Émilie du Chatelet.

Émilie du Chatelet. Clara Moreno Gaspar.

Magas-Mujeres en la Historia

Émilie du Châtelet, la marquesa que tradujo a Newton, fue íntima de Voltaire y dio pie a la ciencia moderna

Mientras las aristócratas bailaban en Versalles, ella se dedicó a la física, las matemáticas y la filosofía.

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Juanita Pérez
Publicada

En el seno de una familia de la aristocracia francesa nace Gabrielle-Émilie Le Tonnelier. Su padre, el barón de Breteuil, consciente de la inteligencia excepcional de su hija, decide romper con las convenciones de la época y proporcionarle una educación que habitualmente sólo recibían los hombres.

A los 12 años, ya dominaba el latín, el italiano, el griego y el alemán; pero su verdadera pasión no estaba en las lenguas, sino en el aprendizaje de los astros y los números. Sin embargo, en la Francia del Rey Sol, una mujer con tales dotes era una anomalía que el mundo cortesano no sabía dónde encajar.

Unión de dos genios

Tras casarse con el marqués de Châtelet —un matrimonio de conveniencia que le otorgó la libertad necesaria para continuar con sus estudios—, su vida dio un giro definitivo al conocer a Voltaire.

El filósofo, perseguido por las autoridades francesas por sus escritos críticos, encontró refugio en el castillo de Cirey, propiedad del marido de Émilie. Allí, en la Lorena francesa, ambos crearon un oasis intelectual sin precedentes.

Dedicatoria de Voltaire a Émile en la primera edición de la tragedia 'Alzire'.

Dedicatoria de Voltaire a Émile en la primera edición de la tragedia 'Alzire'. Wiki Commons

Aquel no era un lugar de recreo, sino un laboratorio. Mientras el resto de la aristocracia se perdía en bailes de Versalles, Émilie y Voltaire transformaban la biblioteca en un centro de investigación física y química. Fue en este entorno donde ella comenzó su obra magna: la traducción y comentario de los Principia Mathematica de Isaac Newton.

Su aporte no fue una simple traducción; Le Tonnelier añadió comentarios científicos cruciales que facilitaron la comprensión del sistema newtoniano en Francia, demostrando una profundidad de análisis que incluso superaba, en ciertos aspectos teóricos, a sus contemporáneos varones.

La sombra de Newton

A pesar de que la historia la ha vinculado a menudo sólo con Voltaire tuvo autonomía intelectual. Émilie du Châtelet fue una de las primeras en intuir la noción de la energía cinética.

En 1740, se atrevió a cuestionar las ideas de Newton y Leibniz, defendiendo que la energía (que entonces llamaban "fuerza viva") dependía del cuadrado de la velocidad.

Su mente era tan incisiva que incluso participó en concursos de la Real Academia de las Ciencias de París de forma anónima —ya que ellas tenían prohibido el acceso— sobre la naturaleza del fuego.

Su ensayo fue publicado por la Academia, un logro inaudito para una mujer de su tiempo. Émilie entendía la física no como una abstracción, sino como la llave para comprender la creación y el orden del mundo.

Su vida tuvo un antes y un después por una urgencia febril. En 1748, a los 42 años, quedó embarazada tras un romance con el poeta Saint-Lambert. Consciente de que un parto a su edad era una sentencia de muerte casi segura en el siglo XVIII, emprendió una carrera desesperada contra el tiempo.

Trabajaba 18 horas al día para terminar su traducción de Newton antes del nacimiento de su hija, pero pocos días después de dar a luz a una niña, falleció debido a complicaciones en el parto, en septiembre de 1749.

En su lecho de muerte dejó terminada la obra que permitiría a Europa entrar definitivamente en la modernidad científica. Fue Voltaire quien se encargó de publicar su trabajo, escribiendo de ella que era "un gran hombre cuyo único defecto fue ser mujer".

Émilie du Châtelet no fue sólo una científica; fue una filósofa de la vida. En su discurso sobre la felicidad, defendió que el estudio y la adquisición de conocimientos eran la mayor fuente de placer para una mujer, pues era lo único que no dependía de los demás.

Reivindicó el derecho femenino a la educación superior y a la participación en el debate público con una firmeza que hoy nos resulta asombrosamente moderna. Su figura, rescatada por la historia de la ciencia, nos recuerda que el talento no tiene género, pero sí obstáculos.

Émilie los saltó todos con la elegancia de una marquesa y el rigor de una física. Gracias a su trabajo, Newton habló francés y la Ilustración se llenó de ecuaciones. Fue, en definitiva, la mujer que decidió que las estrellas no estaban ahí para ser admiradas, sino para ser comprendidas.