Retrato de la escritora.

Retrato de la escritora. Rubén Digilio Cedida

Protagonistas

Agustina Bazterrica, autora: "En EEUU me preguntaron cómo escribir sobre temas fuertes sin que te prohíban el libro"

La escritora defiende una literatura incómoda e intuitiva que expone la violencia estructural y los mandatos de género sin concesiones al mercado.

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Rosa Sánchez de la Vega
Publicada

Agustina Bazterrica, reconocida escritora argentina y autora de Cadáver exquisito (Alfaguara, 2018), regresa con Diecinueve garras y un pájaro oscuro (Alfaguara, 2026), una colección de cuentos donde la violencia y la oscuridad se filtran en lo cotidiano.

Con crudeza y sensibilidad, lleva al lector a confrontar lo inquietante que suele permanecer oculto, confirmando su lugar como una de las voces más potentes de la literatura contemporánea en español.

La autora escribe y habla sin anestesia. En sus cuentos y en su mirada del mundo, la violencia estructural, los mandatos de género, la depredación del sistema y los retrocesos políticos atraviesan ficción y realidad.

Defiende una literatura que no consuela ni obedece al mercado, y que asume el riesgo de decirlo todo, incluso cuando molesta o puede ser prohibida.

El título resulta inquietante, casi corporal. Da la sensación de estar tocando algo incómodo, aunque no siempre explícito. ¿Te interesa más mostrar el horror o insinuar?

Me interesa mucho más insinuar que explicarlo. En mis libros —sobre todo en los últimos, como Las indignas (Alfaguara, 2023)— trabajo conscientemente desde la sugerencia, no desde la información directa. Prefiero mostrar escenas antes que decirle al lector qué está pasando.

También me interesa la paradoja y el silencio. Muchas veces este último es más importante que lo que se dice. No trabajo solo con la trama: busco ir más allá.

Sueles partir de escenas cotidianas, casi normales, que luego se van deformando lentamente. ¿Cómo decides el momento en que la sutileza deja de bastar y es necesario adentrarse en lo más oscuro?

Lo que puedo responder de manera consciente es limitado, porque muchas veces la escritura es intuitiva, incluso irracional. No siempre se sabe de dónde surgen las cosas. Un ejemplo es Infierno, un cuento breve del libro, donde tres ancianas encierran a un pájaro en una jaula y lo torturan.

Ahí el registro es clave: el título y el lenguaje están llevados al extremo del artificio. Cuando lo escribí no entendía de dónde había salido; después comprendí que venía de una experiencia personal. Estudié Historia del Arte en la Universidad de Buenos Aires y una profesora me reprobó dos veces; en la tercera instancia lo conseguí, pero intervinieron tres docentes. Esas tres ancianas. El pájaro soy yo.

Tomé una situación cotidiana —que fue muy dura para mí— y la transformé en literatura. Por eso muchas veces no hay una decisión consciente sobre cuándo se cruza la frontera: aparece en lo cotidiano, en lo que se normaliza.

Vivimos rodeados de situaciones extremas que se vuelven habituales: la violencia contra mujeres y niños, los femicidios, los casos que se repiten en distintos países, como lo ocurrido en Italia, Alemania o Francia con Gisèle Pelicot. Es algo global.

Aunque viva en una situación privilegiada, como mujer sé que me puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Yo trabajo con eso. Por eso hay quienes leen mis cuentos como fantásticos, pero no lo son: todo lo que narro podría pasar.

Bazterrica acaba de publicar 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro' (Alfaguara, 2026).

Bazterrica acaba de publicar 'Diecinueve garras y un pájaro oscuro' (Alfaguara, 2026). Alejandra López Cedida

¿Cómo trabajas esa transformación de lo cotidiano en algo extremo?

A veces me preguntan por qué hago terror, pero no trabajo en un género en particular; creo que uso géneros hibridados. En Estados Unidos, al considerarse horror, muchos encasillaron mi obra en esa categoría, pero no me identifico con ella.

¿Por qué escribo sobre violencia u oscuridad? Creo que tiene que ver con que vivimos atravesados por sistemas violentos: el capitalismo, el patriarcado y los mandatos que de ahí derivan, como la violencia estética.

Por ejemplo, en Argentina se espera que las mujeres seamos eternamente jóvenes, delgadas y bellas; es una locura. Me interesa entender por qué el ser humano es capaz de llevar a cabo agresiones extremas y de justificarlas.

También sabemos que somos capaces de cosas maravillosas, pero lo que predomina hoy es una actitud de depredación: del otro, de la naturaleza, de los animales, en lugar de conexión o abundancia.

En esa lógica que atraviesa el sistema, ¿cómo operan los mandatos de género, tanto en las mujeres como en los hombres?

Lo perverso es que todos somos víctimas. Los varones también están obligados a cumplir ciertos mandatos —el modelo del macho alfa, la violencia— y el sistema no les permite explorar otras formas de vincularse o de estar en el mundo.

Lo vi claramente en un viaje: me senté al lado de un hombre que cuidaba de su hija mientras su mujer trabajaba. Durante toda la conversación sentí que tenía que justificarse.

Incluso quienes intentan hacerlo bien, quienes quieren ser justos, muchas veces no lo logran del todo: el que se queda en casa cuidando a los hijos puede mentirle a la mujer para tener un tiempo para él solo.

Creo que todo esto responde a una estructura cultural profunda que está empezando a transformarse, pero de forma muy lenta.

Los cambios en la equidad de género parecen avanzar muy lentamente y a veces incluso retroceden. ¿Cómo lo percibís en Argentina y en el mundo?

En Argentina hay un retroceso misógino evidente, sobre todo con un presidente que es un misógino declarado y no tiene ningún problema en insultar a mujeres y feministas. Es un paso atrás enorme.

El mundo no avanza en línea recta hacia la equidad; no es así. Hemos logrado cosas: hay países donde las mujeres podemos votar, ser presidentas, manejar nuestro dinero, ocupar espacios de poder. Pero en otros lugares eso se pierde, como en Afganistán.

Para mí es como un péndulo: se consiguen avances, luego hay retrocesos y resistencia, y así vamos avanzando, con suerte. A veces los retrocesos son totales.

Retrato de la reconocida escritora argentina.

Retrato de la reconocida escritora argentina. Denise Giovaneli Cedida

¿Cómo es vivir en un país con un presidente como el que acabas de describir?

Mira, al principio estaba muy enojada, muy indignada porque ganó. No voy a entrar en cómo llegó a ser presidente una persona que no tiene carrera política, sino que habla con el perro muerto y está medicado.

Pero, al analizarlo, entendí que la responsabilidad también recae en los anteriores: Cristina Fernández, Mauricio Macri, Alberto Fernández… donde la gente se hartó, no quería repetir lo mismo, y no había candidatos fuertes y votables.

Por ejemplo, yo hubiera votado a la izquierda, a Myriam Bregman, que me parece que dio todo lo que piensa, pero no tenía el apoyo general.

Esta persona, que empezó siendo un meme, alguien que la gente se reía de él y que salía en la televisión gritando, terminó siendo presidente. También tiene que ver con que la gente vota con el bolsillo.

No importan las barbaridades que diga, ni los escándalos de corrupción o estafas que se han descubierto, la gente lo volvió a votar. Hay miedo a volver a las crisis anteriores, como la de 2001, que se llevó muchas vidas. Gente que se suicidó, que se murió. Fue una catástrofe.

Pero vivimos en crisis... Yo no puedo estar de acuerdo con alguien así. Además, me parece una copia trucha de Trump. Sigue los mismos pasos que Trump, es tremendo.

No quiere a su país; si pudiera, lo vendería todo. Yo amo a Argentina, con todos sus problemas, y no puedo estar de acuerdo con él. Pero entiendo por qué está ahí.

¿Crees que a la literatura se le exige cada vez más una función moral o política?

Puede haber quienes lo exijan y escritores que lo tomen así. Por ejemplo, en Estados Unidos me preguntaron cómo escribir sobre temas fuertes sin que te prohíban el libro. Siempre respondo: hay que escribir sobre lo que sea, llegando hasta el fondo. Lo único que me importa es si funciona o no.

No creo que la literatura deba tener una función capitalista; me parece vital para la esencia humana, porque nos permite reflexionar, conectarnos con personas que vivieron hace 200 años o que piensan distinto a nosotros, y así ampliar nuestro mundo interno.

Por eso en dictaduras se prohíben libros: cuanto más limitadas están las mentes del pueblo, más fácil es controlarlas, especialmente hoy con información fragmentada, fake news y la confusión sobre lo real. Para mí, la literatura es un refugio.

No me interesa la literatura que impone un mensaje moral; sí la que me hace reflexionar. Para mí escribir es una necesidad vital.

Cuando el mercado editorial se convierte en la necesidad de sacar un producto, para mí eso es un problema. Yo no escribo con contratos ya firmados: escribo lo que quiero y el tiempo que necesite.

Pasa mucho con los best sellers, que producen entretenimiento; no critico eso, pero no es lo que yo puedo leer, porque muchas veces se repiten o explican cosas innecesarias.

A mí me interesa explorar cosas diferentes. Por ejemplo, no imaginé que un libro sobre canibalismo se traduciría a 32 idiomas o ganaría el premio Clarín. Terminé la obra 10 días antes de presentarla, y podía haber fallado, porque es una historia dura: algunos lectores se marearon o se desmayaron.

Este año eres miembro del jurado de Alfaguara. ¿Ha cambiado tu mirada al pasar de autora a evaluadora?

Lo he sido en varios concursos y este es uno de los más importantes. Me lo tomo muy en serio: cuando reviso cuentos, hago un Excel y registro mi opinión de cada relato, página por página.

No me cambia la mirada por ser jurado; ser buen escritor primero requiere ser buen lector. Dar talleres de lectura y escritura me enseñó a leer con atención, anotando y analizando de dónde surge la magia de un libro. Eso se refleja en mi escritura: cada palabra, cada repetición tiene un significado; trabajo con la textura, el ritmo y el sonido del texto.

Soy muy exigente. En un concurso hay opiniones distintas, pero anoto todo lo que funciona y lo que no. Si un texto es inverosímil o está mal trabajado, incluso a nivel gramatical —por ejemplo, los signos de interrogación en español— me decepciona, porque muestra que no se trabajó con cuidado.

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