La presentadora Verónica Sanz.

La presentadora Verónica Sanz. Javier Ocaña

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Verónica Sanz, de La Sexta a las librerías con 'Gente bien': "Si hay un exceso de apariencia es porque no hay legado"

La periodista debuta con su primera novela sobre el privilegio, el poder y las contradicciones.

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Verónica Sanz es periodista y presentadora de televisión. A lo largo de más de dos décadas de trayectoria, ha trabajado en distintos medios y formatos de actualidad, y se ha convertido en uno de los rostros más reconocibles de La Sexta.

Ahora debuta en la ficción con Gente bien (Planeta), una novela que sigue los pasos de cuatro mujeres de la élite, cuyas vidas aparentemente perfectas empiezan a resquebrajarse.

A través de ellas, explora cuestiones como el privilegio, las apariencias, la maternidad, el poder y las contradicciones de quienes viven obsesionados por mantener una imagen impecable.

La escritora, con su primer libro, 'Gente bien'.

La escritora, con su primer libro, 'Gente bien'. Javier Ocaña

¿Cómo definirías Gente bien?

Es una historia de cuatro mujeres que viven en la élite y cuyas vidas parecen perfectas. Un suceso vinculado a la impunidad con la que a veces se opera en esos entornos desbarata sus vidas.

Me interesan especialmente las decisiones que tienen que tomar para preservar su status quo o no hacerlo.

¿Qué nos hace identificar a alguien como 'gente bien'?

Primero hay un asunto de apariencia. Es el primer juicio que hacemos cuando conocemos a una persona. Muchas veces eso nos da pistas de cuánto hay invertido en el peinado o el accesorio que lleva.

Cuando un bolso cuesta 20.000 euros, esa persona te está dando un mensaje muy potente. En economía se llama coste de oportunidad: cuánto has dejado de gastarte en otras cosas para llevar esa pieza.

Ese tipo de decisiones marcan un nivel de vida.

Y luego están los diferentes personajes: las hay que han nacido con ello y no le dan tanta importancia. Y las que están buscando desesperadamente tener ese estatus.

Luego ya tienes que descubrir qué tipo de gente bien es.

¿Por qué el aspecto externo sigue teniendo tanto peso?

A una persona la definen mucho más sus actos. Pero el camino que te lleva a conocer lo que hace, su historia o sus valores es mucho más largo que el juicio basado solamente en lo exterior.

Creo que hay mucha gente que quiere llevar una especie de pasaporte de imagen, de estatus grabado en la piel, que explique quién es sin necesidad de contar las otras cosas que, a mi juicio, son las interesantes.

A veces me pregunto si esas historias existen.

¿Qué tipo de presión genera estar constantemente expuesto a la evaluación de los demás?

Es un martillo pilón para la mente o la moral de una persona. Lo ideal es poder vacunarse un poco contra esa valoración que siempre te van a hacer.

Y más en la era digital y de las redes sociales, donde cualquiera puede opinar, incluso desde el anonimato.

La gente que trabajamos en medios estamos más expuestos a esa crítica, pero el fenómeno va mucho más allá. Hay ciertos entornos en los que siempre tienes que parecer.

¿Qué desgaste genera vivir en un entorno donde el error no desaparece, sólo se oculta mejor?

Es mucha presión, pero nos equivocamos todos los días.

Cuando formo a portavoces, una de las primeras cosas que les digo es que nos vamos a equivocar. Incluso les pongo un vídeo de doña Letizia cometiendo un pequeño fallo, corrigiéndose y siguiendo adelante.

Así es como hay que fallar.

Con el error hay que convivir. Hay que trabajar para minimizarlo, pero también entender que somos humanos. Un tropiezo o un olvido son comprensibles; lo importante es la honestidad.

¿Qué grietas intentamos ocultar cuando nos esforzamos por representar una imagen de éxito o relevancia?

Precisamente nuestras carencias. La ausencia de legado que podemos dejar sobre la tierra.

Yo creo que, si nos dieran a elegir, todos escogeríamos haber sido Ramón y Cajal o Marie Curie, haber hecho algo importante por nuestros congéneres, haber descubierto algo. Pero eso requiere mucho trabajo y una mente que sólo algunos tienen.

Creo que cuanto más quieres aparentar que eres importante, relevante, que te van muy bien las cosas o que tienes mucho dinero, más probable es que detrás estés haciendo muy poco por los demás.

Fíjate en algunos de los empresarios más importantes de nuestro país. Dan empleo a decenas o centenares de miles de personas y apenas buscan protagonismo. No quieren tener una relevancia más allá de sus actos.

Por eso creo que cuando hay un exceso de apariencia es porque no hay legado.

La maternidad sigue estando rodeada de muchas expectativas. ¿Qué aspectos de esa experiencia siguen siendo difíciles de expresar abiertamente?

Yo creo que sí existe una exigencia alrededor de ella, de la percepción durante y después del embarazo.

Ninguna de nosotras está preparada para el tsunami vital que supone ser madre; parir, dar lactancia si es tu caso, y conseguir que tú y tu bebé salgáis adelante durante los primeros meses. Salir de pie de eso es muy difícil.

Además, es una experiencia que traspasa la clase social. Hay diferencias, claro: cuando tienes mucho dinero puedes pagar ayuda para cuidar a tus hijos. Pero muchas de las dificultades son comunes.

Y también hay mujeres para las que la maternidad no resulta tan realizadora como se supone que debería ser. Eso existe, aunque no siempre se verbalice.

¿Qué ocurre cuando lo íntimo —la familia, la crianza o la pareja— también se convierte en un espacio de rendimiento?

Hoy parece que si tus hijos no son los mejores, estás fracasando como padre o como madre. Y, además, tienes que hacerlo todo de una determinada manera: la crianza, la alimentación, el colegio, los deportes.

Se ha generado una especie de competición constante. El mejor centro educativo, el mejor rendimiento, la mejor forma de educar. Yo intento no participar en esa carrera y dejar que mis hijas hagan las cosas por sí mismas.

A veces me pregunto si estamos formando mejores niños o niños menos preparados para desenvolverse solos en la vida.

Ese ideal de hacerlo todo bien parece haberse convertido en una forma de presión permanente.

Exacto. Parece que hay normas para todo: para la alimentación, para la forma de hablar a los hijos, para las actividades que hacen...

Pero luego los niños tampoco son tan fáciles de domar. Afortunadamente.

La novela avanza hacia una ruptura que parece inevitable. ¿El conflicto es el centro de la historia o la consecuencia de una tensión previa?

El conflicto está desde el inicio. Lo que ocurre es que los personajes todavía no lo conocen.

La tensión ya existe porque hay una cuerda que se ha ido tensando a base de impunidad. Un personaje hace lo que le parece y nunca encuentra consecuencias. Cada vez da un paso más porque en su entorno todos hacen lo mismo.

Como lector, percibes que esa tensión está ahí y que en algún momento todo puede estallar. Y eso es precisamente lo que ocurre.

¿Somos hoy más conscientes de las desigualdades o simplemente hemos aprendido a convivir con ellas?

Yo creo que somos más conscientes. Y hay un eje que ayuda mucho a entenderlas: la vivienda.

Tener la posibilidad o no de acceder a una casa, vivir solo o tener que compartir piso lejos de tu trabajo, es una forma muy visible de desigualdad y una de las que más vulnerabilidad genera.

Una persona puede querer cambiar y no hacerlo porque no puede asumir el coste de un piso por sí sola. Creo que hoy ese es uno de los principales ejes de esa falta de equidad.

¿La ambición femenina sigue estando más vigilada o cuestionada que la masculina?

Ya el hecho de que le pongamos el adjetivo "femenina" la separa, cuando en realidad la ambición es algo humano.

Estamos tan acostumbrados a que las figuras de liderazgo y poder sean hombres, que asumimos que la ambición les pertenece más a ellos. Pero no es así. Las mujeres también ambicionan.

Por eso quería que mis personajes tuvieran la necesidad de construir algo propio, de dejar un legado, de alcanzar influencia o de conseguir independencia. Todo eso también es ambición.

¿Hay algo que hayas aprendido sobre liderazgo o poder en tu entorno profesional que luego hayas trasladado a la novela?

Sí. He tenido alrededor líderes muy distintos y eso me ha permitido observar diferentes formas de ejercer el poder: la autoritaria, la más emocional o cercana, y también la despiadada.

Todo eso me ha ayudado a construir personajes que ejercen su influencia de maneras muy distintas.

Al final, donde más he aprendido sobre las personas y sus dinámicas ha sido en el entorno profesional, porque es donde he encontrado una mayor variedad de perfiles y comportamientos.

Cuando se cae la ficción de la vida perfecta, ¿qué es lo primero que descubrimos: quiénes somos o hasta qué punto estábamos dispuestos a sostener la mentira?

Descubrir quiénes somos lleva mucho tiempo. Lo primero que aparece es el vacío que queda y el precio que tenía sostener esa imagen.

Ese trabajo de conocerse a uno mismo es algo que mis protagonistas ni siquiera han empezado a hacer. Están todavía atrapadas en otras preocupaciones.

Y creo que ahí está el reverso de lo que cuenta la novela: detrás de la búsqueda constante de la apariencia suele esconderse una falta de legado, de hacer cosas por los demás.

Porque los valores no se demuestran con gestos de cara a la galería, sino en cómo tratas a las personas que tienes alrededor.

¿Y qué te llevó a escribir Gente bien?

Mi pulsión nace de haber leído muchísimo desde muy pequeña.

Con el tiempo, a esa pasión por la lectura se sumó mi profesión. Un periodista es curioso, observador y narrador. A lo largo de los años vas acumulando historias que no aparecen en los titulares, pero que te acompañan.

Y llega un momento en que sientes la necesidad de contarlas.

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