Melendi en el evento de Cadena Dial.

Melendi en el evento de Cadena Dial. Gtres. Gtres.

Estilo de vida

Melendi, sobre su infancia: "De pequeño era bastante introvertido, me gustaba jugar solo y estaba en las faldas de mi mamá"

Antes de convertirse en uno de los artistas más populares, el asturiano vivió una infancia en la que la música apenas tenía protagonismo.

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Pocas voces han conseguido conectar con el público español de una forma tan natural como la de Melendi. Desde que irrumpió en la música a comienzos de los años 2000, el cantante asturiano ha firmado canciones que han acompañado a varias generaciones y que hoy forman parte de la banda sonora de millones de personas.

Sin embargo, detrás de esa carrera de éxito hay una historia muy diferente a la que muchos podrían imaginar. Antes de llenar estadios y encadenar discos de éxito, Ramón Melendi Espina era un niño reservado, muy unido a su familia y con unos sueños que poco tenían que ver con la música.

Cuesta creer que quien hoy emociona con sus letras soñara de pequeño con ser futbolista. Sin embargo, ese era el futuro que imaginaba entonces, ya que la música llegó más tarde y acabó convirtiéndose en la forma de expresar todo aquello que no conseguía decir con palabras.

Un niño tímido que soñaba con ser futbolista

Aunque hoy es uno de los cantautores más populares de España, la infancia de Melendi estuvo muy alejada del mundo artístico.

Nacido en Oviedo el 21 de enero de 1979, el cantante recuerda aquellos primeros años como una etapa sencilla, marcada por la tranquilidad del hogar, el cariño de su familia y un carácter especialmente reservado.

Al echar la vista atrás, el propio artista se define como un niño introvertido que disfrutaba de la calma y de los pequeños momentos cotidianos. "Me gustaba jugar solo (aunque tenía amigos) y estaba en las faldas de mi mamá", ha explicado al recordar cómo era durante su infancia.

Ese fuerte vínculo con su madre, Loli Espina, marcó buena parte de sus primeros años y convirtió el hogar en su principal refugio.

Lejos de buscar continuamente la compañía de otros niños, Melendi se sentía cómodo en ese ambiente familiar, donde desarrolló un carácter tranquilo y reservado que, con el paso de los años, seguiría formando parte de su personalidad.

En aquella época, la música apenas ocupaba espacio en su vida. No existía todavía una vocación artística ni una colección de discos que despertara su curiosidad.

De hecho, sus recuerdos musicales estaban mucho más ligados a la televisión que a los escenarios, como ocurría con muchos niños de finales de los años ochenta y principios de los noventa.

Precisamente por eso, las melodías que permanecen grabadas en su memoria aparecen las sintonías de algunos de los dibujos animados más populares de aquella generación. Melendi recuerda especialmente la canción de La vuelta al mundo en 80 días y, años después, la de Campeones: Oliver y Benji.

Melendi, al inicio de su carrera con la guitarra hecha por Bros en Gata de Gorgos (Alicante).

Melendi, al inicio de su carrera con la guitarra hecha por Bros en Gata de Gorgos (Alicante). E.E

Sin embargo, si había una pasión que ocupaba gran parte de su tiempo era el fútbol. "Me disfrazaba de futbolista, no de mis cantantes favoritos. Yo siempre quise ser futbolista", confesó el asturiano.

Ese sueño no era una simple fantasía infantil, sino que Melendi llegó a jugar en las categorías inferiores del Club Astur y posteriormente formó parte de la cantera del Real Oviedo, donde alimentó durante años la esperanza de poder dedicarse profesionalmente al deporte.

La música se abrió camino sobre los 12 y 13 años, cuando asistió por primera vez a su primer concierto. El grupo que vio aquella noche fue Camela, en la plaza de toros de Oviedo, una experiencia que le permitió descubrir por primera vez la emoción de la música en directo.

Aun así, todavía faltaban algunos años para que comprendiera que las canciones podían convertirse en algo mucho más importante. Fue alrededor de los 16 o 17 años cuando empezó a tocar la guitarra y encontró en ella una forma distinta de expresar sus sentimientos.

"Me picó el gusanillo de la música, cogí la guitarra y empecé a sacar aquellas cosas que me costaba tanto decir", ha explicado.

Aquella guitarra terminó convirtiéndose en un refugio personal. Las canciones nacían como una conversación consigo mismo, una vía para ordenar pensamientos y emociones que le resultaban difíciles de exteriorizar. La composición apareció primero como una necesidad íntima antes que como un proyecto profesional.

En casa, sin embargo, nadie imaginaba que aquella afición acabaría transformándose en una carrera musical de enorme éxito. Su familia interpretó ese nuevo interés como un pasatiempo propio de la adolescencia.

"En mi familia tampoco se lo tomaron demasiado en serio, se lo tomaron como si fuera un hobby", recuerda el cantante.

De hecho, durante bastante tiempo prefirió mantener sus composiciones en privado. Le costaba enseñar lo que escribía y sentía cierto pudor al compartir unas letras que hablaban de emociones muy personales.

"Tardé mucho en enseñarles canciones, hasta los 19 o 20 años no enseñé nada a nadie", ha reconocido.

Con el paso de los años, esas canciones dejaron de ser un secreto para convertirse en el inicio de una trayectoria que cambiaría por completo su vida. Lo que comenzó como una manera de canalizar sentimientos terminó dando forma a un estilo propio, cercano y reconocible, capaz de conectar con personas de distintas edades.