La taquígrafa atiende a Magas para hablar de su libro recientemente publicado por Plaza & Janes.

La taquígrafa atiende a Magas para hablar de su libro recientemente publicado por Plaza & Janes. Nieves Díaz

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La taquígrafa Ana Rivero pasó por siete presidentes: "Un buen político es hombre de Estado. Rufián o Sémper son ejemplos"

Por su mesa han transcurrido 50 años de democracia y hoy sus recuerdos forman parte de la memoria colectiva gracias a su libro autobiográfico.

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"No estaba destinada a transcribir la Historia de España. Tampoco a formar parte de ella". Así empieza Ana Rivero (Madrid, 1954) el prólogo de su autobiografía. Era una chica del barrio de Chueca a la que, como a tantas mujeres de su generación, la sociedad empujaba a "las labores del hogar y la crianza de los hijos", escribe. Ella no hizo ni una cosa ni la otra.

En su lugar, esta madrileña de manos veloces y memoria privilegiada aprendió taquigrafía, aprobó unas oposiciones y trabajó en el Congreso donde ha visto caer a Franco, nacer la Constitución del 78, los tiros del 23F y a dirigentes que han marcado las idas y venidas del Gobierno, de Adolfo Suárez a Pedro Sánchez. Le faltan páginas en el libro para hablar de todos.

Desde 1975, todo lo que ha sucedido en esta "santa casa", dice la coautora junto a Ana I. Gracia de Luz y taquígrafa (Plaza & Janes, 2025), lo ha atestiguado desde una mesa que hoy sigue resistiendo al paso del tiempo, pese a que haya quien dude de su vigencia en un siglo marcado por las retransmisiones en directo y la inteligencia artificial empleada para todo.

"No creo que se pierda nunca el oficio. Somos los notarios de los diputados; tenemos una visión de 360º de lo que pasa. Desarrollamos un instinto por el que, cuando hay follones, ya sabemos por dónde van a venir. Hay algunos que nos miran para que no se nos escape lo que están a punto de decir. Lo hacía mucho María Teresa Fernández de la Vega", cuenta.

Para comprender la relevancia de una figura como la de Rivero, quien con discreción ha presenciado algunos de los acontecimientos más importantes de nuestro pasado reciente —la jura de Felipe VI cuando sólo era Felipe, la de Juan Carlos I, 15 legislaturas, un golpe de Estado, una pandemia...— conviene comprender su propia, anónima e interesantísima, historia.

Ana Rivero atiende a esta revista desde la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados.

Ana Rivero atiende a esta revista desde la tribuna de prensa del Congreso de los Diputados. Nieves Díaz

Su vínculo con el oficio empezó con un castigo. "Cuando yo era jovencita estudiábamos para convertirnos en secretarias. Era la salida laboral más viable", recuerda. Eligió el bachillerato laboral: "Dábamos las asignaturas normales, que siempre me suspendían porque no me gustaban, pero luego tenía los idiomas, derecho, máquina... Y eso sí me encantaba".

Sin embargo, un suspenso en taquigrafía le cambió la vida. Su padre, quien también ejerció como tal y a quien ella confiesa especial cariño y admiración en su libro, "se puso hecho una furia. Me quedé sin veraneo, me cambió el método y a partir de ahí aprobé las oposiciones para auxiliar administrativo del Estado".

Pidió destino en Asuntos Exteriores para viajar y, con 18 años, tuvo que elegir entre Rusia y China. "En la primera hacía mucho frío. Yo quería irme a la segunda, vivir allí unos años, volver hablando chino y ser la reina del mambo", cuenta riéndose. Su familia le propuso antes una escala: Ginebra, como contratada, para mejorar el francés. Aceptó.

Sin embargo, cuando se abrieron plazas en el Cuerpo de Taquígrafos, el plan cambió. "Convocaron oposiciones en el Congreso y tenía el gusanillo", cuenta, así que se presentó. Y así acabó entrando en las Cortes a los 21 años, el 1 de mayo de 1975, "con Franco a punto de morir", dice. Ese día empezó medio siglo de oficio en la sede de la soberanía nacional.

En el libro recuerda cómo, en la primera jornada, los nervios le jugaron una mala pasada: al sentarse, la falda se le subió hasta las rodillas. A la salida del Salón de Plenos la frenó un aviso en el pasillo: "Señorita, esas no son formas de venir vestida al Parlamento". Ella respondió: "No volverá a ocurrir". Aquella reprimenda reflejaba bien el clima de la época.

A lo largo de 50 años ha desarrollado su labor desde un lugar privilegiado: la mesa de taquígrafos.

A lo largo de 50 años ha desarrollado su labor desde un lugar privilegiado: la mesa de taquígrafos. Nieves Díaz

Ese día hizo un pequeño censo mental que hoy utiliza para describir la foto de entonces. "En el hemiciclo veía cinco mujeres. Si me sumaba yo, eran seis. Y si contaba a Isabel la Católica, la escultura que preside el lado derecho del Salón de Plenos, siete", escribe. De todas ellas, sólo la reina de mármol y la taquígrafa repetirían durante las 15 legislaturas siguientes.

En el recuerdo de Rivero también hay pequeños gestos de ruptura. Evoca la vez en la que vio a una diputada bajar a la tribuna sin sujetador, a finales de los 70: Pilar Bravo, comunista, "una mujer inteligentísima y luchadora por los derechos de la mujer en educación", que intervino en vaqueros y con una blusa blanca. "Yo creo que lo hizo adrede, y me pareció muy bien", valora.

El golpe que no olvida

Seis años después de su entrada, el 23 de febrero de 1981, la historia se plantó en el mismo escenario a golpe de fusil. Rivero llevaba ya tiempo en la casa, conocía los rituales de los plenos y se preparaba para hacer un relevo más.

"Estaba en la puerta que rodea el hemiciclo, lo que nosotros llamamos la M‑30. Cogí mis cuartillas, miré el reloj que marca los turnos y fui hacia la puerta por donde entramos", recuerda. Al otro lado, un guardia civil armado le cortó el paso. "Me dijo que no podía seguir. Yo insistí, porque era mi turno. Entonces me explicó que había etarras en las tribunas", relata.

Se quedó fuera, en los pasillos, mientras los disparos resonaban dentro y algunos diputados eran sacados de sus escaños por la fuerza: "Estábamos horrorizados porque oímos que estaban almacenando papel encima de nuestra mesa y dijeron: 'Como se vaya la luz o hagan ustedes algo, prendemos todo esto'".

Rivero, que en lugar de huir de ahí prefería quedarse para tomar nota de lo que dijera la autoridad competente cuando llegase, tuvo "la impresión de ver mi vida pasar en un instante". Pensó incluso en la posibilidad de irse del país: "Yo había vivido la dictadura. Había corrido pidiendo derechos que hoy nos parecen normales. No quería volver atrás".

Rivero, con la mirada fija en los agujeros de bala que aún se conservan en el hemiciclo, recuerdos del 23F.

Rivero, con la mirada fija en los agujeros de bala que aún se conservan en el hemiciclo, recuerdos del 23F. Nieves Díaz

Aquel día, el que amenazó la Transición, aquel en el que tres entre un centenar de hombres no aceptaron tirarse al suelo, pasó. Y Rivero siguió tecleando. Hoy la taquígrafa continúa hablando de la democracia como una conquista reciente que no está garantizada: "Y por eso la gente joven tiene que saber cuál ha sido la trayectoria para llegar hasta hoy".

Preservar la democracia

Cuando se refiere a la alta política, Rivero baja las grandes palabras a espacios concretos. Uno de ellos ya no existe: el bar Chicote, en el lugar que hoy ocupa el vestíbulo de la Reina: "Allí se negociaba muchísimo. Cuando había un asunto controvertido, como las autonomías o la educación, se iban a tomar un café y al día siguiente estaba listo".

De ese proceso le quedó una idea que atribuye a Gregorio Peces‑Barba, presidente del Congreso —a su juicio, el mejor de quienes han ocupado el cargo— y uno de los padres de la Carta Magna: "Él solía decir que la Constitución tenía que dejar a todos un poco insatisfechos y que para eso cada uno tenía que ceder parcelas, desde Carrillo hasta Fraga”.

El contexto lo requería. Recuerda que, en aquellos años, "desayunábamos todos los días con un muerto de ETA" y que el Ejército seguía siendo, en gran medida, franquista. Desmontar eso no era tan sencillo". Sin la legalización del Partido Comunista, insiste, “no había democracia” y su presión “fue la justa para que le reconocieran”.

Entre sus grandes alegrías parlamentarias cita la entrada en la OTAN: "Pensé: los militares tienen un camino, que es la Unión Europea, y cuando compartan sus inquietudes con otros ejércitos las cosas cambiarán". No olvida la pirueta de Felipe González, que pasó del "no" en la oposición a defender el sí en un referéndum cuando ya gobernaba.

"Le salió bien y tuvo mucha suerte, porque los referéndums los carga el diablo", resume la taquígrafa de aquel momento en el que ganó la permanencia del país en la Alianza Atlántica, con el 56,85% de los votos válidos a favor.

La mesa de taquígrafos en la que ha trabajado casi toda una vida.

La mesa de taquígrafos en la que ha trabajado casi toda una vida. Nieves Díaz

Hoy, cuando Rivero escucha debates sobre una posible nueva Carta Magna, hace una distinción: "La Constitución no es una anciana, pero sí es una mujer madura que necesita un poquito de labial y de color. Tiene artículos mejorables, eso seguro. Pero ¿quién es el guapo que la toca? La cuestión es otra: si existe esa voluntad de ceder que hubo entonces. Yo creo que no".

De los pactos al espectáculo

A la taquígrafa, que ya disfruta de su jubilación y puede decir sin filtros todo lo que piensa —aunque es carismáticamente comedida en sus palabras—, nada le preocupa más que el deterioro del tono parlamentario. Sitúa el cambio hace aproximadamente una década. "En los últimos 10 años hay demasiado ruido, follón y faltas de respeto", resume.

Broncas ha habido siempre, subraya, pero la lógica ahora es distinta. "Las sesiones de control se han convertido en un plató de televisión. Los tiempos son muy cortos y muchos discursos se conciben para que funcionen como cortes en redes sociales, no para establecer un entendimiento con el diputado contrario", describe.

Para Rivero, la frase clave sigue siendo la que escuchó a Peces‑Barba. "El Parlamento sirve para convencer al adversario, no para machacarlo", cita. Y completa con su propia reflexión: "Si tratas al que se sienta enfrente como a un enemigo, lo primero que desaparece es el respeto. Dejas de escuchar. Y si nadie escucha, este sitio pierde su razón de ser".

"Para mí, el buen político es un hombre de Estado, capaz de anteponer el interés colectivo al del partido", explica. Y menciona algunos nombres propios, como el de Alfredo Pérez Rubalcaba, quien, reconoce mirando hacia los asientos de los socialistas, "en ese sentido, fue un hombre de Estado fenomenal".

La autora de 'Luz y taquigrafía', retratada en los pasillos del edificio.

La autora de 'Luz y taquigrafía', retratada en los pasillos del edificio. Nieves Díaz

El reverso lo ve a diario. "El político que de verdad trabaja, que se estudia los temas, suele ser poco bronco y tiene poca presencia mediática. El que grita y busca el titular sale más en los medios, pero eso no mejora la política".

En la conversación sobre buenos ejemplos también cita el de Gabriel Rufián. "Cuando llegó, muchos pensábamos: 'madre mía'. Sus intervenciones eran muy teatrales, como cuando empezaba a sacar cosas. Era un punkas. Ana Pastor le daba unas broncas...", recuerda entre risas. Hoy, en cambio, valora su trayectoria.

Y explica sobre el portavoz de ERC: "No tiene nada que ver con aquel diputado de la primera legislatura. En los últimos tiempos ha tenido gestos y discursos sensatos que conectan con lo que piensa mucha gente", dice, recordando el emotivo mensaje de apoyo que en noviembre lanzó al diputado popular Borja Sémper, actualmente en tratamiento de cáncer.

A este también le coloca en el grupo que encaja con su definición de buenos políticos y políticas. Valora su tono y su forma de estar en el hemiciclo, más centrada en la argumentación que en el grito. Para la taquígrafa, ambos muestran una forma de hacer política que no vive sólo del ruido y que, en la era del espectáculo, recuerda que el objetivo debe ser siempre convencer.

En 2026, Rivero afronta una nueva etapa pero lo hace llena de energía. Cuando se le pregunta si echa de menos el hemiciclo, no duda ni un segundo. "No", responde, con una sonrisa amplia. No hay gesto melancólico ni vértigo ante el vacío. Hay alivio y un poco de sorna. "Ya he estado aquí muchísimos años. Ahora me toca a mí", viene a decir.

Su plan ahora tiene poco de retiro. Durante dos décadas, a mediodía, en vez de comer, se iba a las aulas de idiomas del Congreso para aprender inglés, francés, alemán... La jubilación le ha devuelto ese tiempo sin relojes ni votaciones apretadas. Su idea es seguir estudiando y retomar la vieja vocación de viajar que la llevó a pedir destino en Exteriores con 18 años.