Sandra en una fotografía de sus redes sociales.

Sandra en una fotografía de sus redes sociales.

Estilo de vida

Sandra, la española que dejó Madrid para vivir en un pueblo de 100 habitantes: "Pago de alquiler 450 euros y de comida 100 al mes"

Su nueva vida requiere adaptación. No existen tiendas a la vuelta de la esquina y el internet es limitado, pero puede vivir dignamente sin tirar de ahorros.

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En los últimos años, un número creciente de residentes ha abandonado las grandes ciudades españolas en busca de una vida más asequible. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), entre 2019 y 2023 las capitales de provincia, especialmente Madrid y Barcelona, perdieron más de 150.000 habitantes.

Aunque los motivos pueden ser varios, hay uno que destaca: la presión económica y la alta calidad de vida que exige vivir en grandes núcleos. En Madrid, diversos informes de mercados sitúan el coste mensual de vida para una persona entre 1.400 € y 3.000 €, incluyendo alquiler, transporte, alimentación y ocio.

Frente a esta realidad, son algunos los que deciden poner solución y encontrar otra forma de vida. Personas que apuestan por entornos alejados que permiten obtener mejores ingresos, tiempo libre y bienestar. Una de ellas es Sandra, quien dejó Madrid y eligió vivir en un pueblo de apenas 100 habitantes en los Pirineos Aragoneses.

Cómo es alejarse de la capital

A sus 27 años, Sandra es una de las españolas que ha encontrado una nueva forma de vida. Periodista de profesión, con una vida marcada por constantes mudanzas, ahora reside en un pueblo del Pirineo Aragonés con poco más de un centenar de habitantes.

Su compañero de aventura es Jack, un perro de 11 años al que adoptó con la intención de ofrecerle un final de vida digno, y que se ha convertido en pieza esencial de su día a día.

Su salida de Madrid fue fruto de un proceso de desgaste acumulado. Sandra llegó a la capital tras conseguir una oportunidad laboral como editora de vídeo para creadores de contenido en YouTube.

El trabajo, en un principio bien pagado y estimulante, se transformó pronto en una dinámica laboral insostenible. La necesidad constante de rendir, los ritmos interminables y la cultura workaholic que caracteriza muchos entornos creativos digitales la condujeron a un colapso físico y mental.

Durante meses, los síntomas se fueron agravando: insomnio persistente, malos hábitos alimenticios, sedentarismo prolongado y recurrentes problemas de salud física como anginas, erupciones cutáneas y sensaciones de ahogo.

La situación culminó en lo que describe como un burnout de caballo, un bloqueo total que la dejó incapaz de continuar en ese entorno. Fue entonces cuando decidió dejar el trabajo y regresar temporalmente cerca de Barcelona con su familia para recuperarse.

Sandra explica en un vídeo de YouTube por qué vive en un pueblo de 100 habitantes.

Allí, con ayuda profesional de psicólogos y nutricionistas, empezó a recomponer su vida, aunque pronto se daría cuenta de que el camino tradicional de vida no era el suyo.

Sin apenas ahorros, y tras una temporada trabajando en un supermercado en casa de su padre, visitó los Pirineos por su cumpleaños. "Racionalmente no sé explicar qué pasó, pero dije: 'Este es mi sitio'", explica en su canal de YouTube.

Gracias a una seguidora de Instagram, encontró la casa donde vive ahora: con jardín y aceptando mascotas, algo esencial para ella.

Cómo es su vida en el pueblo

La rutina de Sandra hoy no tiene nada que ver con los ritmos de la capital. Su día empieza despertándose con luz natural, dando largos paseos por la montaña con Jack y disfrutando de un desayuno tranquilo.

Su jardín se ha convertido en un espacio de meditación y cuidado personal, elementos que valora por encima de cualquier productividad.

Socialmente, la vida rural tiene sus pros y contras. Por un lado, ha sido acogida con calidez por los vecinos; por otro, la soledad aparece con frecuencia, especialmente siendo una joven de su edad en un entorno con pocos habitantes de su misma edad.

En cuanto a ocio y servicios, la vida en el pueblo requiere adaptación. No existen tiendas a la vuelta de la esquina; comprar pan implica un desplazamiento, y la oferta de actividades culturales o recreativas es limitada.

Sandra sigue trabajando, aunque ya no es el centro de su vida. Actualmente se dedica a editar vídeos, gestionar redes sociales y a ofrecer servicios de community manager.

Estos ingresos le permiten cubrir sus gastos sin agotar sus ahorros, y al mismo tiempo le dejan tiempo libre para proyectos personales como escribir un libro o desarrollar contenido sobre "periodismo lento" en YouTube.

Sandra lleva una contabilidad transparente de sus gastos fijos, que son significativamente menores que los que tenía viviendo en Madrid.

Su alquiler cuesta 450 euros mensuales e incluye el agua, una cifra difícil de encontrar en grandes ciudades. En alimentación calcula alrededor de 100 euros al mes, ya que compra de forma consciente y apenas tiene gastos impulsivos.

La electricidad ronda los 50 euros mensuales según el consumo estimado de la anterior inquilina, mientras que el pack de internet y móvil le cuesta 38 euros. A esto se suma un gasto muy reducido en gasolina, de unos 20 euros al mes, porque apenas necesita desplazarse.

En conjunto, sus gastos se sitúan alrededor de los 650 euros mensuales, una cifra que contrasta con la vida en Madrid, donde solo el alquiler puede superar con facilidad los 800 o 900 euros sin contar suministros ni ocio.