La psicóloga Ana Aznar Botella.

La psicóloga Ana Aznar Botella.

Estilo de vida

Ana Aznar, psicóloga, sobre la felicidad: "Es un gran error sobreproteger a los hijos, tu misión no es que sean felices"

Especializada en psicología infantil, la experta resalta la importancia de decir "no" a los más pequeños. 

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La felicidad de un hijo no se fabrica a golpe de concesiones ni de protección excesiva. Se construye, según la psicóloga infantil Ana Aznar Botella, a partir de herramientas emocionales que le permitan enfrentarse a la vida real.

Su planteamiento choca con una tendencia creciente: padres agotados, hiperinformados y temerosos de equivocarse, que intentan evitar cualquier frustración a sus hijos.

Aznar Botella defiende una crianza más sobria y realista. No promete niños siempre sonrientes ni hogares sin conflictos.

Al contrario, sostiene que el error, la frustración y los límites son piezas necesarias para el desarrollo psicológico.

"Estamos sobreprotegiendo a los hijos", advierte. Y ese exceso, lejos de proteger, debilita a una generación cada vez más frustrada.

El mito del hijo siempre feliz

La experta cuestiona una idea muy extendida: que la misión del padre es garantizar la felicidad constante de sus hijos.

Ese objetivo, explica, es inalcanzable y contraproducente. La vida adulta no ofrece comodidad permanente, y educar intentando blindar a los niños frente al malestar los deja sin defensas cuando aparece.

Para Aznar Botella, la tarea parental es dar herramientas. Autocontrol, tolerancia a la frustración, respeto, capacidad de reparar errores y de pedir perdón. Habilidades que no se aprenden en entornos sin conflicto, sino en situaciones cotidianas donde el niño choca con un límite.

La psicóloga insiste en que equivocarse delante de los hijos no es un fracaso educativo. Al contrario, humaniza a los padres. Ver a un adulto rectificar enseña más que cualquier discurso. Los niños aprenden que el error no destruye, sino que puede repararse. Esa lección es clave para su autoestima futura.

En este contexto, decir "no" adquiere un valor pedagógico. Muchos padres temen frustrar a sus hijos por miedo a parecer autoritarios o a perder su cariño. Sin embargo, la ausencia de límites genera inseguridad. Los menores interpretan la permisividad total como desinterés. El límite, cuando se pone con afecto y coherencia, transmite cuidado.

Culpa y presión

Aznar Botella observa en consulta un patrón que se repite entre padres dominados por la culpa. Culpa por trabajar, por no llegar a todo, por no cumplir el ideal de crianza perfecta que circula en redes sociales y manuales educativos. Esa presión constante erosiona la relación familiar.

La psicóloga distingue entre culpa real y sobrecarga. La primera aparece cuando se hace daño a otro. La segunda surge cuando simplemente no se puede abarcar todo. Confundir ambas lleva a una crianza ansiosa, en la que cada decisión parece trascendental.

Además, el exceso de información genera parálisis. Conocer principios básicos de psicología infantil aumenta la confianza, pero el bombardeo de consejos contradictorios crea un bucle de inseguridad. Aznar Botella recomienda seleccionar pocas fuentes fiables y desconectar del ruido.

También advierte contra la idealización de la infancia como etapa que determina toda la vida. Influye, sí, pero no sentencia. Pensar lo contrario carga a los padres con una responsabilidad imposible. La educación es importante, pero los hijos no son proyectos frágiles que se rompen con un error.

Aprender a frustrarse

Uno de los riesgos de la sobreprotección es criar niños con baja tolerancia a la frustración. Cuando un adulto resuelve cada dificultad, el menor no practica la gestión del fracaso. Más tarde, cualquier contratiempo se vive como una catástrofe.

Aznar Botella compara el proceso con aprender a caminar: primero se acompaña, luego se suelta gradualmente. El objetivo no es evitar caídas, sino estar cerca cuando ocurren. Esa experiencia fortalece la autonomía.

La psicóloga subraya que la felicidad duradera está vinculada a las relaciones y a la capacidad de adaptación, no a una vida libre de problemas. Los niños necesitan experimentar decepción, enfado y tristeza en dosis manejables para aprender a regularse.

Educar, concluye, no es allanar el camino, sino enseñar a recorrerlo. Un hijo feliz no es el que nunca sufre, sino el que sabe levantarse. Y esa fortaleza empieza a construirse en casa, cuando los padres se atreven a decir "no", a tolerar el malestar momentáneo y a confiar en que sus hijos son más capaces de lo que parecen.