La escritora y creadora de contenido.

La escritora y creadora de contenido. Cedida

Protagonistas

Noemí Navarro, de los Testigos de Jehová al éxito en redes visibilizando el autismo: "Viví la escasez desde los 12 años"

La escritora, que creció en esta organización y es madre de un niño con TEA, publica No sabes de dónde vengo.

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Publicada

Noemí Navarro es creadora de contenido con más de un millón de seguidores, fundadora de la plataforma 'MadreTEA' y una de las voces influyentes en el ámbito de la maternidad, el autismo y el estilo de vida en redes sociales. Además, ha escrito el libro No sabes de dónde vengo, donde cuenta una historia muy personal.

Creció dentro de los Testigos de Jehová, en un entorno donde la pertenencia, las normas y la identidad estaban marcadas desde el inicio. Su salida de esta organización no sólo supuso el abandono de una creencia, sino también una ruptura familiar y vital que la obligó a reconstruirse sin referencias claras.

Años después, la maternidad y el diagnóstico de su hijo abren nuevas formas de comprensión de su propia historia, a las que más tarde se suma su propio dictamen médico.

Su recorrido atraviesa la pérdida, la identidad y la reconstrucción constante, en un proceso en el que vivir se convierte, una y otra vez, en volver a empezar.

Has contado que en tu infancia fuiste feliz pero muy estructurada. ¿Cómo se construye la idea de normalidad cuando todo lo que te rodea está delimitado por reglas?

Al final entiendes que la vida es eso: lo que te han enseñado y donde te has criado. Lo que rige tu crianza está siempre dentro de una regla y una estructura, entonces piensas que el mundo es así.

Portada del libro de Noemí Navarro.

Portada del libro de Noemí Navarro. Cedida

¿En qué momento empiezas a notar que lo que tú quieres no coincide con lo que se espera de ti?

Esto surge cuando me incorporo al mundo laboral y empiezo a tener compañeros que no comparten mis creencias. Empiezan a hacerme determinadas preguntas o afirmaciones sobre mi vida, siempre desde el respeto, que me hacen cuestionarme y darme cuenta de que algo está pasando y de que no me está cuadrando.

¿Cómo era la vida dentro de los Testigos de Jehová?

Para mí era cómoda. Cuando sabes qué se espera de ti y todo está muy delimitado, no existe mucho margen de maniobra, pero también es un espacio muy confortable y de mucha seguridad, al menos en mi caso.

La vida de un testigo de Jehová no dista mucho de cualquier otra, con la diferencia de que tu proyección y tu objetivo siempre es servir a Dios, seguir sus normas, ir a las reuniones y dedicar tu vida a eso. Tu propia identidad y tu propia opinión, lo que tú creas sobre las cosas, en realidad no tiene valor.

¿Qué aprendiste de tus padres en ese contexto y qué has tenido que desaprender?

Eran muy jóvenes, tenían 16 años cuando yo nací, así que yo he crecido con ellos. Han estado muy presentes en mi infancia, y es algo que intento mantener también con mis hijos.

Siempre han velado por estar con nosotras, ha habido una sensación constante de familia unida. Sin ningún tipo de apariencia, era un sentimiento real y nosotros hemos crecido ahí.

Y lo que he tenido que desaprender creo que es la propia salida de allí. Mis padres pensaban que estaban haciendo lo correcto, que estaban criando a sus hijas en un lugar donde se respiraba amor.

Lo que pasa es que hay una letra pequeña con la que no cuentan, y cuando intentas tomar tus propias decisiones sigue rigiendo esa idea de que todo tiene que ir conforme a lo que dice la Biblia.

Eso es algo que he tenido que desaprender para tomar mis propias decisiones y desarrollar mi propio criterio. Es algo que cuesta mucho, porque cuando yo salí ya tenía 26 años, y es más difícil.

Pero, con el tiempo, te das cuenta de que cuando coges las riendas, las cosas pueden salir bien o mal, pero la responsabilidad es tuya. Y creo que hay un sentido de mayor plenitud en eso, en lo que tiene que ver con la vida.

Noemi Navarro es fundadora de la plataforma MadreTEA.

Noemi Navarro es fundadora de la plataforma MadreTEA. Cedida

¿Tu salida fue una decisión personal o algo que se fue construyendo con el tiempo? ¿Qué te llevó finalmente a dar el paso?

No fue algo inmediato. Cuando me fui tuve dos salidas. Me casé muy joven, con 19, porque no te obligan a contraer matrimonio pronto, pero no se ven bien los noviazgos largos. Yo tenía novio desde hacía año y medio y ya se consideraba que eso podía llevar a situaciones de pecado.

Entonces me caso. Y más adelante, cuando empieza lo del trabajo y los compañeros, empiezo a tener otro criterio. Me separo y vuelvo a casa de mis padres.

Antes de casarme hubo cierta intimidad con mi pareja. En ese momento yo pensaba: "Como va a ser mi marido toda la vida, eso se queda ahí". Pero no es así.

Dentro de ese contexto te hacen sentir que todo tiene un peso moral constante, que incluso la conciencia y Dios lo ven todo. Yo lo confesé después de separarme y me quedé tranquila. Eso me llevó directamente a la expulsión.

A mí me echan, pero a mi marido no, pese a que el 'pecado' fue el mismo. Entonces, a mis padres les instan a dejar de hablarme y a que me vaya de casa, porque yo ya tenía trabajo y tenía que buscarme la vida. Yo me fui.

Pero el problema llega después, cuando les empiezo a echar mucho de menos. Mi madre lo pasó muy mal, porque sí quería mantener el contacto. Y yo me sentía muy culpable por toda esa situación y decidí volver.

¿Pero se puede hacer eso?

Existe un proceso que llaman readmisión, que muestra tu arrepentimiento. Y, probablemente, sea el proceso más humillante que he vivido en mi vida en relación con nada. Tienes que ir a todas las reuniones sin que nadie te hable, sin que nadie te mire a la cara, gente con la que te has criado, con la que has compartido tu vida.

Al final no conoces a nadie más, porque dentro de la comunidad se recomienda relacionarte sólo con Testigos.

Yo estuve así dos años hasta que me readmitieron. Y cuando ocurrió, recuerdo que dije: "No voy a volver a pasar por esto nunca más".

A partir de ahí empecé a llevar una doble vida de cara a mi familia. Era cristiana en el sentido de que no estaba cometiendo ningún pecado según sus normas, pero luego en mi rutina hacía y decidía lo que quería. Ya vivía fuera de casa, así que pensé: "Mientras no tenga que dar explicaciones y mantenga mi lado familiar en paz, está todo bien".

Y ahí es cuando ya nunca más volví. No he vuelto a pisar una reunión ni a predicar. No sé muy bien qué soy para ellos ahora; hace 14 años que me readmitieron. Probablemente esté considerada inactiva, aunque nunca nadie me lo ha dicho. Pero así es como he salido.

En el momento en que esto se supiera, ¿la expulsión sería inmediata?

Bueno, yo también tengo un perfil muy público, así que no es difícil saber qué es lo que hago o lo que voy a hacer.

¿Y tu hermana?

Ella salió. De hecho, salimos casi las tres a la vez: yo primero y, poco después, ella. Mi hermana también tuvo que enfrentarse a un comité judicial bastante humillante. Después de eso, mis padres se separaron, mi madre no aguantó la presión y también abandonó los Testigos.

¿Y él?

Mi padre no. Fue el único que se quedó dentro.

¿Qué ha sido lo más difícil de gestionar en tu vida actual?

Cuando salí de allí, sales como un perro apaleado, sin querer mirar atrás. Es un David contra Goliat: tú eres muy pequeña frente a una organización muy grande. En aquel momento no existían las redes como ahora, que dan mucha más visibilidad.

Yo salí con la idea de no volver a hablar de ello. Empecé en plataformas, pero sin contar nada; era una parte de mi vida que tenía cerrada.

Pero, con el tiempo, a raíz de la exposición pública y del juicio de los Testigos contra la asociación de víctimas, mi hermana se posicionó públicamente en su defensa. Como las dos éramos conocidas, la gente empezó a preguntarme, y acabé sintiendo que también era mi historia y que debía contarlo.

Con el tiempo, hablarlo me ha ayudado. He entendido que todo aquello forma parte de quién soy hoy: lo vivido, lo aprendido y lo desaprendido. Y eso me ha dado cierta sensación de plenitud.

Porque con tu padre no puedes hablar.

El que no puede hablarme es él, ni con sus hijas, ni con sus nietos, ni con su familia. Y no lo intenta, porque para mi padre Dios lo ve todo y perdería su recompensa, que es el paraíso que le prometen.

Es una lógica muy dura. Según ellos, ese comportamiento es amoroso. Es la "vara de la disciplina". Cuanto más fuerte es su fe y más sufrimiento implica ir en contra de ese vínculo natural con sus hijos, más se considera que se está ganando el premio. Es muy difícil de romper, porque lo que se les promete es la vida eterna.

¿Cómo te has abierto al mundo exterior? ¿A través de la universidad, del trabajo o de la maternidad?

Fue muy poco a poco. Cuando sales de los Testigos de Jehová, lo que te han enseñado es que el mundo es un lugar muy peligroso. "El mundo" y "los mundanos" —como se dice en sus publicaciones— son quienes no comparten la fe. Se perciben como personas que pueden engañarte, mentirte o hacerte daño, porque todo está gobernado por Satanás.

Sales con miedo y mucha reticencia. Has crecido en una burbuja. Yo fui conociendo gente muy poco a poco, casi siempre a través del trabajo o de actividades a las que me apuntaba.

También mis parejas me fueron acercando a otros entornos. Y ahí te das cuenta de que hay gente maravillosa, que te cuida y te trata como si fueras familia. Eso es lo que te va abriendo.

Hace unos 10 años decidiste abrir un perfil en redes. ¿En ese momento sentiste que estabas preparada para ser vista públicamente?

En realidad fue más una necesidad. Yo estaba embarazada y no tenía a nadie cerca en esa situación. Empecé a seguir a otras mujeres que compartían su embarazo, sus semanas, su experiencia, y eso me hacía sentir acompañada.

Cuando nació mi hijo, pensé que yo también podía contar mi maternidad, como una especie de diario. Empecé por ahí, sin ninguna intención de profesionalizar ni de que fuera mi trabajo. Jamás imaginé que acabaría siendo así. De hecho, si lo hubiera sabido, probablemente habría empezado antes.

El diagnóstico de tu hijo marcó un antes y un después en tu vida. ¿Qué cambia en ti cuando pasas de interpretar su comportamiento a entenderlo?

Fue algo revelador. Siempre digo que la primera persona autista que conocí fue mi hijo, y al principio no me encajaba con el imaginario que yo tenía del autismo.

Él era un niño feliz, independiente, y no encajaba con esas ideas previas. Fueron los profesionales de la escuela infantil quienes empezaron a señalarlo.

Con Mateo he aprendido que cada persona tiene su propio ritmo de aprendizaje, y que eso es válido en todos los casos. Cada uno procesa, entiende y se expresa de manera distinta.

Para mí fue un antes y un después porque empecé a vivir la maternidad con mucha incertidumbre. Yo venía de una idea muy concreta de crianza, y de repente me encuentro con un niño que no encaja en esos modelos. Eso me obligó a reformular todo.

Él me ha enseñado que la vida puede ser bonita, aunque no sea como la habías imaginado. Celebramos logros pequeños que para otras familias son cotidianos, y para nosotros enormes. Tener un hijo con necesidades especiales hace que relativices mucho y que tus prioridades cambien.

¿Recibir un diagnóstico de autismo en la edad adulta implica reinterpretar tu propia biografía?

Sí. Si ya me sorprendió mi hijo, conmigo fue aún más fuerte. Cuando me diagnosticaron en 2021 no era algo tan habitual en mujeres, pero yo tenía referencias que me resonaban. Decidí observar con calma, entender el proceso sin prejuicios. Y al final llegó el diagnóstico.

A mí me ha servido para dejar de exigirme y juzgarme tanto. También ayuda a quienes me rodean a entender mejor mi forma de ser y evitar malinterpretaciones. Durante años se podría pensar que era demasiado independiente, que iba a mi aire o incluso que era egoísta, pero no es eso.

Es que mi forma de procesar las cosas es distinta: me enfoco mucho, entro en hiperfoco y me cuesta ver otras cosas alrededor. Ha sido un punto de inflexión. No significa que no me siga exigiendo, pero sí que lo hago con mucha menos dureza.

Navarro ha encontrado en las redes un camino para visibilizar el autismo.

Navarro ha encontrado en las redes un camino para visibilizar el autismo. Cedida

Cuando eliges el título No sabes de dónde vengo, no sólo hablas de ti, sino también de cómo se tiende a juzgar a las personas.

No sabes qué mochila lleva cada uno. Es la mejor forma de explicarlo: no me juzgues si no sabes de dónde vengo. Tengo una profesión muy visible, muy aspiracional, y eso puede dar una imagen distorsionada, como si todo hubiera sido fácil o de cuna.

Pero vengo del barro. He vivido en la escasez desde los 12 años.

Mis padres no tenían nada. Me he vestido toda la vida con ropa donada. Mi madre hacía malabares para llegar a fin de mes y cuidarnos, sin ningún tipo de apoyo familiar: siempre hemos estado ella y yo. Vivíamos con el sueldo de mi padre, que era bastante limitado.

Al final te das cuenta de que la sociedad prejuzga por lo que ve, pero no conoce lo que hay detrás. Y eso también influye en cómo te tomas las cosas o cómo te comunicas.

Para mí, este libro también es una carta a mis hijos, para cuando sean mayores. Ellos tienen una vida cómoda, y mis esfuerzos están dirigidos a que sus recuerdos sean bonitos.

Me ha encantado el proceso de escritura porque refleja muy bien nuestras raíces y de dónde venimos.

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