un factor determinante. Pero no pueden hacer estudios clínicos que arrojen luz sobre el efecto exacto del conflicto armado en los pacientes de cáncer.

Perdieron los fondos internacionales para investigación en 2022, cuando empezó la invasión a gran escala. "Los donantes simplemente se retiraron", se lamenta.

Kristina Osokina, jefa del departamento de Oncocirugía de Mama del Centro Regional de Oncología de Járkiv, en su consulta.

Kristina Osokina, jefa del departamento de Oncocirugía de Mama del Centro Regional de Oncología de Járkiv, en su consulta. María Senovilla

Diagnosticar tarde

"Los dos primeros médicos a los que acudí me dijeron que no tenía nada", explica Tatiana. Ella es educadora infantil, tiene 45 años y va a recibir su primera sesión de quimio.

Mientras habla sobre la montaña rusa que está sintiendo, se agarra con fuerza a la mano de su marido Sergey. "Es militar y trabaja en el frente, pero su comandante le ha dado permiso para que me acompañe a esta sesión. A las siguientes iré sola", aclara, como mentalizándose del proceso.

Tatiana se notó un bulto en el pecho a finales del pasado invierno. "Cuando fui al primer médico me dijo que no era malo, pero quise pedir una segunda opinión para quedarme tranquila", prosigue. El otro especialista también descartó que la masa fuera maligna; sin embargo, el mal presentimiento de Tatiana no se iba.

Tatiana, diagnosticada con cáncer de mama en Járkiv, abraza a su marido Sergey, antes de recibir su primera sesión de quimioterapia.

Tatiana, diagnosticada con cáncer de mama en Járkiv, abraza a su marido Sergey, antes de recibir su primera sesión de quimioterapia. María Senovilla

Unos meses después, decidió buscar un tercer especialista y acabó en la consulta de la doctora Osokina. El 9 de septiembre le confirmaron que tenía un cáncer triple negativo en estadio 2.

Tatiana no sabe si la guerra está influyendo en la calidad de los diagnósticos de la enfermedad, pero la doctora Osokina –que con sólo 30 años es la actual jefa del departamento– reconoce que la mayoría de los expertos que tenían más experiencia huyeron cuando Rusia atacó su hospital, en abril de 2022, y no han vuelto.

Cuando rugen las sirenas

Después del bombardeo de 2022, con el edificio parcialmente destruido, parecía imposible seguir trabajando allí. Pero los tratamientos de cáncer no podían detenerse.

"Sólo nos quedamos dos médicos", explica Natalia Otchenash, la jefa del servicio de Quimioterapia. "Tuvimos que pedir a otro centro de la ciudad que nos cediera un espacio para nuestros pacientes, y yo empecé a organizarlos de manera telefónica".

"Por aquel entonces los bombardeos eran muy intensos en Járkiv, los transportes no funcionaban y había pacientes que tenían que caminar kilómetros para llegar a un hospital… Pero no me rendí", dice.

Natalia Otchenash, jefa del Servicio de Quimioterapia del Hospital Regional Oncológico de Járkiv.

Natalia Otchenash, jefa del Servicio de Quimioterapia del Hospital Regional Oncológico de Járkiv. María Senovilla

Y explica: "Cogí una libreta para anotar a mano el nombre de cada uno, y desde mi teléfono les indicaba en qué farmacia tenían disponible su preparado y donde se lo podían inyectar después".

"Aquí no teníamos ventanas, ni puertas –dice recorriendo con la mirada su despacho–, aunque la peor parte se la llevó el edificio de radiología, que se quedó sin techo". Natalia conserva la vieja libreta sobre su escritorio, junto a la medalla que le dieron por no abandonar a los enfermos. Sin embargo, su batalla no ha terminado aún.

En el último mes, Rusia ha bombardeado dos hospitales en Járkiv con total impunidad. Y las autoridades se han visto obligadas a endurecer los protocolos de actuación cuando suenan las sirenas antiaéreas: ahora los pacientes deben salir a los pasillos y alejarse de las ventanas, incluso en medio de una sesión de quimioterapia.

"A veces no tengo fuerzas y me quedo aquí sentada, otras salgo fuera", relata Alina desde una de las salas, con el gotero de la quimio puesto en su mano derecha. Tiene 55 años y un cáncer de mama en estadio 4. "A veces es duro asimilar a la vez la realidad de la guerra y la realidad de la enfermedad", reflexiona.

Alina, que lleva más de tres años luchando contra el cáncer de mama, durante una sesión de quimioterapia en el Hospital Regional Oncológico de Járkiv.

Alina, que lleva más de tres años luchando contra el cáncer de mama, durante una sesión de quimioterapia en el Hospital Regional Oncológico de Járkiv. María Senovilla

"Todos sabemos que este hospital ya fue bombardeado y que es un objetivo para Rusia, y eso nos genera un estrés muy alto", asegura. Alina reconoce que también le da miedo desplazarse durante los ataques –que son prácticamente diarios–, pero es consciente de que le va la vida en ello.

Costear la quimio en guerra

Lamentablemente, los bombardeos no son lo único que dispara el nivel de estrés de estas mujeres: el sistema médico ucraniano no cubre la totalidad de los fármacos que se utilizan para el tratamiento del cáncer, y son extremadamente caros para los sueldos que se cobran de media en el país.

"El hospital asume la medicación para la quimioterapia, pero ahí no entran todas las referencias originales; así que si los pacientes no quieren tratamientos análogos, se los tienen que pagar de su bolsillo", explica la doctora Osokina. En el caso de la inmunoterapia, directamente, no está cubierta por el sistema de salud.

"Tengo ganas de vomitar cada vez que pienso en el precio de las inyecciones de inmunoterapia: cuestan 70.000 grivnas cada una (1.400 euros) y necesito veinte en total. Ya hemos empezado a pedir dinero a los amigos para poder costearlas", confiesa, con un gesto de preocupación dibujado en la cara.

Natasha ya pasó por las mismas dificultades la primera vez, y ahora lo encaja con más serenidad. "Hace 11 años tampoco era fácil encontrar y pagar los medicamentos necesarios. Los programas públicos sólo me ofrecieron alternativos, y yo opté por comprar por mi cuenta otros de mejor calidad", explica.

Los programas públicos tampoco cubren las pruebas genéticas que detectan si existe la mutación del gen BRCA1 y BRCA2. A pesar de que son determinantes para ajustar los tratamientos de las mujeres y decidir si es necesario realizar una histerectomía para prevenir metástasis.

"No parábamos de recibir solicitudes de pacientes que querían realizarse el test genético, y entendimos que era muy importante porque, además de mejorar sus tratamientos, podría ayudar a diagnosticar de manera preventiva a sus familiares consanguíneos", explica Yuliia Shevchuk, de Misión Járkiv, la principal oenegé que ayuda a mujeres con cáncer en medio de la guerra.

Los datos que maneja Yulia son reveladores: "De los más de 4.500 beneficiarios registrados en Misión Járkiv, aproximadamente el 70% son mujeres. Y en ese porcentaje hay unas mil pacientes con un diagnóstico de cáncer de mama".

Una enfermera del Hospital Regional Oncológico de Járkiv administra fármacos para el tratamiento del cáncer a una paciente.

Una enfermera del Hospital Regional Oncológico de Járkiv administra fármacos para el tratamiento del cáncer a una paciente. María Senovilla

El cambio físico

Para todas estas mujeres, curarse de su enfermedad también conlleva pasar por un cambio físico muy drástico. Perder el cabello, los pechos, los órganos reproductores, o todo a la vez puede ser demoledor.

"A mí me extirparon los pechos la primera vez, y desde entonces llevo prótesis; pero los médicos ya me han advertido que quizá sea necesario retirarlas ahora. Entiendo que después de la operación mi cuerpo volverá a cambiar y que será otra prueba difícil… No es fácil pensar en ello", reflexiona Natasha. "Pero también comprendo que lo más importante ahora es la vida y la salud".

Tatiana agarra aún más fuerte la mano de su marido cuando le pregunto por el cambio físico que va afrontar. Toma aire un momento y empieza a hablar: "El test genético ha dado positivo en BRCA1 y me van a hacer una histerectomía pero, como dice una amiga mía, después estrenaré tetas nuevas". Mira a Sergey con complicidad y él reconoce que "a veces llora, a veces ríe, pero es parte del proceso".

Cuando la hija de ambos sea mayor de edad, también deberá realizarse la prueba. "Tardé un poco en contarle que me habían diagnosticado el cáncer, hasta que me armé de valor, pero ella reaccionó tan bien… Me dijo: 'Mamá, si yo también doy positivo, hago lo mismo que Angelina Jolie y listo'", relata Tatiana, haciendo referencia al momento en el que la actriz hizo pública su histerectomía.

Las dos guerras

No puedo evitar repetir la misma pregunta a Tatiana, a Natasha y a Alina. "¿Al descubrir que tenías cáncer, dejó de preocuparte la guerra que sacude a Ucrania desde hace casi cinco años, o te angustió todavía más?".

La primera confiesa que, a pesar de que ahora la enfermedad es una gran preocupación, ella no puede huir de las noticias del conflicto. "Mi marido es militar y está en el frente", dice mirándole a los ojos. "Cuando empezamos nuestra relación, hace 25 años, nos prometimos ser siempre sinceros el uno con el otro y lo hemos mantenido... Así que él también me cuenta la verdad de lo que sucede y yo no puedo obviarlo".

Alina coincide en que de repente "todo preocupa más: la enfermedad, conseguir el dinero para pagar la inmunoterapia, el qué puede pasarles a tus hijos mientras tú estás enferma y hay un bombardeo...".

Detalle de la mano de Alina.

Detalle de la mano de Alina. María Senovilla

"Cuando me enteré de que el cáncer había vuelto, la guerra también estaba ahí; pero para mí son dos cosas diferentes", reflexiona al respecto Natasha. "Me preocupa muchísimo mi familia, mi hija y mi nieta, y quiero que estén a salvo. Es lo que más me inquieta en relación con el conflicto, pero no soy una persona que se asuste fácilmente y, a pesar de todas las dificultades, quiero seguir viviendo".

Alina (izquierda), junto a otras pacientes de cáncer, en una de las salas de quimioterapia del Hospital Regional Oncológico de Járkiv.

Alina (izquierda), junto a otras pacientes de cáncer, en una de las salas de quimioterapia del Hospital Regional Oncológico de Járkiv. María Senovilla

Estas mujeres –y miles más– están librando dos guerras a la vez: la invasión rusa de su país y la lucha contra una enfermedad que sacude cada célula de su cuerpo. Y cuando las dos guerras se juntan, hace falta mucha fortaleza para seguir adelante.

"Pero no hay que pensar que el cáncer es una sentencia y que no se puede hacer nada", insiste Natasha antes de despedirnos. "Espero que mi historia también sea útil para las personas que la lean desde España".

"Quizá allí no imaginen lo que significa recibir tratamiento durante una guerra, cuando tienes que ir al hospital aunque haya explosiones alrededor porque necesitas hacerte pruebas y luchar por tu salud. Pero si al menos una mujer me escucha y pierde el miedo de acudir al médico al ver que nosotras somos capaces, habrá valido la pena contarla".