La danza de la serpiente.

La danza de la serpiente. Archivo de EL ESPAÑOL

Magas-Mujeres en la Historia

Carmen Tórtola Valencia, la bailarina descalza que liberó el cuerpo femenino del corsé y las normas puritanas

Una artista que convirtió su profesión en insumisión, gestionó sola su carrera y vivió el amor y su naturaleza en sus propios términos.

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Carmen Tórtola Valencia, la española que rompió todas las reglas del baile en su época, nació el 18 de junio de 1882 en Triana, Sevilla. Su padre, Florenç Tórtola Ferrer, era un comerciante catalán y su madre, Georgina Valencia, andaluza.

A sus tres años, la familia emigró a Londres por una cuestión de negocios, donde prosperaron con el tiempo en la sociedad inglesa. En 1891, sus padres viajaron a Oaxaca, México, en busca de nuevas oportunidades. Ese mismo año, el patriarca murió de tuberculosis y tres años después falleció su esposa.

Así, Carmen quedó huérfana a los 12 años y fue acogida por aristócratas británicos, sin redes masculinas a su alrededor. Durante ese periodo aprendió seis idiomas, música, dibujo y danza, una educación elitista que estaba prohibida para mujeres viudas o huérfanas.

Desde joven se le asignó la etiqueta de rebelde, ya que era vegetariana, budista y rechazaba los corsés victorianos, defendiendo la libertad del cuerpo.

En la capital inglesa se formó como bailarina autodidacta, fusionando el flamenco español con propuestas orientales de India, Grecia, Rusia y también africanas, creando un lenguaje híbrido que desafiaba la pureza cultural.

Durante su aprendizaje construyó un rechazo radical al ballet académico, optando por ir descalza frente al uso de puntas rígidas y las prendas asfixiantes propias de aquella disciplina patriarcal, todo un acto de liberación de la anatomía de la mujer.

Mientras otras bailaban encorsetadas y sumisas en salones, Tórtola interpretaba su arte de forma sensual, salvaje y mística, derrumbando las barreras impuestas. Convirtió así la danza en un manifiesto feminista donde el cuerpo era signo de autonomía, no un objeto decorativo.

En 1908 tuvo un debut escandaloso en el Gaiety Theatre de Londres con el musical Havana, representando a Bella Valencia. Irrumpió en la sala con sus pies desnudos, escandalizando a los puritanos victorianos, que estaban acostumbrados a perfiles mucho más dóciles.

Tras su primera presentación, su carrera fue un éxito rotundo. Triunfó llenando teatros en París, Berlín y Múnich. El histórico poeta y escritor Rubén Darío la coronó como "bailarina de los pies descalzos", símbolo de emancipación física.

Su revolución no se encasilló solo en el arte y la danza, sino que también transformó la moda al abolir el corsé como prenda patriarcal opresora de siluetas. Junto a Loïe Fuller e Isadora Duncan forma el trío pionero que hizo que la disciplina del baile se deshiciera de cadenas estéticas y morales.

En 1911 debutó en Madrid, en el Teatro Romea, con una reputación ya consolidada en Europa. El público local, acostumbrado al cuplé y a la sala convencional, descubrió a una dama que rompía todas las reglas tradicionales, combinando deconstrucción, sensualidad y espiritualidad.

Recibió una calurosa ovación con vítores y palmas interminables, reconociendo no solo su talento escénico, sino el descubrimiento de una bailarina española que triunfaba saltándose las normas estándar, lo esperado.

En 1912 fue nombrada socia de honor del Gran Teatro de Múnich, un reconocimiento reservado exclusivamente a figuras de máximo prestigio y algo más complicado aún siendo mujer y extranjera. Así, su distinción demostraba hasta qué punto su arte se consideraba innovador y de alto nivel.

En aquel momento se consolidó como artista internacional, dejando atrás el título de bailarina exótica para ser una creadora respetada por instituciones culturales consideradas como serias.

Los grandes escritores del momento la frecuentaron, la observaron y la convirtieron en personaje, referencia o metáfora en sus textos. No como musa que los embelesaba gracias a los atributos clásicos, sino fascinados por su libertad, la gestión de su carrera, su vida bohemia y su visión del cuerpo, adentrándose en el círculo intelectual como igual e inspirando a la generación del 98 y las vanguardias.

Su físico fue plasmado por grandes pintores como Ignacio Zuloaga y Anglada Camarasa, y aceptó ser imagen comercial de la firma Myrurgia.

Tórtola como imagen de Maja Jabón, Barcelona 1918.

Tórtola como imagen de Maja Jabón, Barcelona 1918. Archivo de EL ESPAÑOL

Igualmente, hizo apariciones en el cine, destacando la película Pasionaria (1915), explorando así formatos que le daban más visibilidad y control del relato.

En Barcelona compartió cartel con la superestrella del cuplé Raquel Meller, posicionándose en el corazón del espectáculo popular con un lenguaje escénico radicalmente propio. En 1920, expuso 45 pinturas propias, un hecho insólito para una bailarina, consolidándose como creadora total más allá del "cuerpo en escena".

Respecto a la cuestión feminista, esta muestra pictórica fue clave: demostraba que una mujer podía hacer lo mismo que un hombre en este ámbito en un circuito dominado por ellos. De este modo, la musa abandona el rol pasivo de modelo y se convierte en creadora.

Entre 1921 y 1930, realizó una gira americana triunfal por Brasil, Chile, Perú, México, Cuba, Venezuela y Nueva York, autogestionando contratos sin mánager masculino y consolidándose como embajadora de la libertad femenina.

Llegaba a cada país con su estilo casual, presentando coreografías exóticas, llenando estadios y siendo objeto de admiración incluso de presidentes latinoamericanos.

En 1930, al acabar su tour en Guayaquil, Ecuador, contrajo una neumonía grave que la llevó a prometer retirarse si sobrevivía. Al estar la salud a su favor, cumplió su palabra.

Tras su despedida, continuó su vida en un retiro espiritual en Sarriá, Barcelona, de forma discreta pero plena, siendo fiel a sus raíces y creencias. El budismo zen, la meditación diaria y su colección de grabados japoneses y chinos centraban su rutina entonces.

Durante las giras apareció su compañera de vida, Ángeles Magret Vilá, y se volvieron inseparables. La presentaba como "secretaria personal" para evitar escándalos. En 1942, en plena dictadura franquista y con el tabú social de la homosexualidad, Tórtola adoptó legalmente a Ángeles como hija para vivir juntas sin sospechas.

Residieron en la capital catalana mientras Magret cuidaba la salud de la bailarina, que sufría morfinomanía según la RAE, adicción o dependencia patológica a la morfina o al opio, hasta su fallecimiento en 1955. En una época conflictiva, sobrevivieron a juicios y prejuicios, pudiendo considerarse pioneras del amor lésbico en el siglo XX.

Su auténtica personalidad fue el motor de su exposición y popularidad: detalles como rechazar el corsé y bailar descalza fueron sinónimo de revolución y liberación, más que de comodidad o de una elección casual.

Marcó la historia llevando una vida autónoma, retirándose por decisión propia y viviendo su amor homosexual, siendo así un ejemplo entonces y en la actualidad.