Retrato de la escritora.

Retrato de la escritora. Laura C. Vela

Protagonistas

Elena Medel, escritora: "La vocación y el entusiasmo se usan como carta blanca para aprovecharse de la buena fe"

La autora explora las pequeñas formas del abuso de poder y los privilegios de clase en una universidad donde el mérito no decide quién llega más lejos.

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Rosa Sánchez de la Vega
Publicada

Un apellido puede abrir una puerta mucho antes que el talento. En los pasillos de una universidad, entre despachos, lealtades y viejas jerarquías, unos saben cómo moverse y otros llegan sin conocer las reglas. Fuera, el país cambia. Dentro, el poder todavía cree que va a durar para siempre.

Elena Medel lleva años escribiendo sobre clase, identidad, cuerpo, trabajo y sobre la manera en que todo eso termina condicionando una vida.

Poeta desde muy joven y novelista atenta a los lugares donde lo íntimo se cruza con lo político, vuelve ahora a la ficción con Todos mis pecados y la mitad de mi dolor (Seix Barral), situada en el curso 2003-2004 y en una facultad donde el mérito, la ambición y el poder rara vez ocupan compartimentos separados.

La novela empieza en un momento en el que muchas certezas personales, sociales y políticas están a punto de moverse. ¿Qué te permitía mirar desde ese instante de cambio?

El punto de partida es el momento en el que el catedrático don Jesús Guzmán Espinosa —y el tratamiento de "don" me parece muy importante— recibe la notificación de su jubilación.

Ya ha agotado los cinco años de plazo que se le permitían y no tiene otra opción más que desmantelar el despacho, dejar libre su plaza y empezar a plantearse una vida de la que no sabe nada.

Para mí eso es algo fundamental en la novela: la configuración de la identidad mediante el trabajo.

No sabe adónde va a ir y va a perder también todos los códigos de relación que conoce y maneja, que son los del poder: yo trato contigo porque tú me das esto; tú te juntas conmigo porque yo te doy esto otro. Es un momento de cambio inevitable y de miedo, porque no sabe qué va a venir después.

Hemos aprendido a reconocer determinadas formas evidentes de abuso de poder. ¿Te interesaban más esas otras, aparentemente pequeñas, que se ejercen mediante una recomendación, un silencio, una invitación, una puerta que se abre o que se cierra?

A mí, como lectora, casi siempre me interesa más esa sutileza, lo que no resulta tan evidente, casi la punta del iceberg más que el resto de la presencia. Y, de manera inevitable, también me atrae como escritora.

Por ejemplo, una reunión que se mantiene lejos de la facultad para que nadie te vea y nadie sepa cuáles son tus verdaderas intenciones. O una relación prácticamente de dominación dentro de una pareja, en la que una persona tiene la voz cantante porque es quien tiene el dinero.

La autora de 'Todos mis pecados y la mitad de mi dolor'.

La autora de 'Todos mis pecados y la mitad de mi dolor'. Laura C. Vela

Han pasado más de 20 años desde el curso 2003-2004 en el que sitúas la novela. ¿Qué ha cambiado realmente en nuestra relación con el poder y qué hemos aprendido únicamente a expresar de una manera menos visible?

Quería subrayar que es un momento en el que empieza a transformarse una sensibilidad. Hay, por ejemplo, una escena en la que varias alumnas confrontan al catedrático y le reprochan la orientación que está dando a un poema en su seminario. Creo que no habría sido creíble cinco años antes.

O podría haber sucedido, pero la reacción de los personajes habría sido distinta. Y creo que ese mismo momento, cinco años después, también habría sido diferente, porque probablemente esas jóvenes ni siquiera se habrían inscrito en ese curso y habrían escogido otra alternativa.

Hay cuestiones que se empiezan a atisbar en la novela y que ahora están totalmente asumidas y forman parte de nuestro día a día de una manera natural, pero también hay otras en las que creo que estamos experimentando cierto retroceso.

¿En qué lo percibes?

Creo que vuelve a existir cierta tolerancia, incluso cierto aplauso provocador, hacia actitudes que parecían superadas.

Como las del catedrático. Cuando las escribía, pensaba: "Esto ya no se puede tolerar en un departamento". Y creo que ahora, en determinados momentos y ámbitos, podrían tomarse como "bueno, es su forma de ser", fruto de su educación o simplemente una peculiaridad de su personalidad.

Pero lo interesante es que quien lea la novela también se haga esa pregunta: si esta actitud sucediera hoy, ¿cómo reaccionaríamos?

Las mujeres todavía ocupan lugares secundarios dentro de determinadas estructuras universitarias. ¿Te interesaba mostrar cómo funciona ese poder masculino antes de que empiece a ser cuestionado de otra manera?

Sí. Me interesaba y no sólo en el ámbito universitario, sino en general.

Está, por ejemplo, la relación de poder que establecen el catedrático y su hermana. La tía Isabel es una persona que, en cierto modo, nunca ha tenido derecho a decidir sobre su propia vida, aunque después ella también decida sobre la vida de los demás.

Está esa conversación que escucha la tía Isabel cuando es adolescente: va a la cocina a por un vaso de agua y oye a sus padres preguntándose qué van a hacer con cada uno de sus hijos.

Deciden que sus esfuerzos, su dinero y su energía se dedicarán al hijo, porque consideran que es quien tiene más posibilidades de salir adelante, y no tanto a ella.

Era uno de los planteamientos que quería hacer en la novela: cómo los personajes son fruto de una educación diferente según su género, pero también según la clase social.

La universidad se presenta como un territorio al que supuestamente se llega por mérito, pero tus personajes reproducen también las desigualdades de clase. ¿Hasta qué punto la educación puede convertirse en una cuestión política?

Absolutamente. Hay un personaje muy consciente de un talento que le han repetido que tiene. En el colegio, en el instituto, en su entorno familiar, su novio, sus amigas… siempre han considerado que es la inteligente de la clase, una persona trabajadora, y la han animado a seguir adelante.

Sin embargo, cuando llega a la universidad se da cuenta de que está uno o varios pasos por detrás de muchos de sus compañeros porque no ha podido acceder a clases particulares de idiomas, ni pasar los veranos en Irlanda o en Estados Unidos. Hay muchas herramientas que no tiene.

La educación, en muchas ocasiones, ha sido una puerta hacia el progreso, pero en otras también marca un desnivel. Aquella educación a la que no has podido acceder termina situándote en otro lugar.

Hemos normalizado presentarnos diciendo inmediatamente a qué nos dedicamos. ¿En qué momento el trabajo dejó de explicar una parte de nuestra vida y empezó a explicar quiénes somos?

Es una de las constantes de la novela: cómo el trabajo ha irrumpido en nuestras vidas. Siempre está ese juego de palabras de que ya no trabajamos para vivir, sino que vivimos para trabajar.

La intimidad no se desarrolla en casa, con la familia, con la pareja o con los amigos, sino en el despacho, en la sala de reuniones, en los pasillos de la facultad.

Se vinculan a compañeros de trabajo con los que aparentemente no tienen nada más en común que estar en el mismo lugar, compitiendo unos con otros.

La autora retrata un mundo de jerarquías, silencios y favores en el que la vocación puede convertirse en una forma de sometimiento y el talento no basta para abrirse camino.

La autora retrata un mundo de jerarquías, silencios y favores en el que la vocación puede convertirse en una forma de sometimiento y el talento no basta para abrirse camino. Laura C. Vela

¿Hasta qué punto una vocación puede convertirse también en una herramienta para aceptar abusos?

La vocación y el entusiasmo pueden utilizarse como carta blanca para abusar o aprovecharse de la buena fe, de la voluntad de querer hacer algo que se parezca a lo que una persona sueña y ambiciona.

Les sucede sobre todo a los personajes situados en los planos más bajos de la jerarquía. Hay profesores del departamento que no son catedráticos y que vienen de la clase trabajadora, de barrios humildes, y que han realizado muchos oficios físicos para poder estudiar.

Conocen ese trabajo del cuerpo frente al trabajo de la mente al que están acostumbrados la mayoría de los demás.

Y también hay quien ha ido sacrificando partes de su vida porque la vocación era lo primero. Hasta el punto de que apenas sabemos qué piensa sobre lo que sucede.

Al final, ni siquiera sabemos muy bien qué opina o cuál es su actitud ante muchas de las cosas que están ocurriendo porque se ha convertido en alguien al servicio del catedrático.

Desear algo implica muchas veces aceptar que habrá un precio. ¿El pecado comienza en lo que uno quiere o en aquello que está dispuesto a hacer para conseguirlo?

Tendría respuestas diferentes según el personaje que pusiera al lado.

En mi caso, he tenido una fortuna y es que mi vocación y ese deseo han estado siempre relacionados con la literatura, con la escritura y, evidentemente, con la lectura. Pero cada vez tengo más claro que aunque, sea algo importante en mi vida, no es esencial.

Hay cuestiones prioritarias. Conforme cumplo años tiendo a tener un sentido más práctico de la vida y, en ese sentido, el papel del sueño se vuelve quizá cada vez menos central.

El título habla de "todos" los pecados pero sólo de "la mitad" del dolor. ¿Qué hay en ese desequilibrio entre la culpa por aquello que hemos hecho y el sufrimiento por lo que nos ha ocurrido o no hemos podido alcanzar?

El verso del que procede el título pertenece a un poema de Lord Byron que centra la carrera del catedrático. Aparece en un momento muy determinado: la confesión de El infiel.

Me gustaba mucho tomar esa frase precisamente de ese momento porque es cuando, de una manera muy descarnada, el infiel confiesa eso: todos los pecados, todo el daño que ha hecho a los demás —un daño moral, pero también de otro tipo— y una buena parte de su dolor.

Es decir: me he portado mal, pero yo también he llevado lo mío conmigo. No sé si como penitencia o como una mancha que va a acompañarme en todo momento.

Tiene inevitablemente que ver con el catedrático, que es, no sé si decir el gran "dañador" —ni siquiera sé si existe la palabra—, pero sí quien está sometiendo a los demás durante toda la novela.

Aunque, si te fijas, todos los personajes no sólo son sometidos: también tienen a alguien a quien someten. Todos los personajes tienen un dolor, pero también tienen unos pecados.

La novela atraviesa el Prestige, las protestas contra la guerra de Irak, el 11-M y el cambio de Gobierno. ¿Por qué necesitabas situar a los personajes precisamente en un país en el que estaban latiendo tantas cosas a la vez?

Cuando escribo siempre me interesa que, además de una historia, se esté contando de alguna manera la Historia.

Las maravillas atravesaban prácticamente 40 años, desde 1969 hasta 2018, y aquí se trata de un momento mucho más concentrado. Me parecía que ese periodo hablaba precisamente de ese cambio de mentalidad y de sensibilidad.

Me interesa contar la Historia no desde los personajes más evidentes. No quiero contar el año desde el punto de vista de alguien que estuvo manifestándose, cubriendo las manifestaciones, en Galicia o en Madrid.

Más bien lo quiero hacer desde las peripecias y las vidas de un grupo que está en una ciudad de provincias prácticamente olvidada por todo el mundo, de la que parece que no se puede salir pero en la que tampoco nadie quiere entrar, y que, sin embargo, ve cómo el mundo cambia.

Publicaste Mi primer bikini siendo muy joven. Cuando vuelves ahora a esos poemas, ¿reconoces algo de aquella Elena en la escritora que eres hoy?

Sí. Yo tenía 16 cuando lo publiqué y hay poemas escritos con 13, es decir, hace ya casi 30 años. Para mí, la persona que los redactaba es totalmente distinta a quien puedo ser hoy con 41.

Pero es muy significativo que, cuando tengo que releer esos versos —por ejemplo, porque voy a un instituto y al alumnado le resulta muy curioso escuchar poemas escritos por alguien que tenía su edad—, me llama la atención cómo algunos de los temas que me interesan ahora ya estaban allí asomando de manera muy inconsciente.

Pero pienso, por ejemplo, en la presencia del cuerpo; también en una especie de lenguaje femenino, de reflexión sobre el mundo de las mujeres, sobre un lenguaje propio, unos códigos propios… Eso ya estaba en aquellos poemas y me asombra bastante.

En esta novela tienen mucho peso el entusiasmo y la necesidad de reconocimiento. ¿Ha cambiado con los años tu propia relación con la ambición?

Con los años me vuelvo cada vez más práctica. Ahora tengo un objetivo fundamental: cuando me enfrento a un libro nuevo quiero que este guarde el mayor parecido posible con el que he imaginado o pensado.

Deseo que el resultado final tenga que ver, en la forma, en lo que se dice, en el lenguaje y, en el caso de las novelas, en el dibujo de los personajes o en la trama, con aquello que había imaginado. Que no se desvíe demasiado o, si lo hace, que sea porque he encontrado caminos mucho más apetecibles y sugerentes.

No sé si escribir el mejor libro posible, pero sí conseguir que lo que escribo se parezca lo máximo posible a lo que soñé.

Elena Medel regresa a la España de 2003 y 2004 para examinar un poder masculino que parecía intocable y unas desigualdades que todavía condicionan nuestras vidas.

Elena Medel regresa a la España de 2003 y 2004 para examinar un poder masculino que parecía intocable y unas desigualdades que todavía condicionan nuestras vidas. Laura C. Vela

¿Cómo recuerdas tus propios años de universidad?

Para mí tuvieron bastante de trámite. Quizá por eso he escrito esta novela: porque no estaba demasiado implicada.

A diferencia de algunas amigas que sí continuaron la carrera académica, hicieron sus tesis y trabajan en la universidad —de hecho, muchas de las cuestiones que aparecen en el libro están tomadas de sus testimonios—, yo ya tenía en ese momento otra vida que me llamaba mucho más. Ya estaba escribiendo.

Por eso la universidad tuvo para mí algo casi de burocrático. No tengo unos recuerdos especialmente intensos ni de aprendizaje, y me habría encantado tenerlos.

Llevas escribiendo prácticamente desde que tienes memoria. ¿Qué sería Elena Medel sin escritura?

No lo sé, porque no conozco una vida sin escribir.

Con los años me di cuenta de que me habría gustado estudiar Historia del Arte y hace unos cursos me matriculé. Voy estudiando con mucha calma, por gusto y por disfrute, porque es algo que me apasiona. Quizá haría algo relacionado con eso.

Y leer, por supuesto. Puedo estar sin escribir, pero estar sin leer me cuesta bastante más.

O haría algo relacionado con la curiosidad. Me gusta aprender, investigar y tener de repente un montón de datos almacenados que aparentemente no sirven para nada, pero que luego salen a flote en una conversación. Y siempre quiero compartirlos.

Para terminar, ¿cuál dirías que es tu mejor emoción y cuál la peor?

Es complicado hablar de una misma. Casi tendría que abrir una llamada y empezar a hacer algunas consultas.

Creo que intento comprender lo que les sucede a los demás. No te hablo exactamente de empatía, pero sí de que, en situaciones extremas o complejas, intento entender por qué una persona se está comportando de determinada manera. Siempre pienso que hay algo que yo no sé y que puede justificarlo, aunque muchas veces no lo haya.

Y lo peor… te diría que la capacidad de recordar. Recuerdo más cosas de las que quisiera y demasiado a menudo cosas que no quisiera.

No hablo exactamente de rencor, sino de temas que muchas veces merece la pena dejar atrás porque han hecho daño y, sin embargo, siguen ahí. Hay una frase que dice: "No te hagas sangre". Pues yo estoy todo el rato así.

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