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Imagen de ilustración. iStock.

Estilo de vida

Los psicólogos coinciden: las personas que acarician perros en la calle no es porque amen a los animales, quizás están sufriendo estrés

Diversos estudios muestran que el contacto físico con los perros reduce los niveles de cortisol, activa la oxitocina y favorece la regulación emocional.

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Pocas escenas resultan tan habituales como ver a alguien detenerse en mitad de la calle para saludar a un perro. Es un gesto rápido, aparentemente espontáneo, que suele interpretarse como una simple muestra de simpatía hacia los animales. Sin embargo, detrás de esa conducta cotidiana podrían esconderse mecanismos psicológicos mucho más complejos.

La relación entre seres humanos y perros lleva miles de años evolucionando y transformándose. Durante ese tiempo se ha creado un vínculo tan estrecho que hoy la presencia de estos animales es capaz de despertar respuestas emocionales y fisiológicas casi inmediatas, incluso en personas que no conviven con mascotas.

Por eso, la ciencia lleva décadas investigando qué ocurre en nuestro cerebro cuando interactuamos con un animal. Los resultados apuntan a que estos encuentros pueden influir en el estado de ánimo, la percepción de seguridad y la forma en que el organismo responde a situaciones de tensión, ansiedad o sobrecarga emocional.

Cuando el cuerpo busca aliviar el estrés

Aunque muchas personas aseguran que acarician perros simplemente porque les gustan los animales, la psicología explica que la motivación puede ir mucho más allá del afecto consciente.

En numerosas ocasiones, el organismo busca de forma automática estímulos capaces de generar bienestar y reducir la activación fisiológica asociada al estrés.

De acuerdo con la disciplina que estudia la interacción entre humanos y animales, la antrozoología, "este tipo de interacción —entre persona y animal— activa procesos biológicos relacionados con la regulación emocional y la sensación de calma".

Desde esta perspectiva, acercarse a un perro no siempre responde a una decisión racional. Muchas veces es el propio sistema nervioso el que impulsa la conducta porque reconoce en ese contacto una fuente rápida de alivio.

La persona puede interpretar el gesto como una simple muestra de cariño, pero el cerebro está obteniendo algo más: una herramienta de regulación emocional.

Esto ayuda a explicar por qué algunas personas sienten una necesidad casi automática de acercarse a los perros cuando atraviesan periodos de presión laboral, preocupaciones personales o agotamiento mental.

No buscan necesariamente compañía animal de forma consciente, sino una experiencia que genere bienestar inmediato.

El estudio que relacionó las caricias a los animales con una reducción del cortisol

Una de las investigaciones más citadas sobre este fenómeno fue realizada por Patricia Pendry, investigadora de la Universidad Estatal de Washington.

El trabajo, publicado en 2019 en la revista AERA Open, analizó el efecto que tenía el contacto con animales sobre los niveles de estrés de los participantes.

En el estudio participaron 249 estudiantes universitarios, divididos en distintos grupos. Solo uno de ellos tuvo contacto directo con perros y gatos durante diez minutos, mientras que los demás observaron imágenes, esperaron a los animales o permanecieron en lista de espera sin interactuar con ellos.

Imagen de un perro siendo acariciado.

Imagen de un perro siendo acariciado. iStock.

Los investigadores tomaron muestras de saliva antes y después de la experiencia para medir los niveles de cortisol, conocida popularmente como la hormona del estrés.

Los resultados fueron especialmente llamativos porque quienes habían acariciado a los animales mostraron una reducción significativa del cortisol en comparación con el resto de participantes.

Además, el efecto apareció independientemente del nivel de estrés inicial de cada persona. Tanto quienes se encontraban relativamente tranquilos como aquellos que llegaban más tensos experimentaron beneficios similares.

Uno de los aspectos que más llamó la atención de los investigadores fue la rapidez con la que se produjo el cambio. Apenas diez minutos de interacción física fueron suficientes para generar una respuesta biológica medible.

En cambio, observar fotografías o pensar en animales no produjo los mismos resultados. Esto sugiere que el elemento clave no es la idea del perro, sino el contacto real con él.

La personalidad de quienes se acercan a los perros desconocidos

La psicología de la personalidad también ha encontrado patrones interesantes entre quienes suelen interactuar con perros durante sus paseos o actividades cotidianas.

Según el modelo de los Cinco Grandes factores de personalidad, estas personas suelen presentar puntuaciones más elevadas en el rasgo conocido como afabilidad. Esto significa que tienden a mostrar una mayor disposición hacia la cooperación, la empatía y la conexión emocional con los demás.

También suelen destacar por una buena capacidad para interpretar señales no verbales y por sentirse cómodas en interacciones espontáneas que no implican juicios ni expectativas sociales complejas.

Para alguien que atraviesa una etapa de estrés continuado, el perro representa algo difícil de encontrar en muchas relaciones humanas: una interacción libre de exigencias. El animal no evalúa, no critica ni espera nada a cambio. Esa ausencia de presión convierte el encuentro en una experiencia emocionalmente reparadora.

Por eso los especialistas consideran que el impulso de acariciar a un perro puede actuar como una forma inconsciente de búsqueda de bienestar.

La persona no necesariamente piensa que necesita relajarse, pero su organismo reconoce en ese contacto una oportunidad para hacerlo.