Anne Hathaway en un 'frame' de la película 'El Diablo Se Viste de Prada' (20th Century Fox, 2006).

Anne Hathaway en un 'frame' de la película 'El Diablo Se Viste de Prada' (20th Century Fox, 2006). IMDb

Estilo de vida

Aprende a elegir tus batallas y di adiós a las rutinas perfectas: cómo distinguir lo urgente de lo importante y lo accesorio

Cuando todo se convierte en exigencia, incluso el bienestar se torna una obligación con estándares que se antojan inalcanzables.

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Hace unos meses, antes del verano, en un encuentro para prensa especializada en belleza, salió un tema de conversación concreto nada más llegar al lugar de citación: los suplementos. Palabras que antes sólo se asociaban al laboratorio y a la tabla periódica —esa que aprendes en el instituto y que olvidas a los dos minutos del examen— ahora forman parte del día a día. Y todo el mundo parece experto en la materia.

Estos complementos alimenticios que contribuyen a una mejor salud se han sumado a esa lista interminable de rutinas de autocuidados y bienestar que cada vez parece más una imposición en lugar de una elección.

El skin care, la práctica de fuerza, pero también de cardio —porque hay que abarcarlo todo—, comer de forma adaptada a las necesidades de cada una —y encontrar el tiempo para cocinar esas recetas—, vestir bien, pero no atiborrarse a compras, atender a los compromisos sociales, pasar por la peluquería o por la consulta de fisioterapia son algunos de los elementos que componen esta to do list.

De repente, estas tareas, que pretendían suponer un respiro para quiénes las ponían en práctica, se han convertido en un motivo más de estrés: "Hay un 38% de personas que experimentan ansiedad al seguir recomendaciones de bienestar", comenta Lara Ferreiro, psicóloga y autora del libro ¡Ni un capullo más!: El método definitivo para quererte y encontrar a tu pareja perfecta (Grijalbo, 2025). 

Aprender a elegir

El conocimiento popular lo tiene claro, nadie nace sabiendo. ¿Cuántas veces se escucha la expresión en entornos familiares, profesionales y entre amigos? Más de las que se pueden contar con los dedos de la mano.

Sin embargo, la realidad es que antes los ritmos de vida eran otros. Atendían a otras necesidades. Y se podría decir que las pertenecientes a la Generación Millennial los han conocido. Sin embargo, la vorágine que asola agendas personales y trabajo ha provocado el olvido. No obstante, se puede reaprender. Es factible volver a tener claro qué merece la pena y qué no. También en cuestión de cuidados y bienestar.

Julianne Moore en una escena de 'Siempre Alice' (Sony Pictures Classic, 2014) que sirvió para ilustrar el póster de la película.

Julianne Moore en una escena de 'Siempre Alice' (Sony Pictures Classic, 2014) que sirvió para ilustrar el póster de la película. IMDb

Las psicólogas Lara Ferreiro y Ana Sánchez se muestran de acuerdo en cuál debería ser el punto de partida para discernir entre "lo urgente, lo importante y lo accesorio".

"Lo primero hace referencia a lo fundamental, a lo que siempre tenemos que atender. Lo segundo se trata de un objetivo que podemos establecer de forma diaria o semanal. Lo tercero hace referencia a lo extra", explica Ferreiro. Por supuesto, para cada persona, lo que se clasifica en cada una de estas categorías puede variar.

Dicho esto, hay dos ideas básicas: tener capacidad de organización y para delegar. "Lo que no agendas, no existe, ya sea ir al gimnasio o hacer la compra. Si para ti es esencial entrenar, haz los recados de forma telemática", propone la autora de ¡Ni un capullo más!

Entrando en el terreno de las decisiones asumimos unas 35.000 al día hay que tener claro por qué se están tomando y cómo. "¿En qué tono me hablo?, ¿qué necesito ahora?, ¿qué energía tengo?, ¿qué tiempo real?", explica Ana Sánchez, que comenta que cuando se trata de algo que se concibe como momento de desconexión y bienestar hay que deshacerse del "tengo que" y pasar al "puedo, quiero o me apetece".

"La autoexigencia y el perfeccionismo han provocado que lo que debería generar placer ahora se sienta como una obligación. Hay que valorarlo todo de forma realista. No tiene que ser una prescripción", dice la terapeuta.

Sobre ese momento de contacto con lo que de verdad hay que hacer o se necesita también se manifiesta Lara Ferreiro. Recomienda que para poder disfrutar de los autocuidados y que no se conviertan en sinónimo de estrés y ansiedad hay que bloquear huecos que de verdad se adapten a lo que se pretende hacer.

"Y cuando llegue la hora en cuestión tiene que dar igual si llaman por teléfono, si llega un correo o si se cae el mundo", expresa. Además, explica que el cerebro, de forma natural, prioriza lo placentero, no los hábitos. "El 20% de esas pautas que ponen orden en la vida generan el 80% del bienestar. Hay que dormir bien, hacer deporte y comer de manera adecuada para que el resto también tenga sentido".

Un término curioso de los que menciona la experta es el de los ladrones del tiempo, es decir, cualquier persona, actividad, dinámica o hábito que lo consuma —y haga lo mismo con la energía sin aportar valor—. Se da muchas veces de forma silenciosa, normalizada o emocionalmente exigente.

Un ejemplo sería las horas que se pasan sin pena ni gloria repasando cualquier red social. "No hay que acabar necesariamente con estos comportamientos, pero sí limitarlos. En este caso, si es algo en lo que se cae justo antes de dormir, dificulta además el descanso", expresa Ferreiro.

Del placer a la obligación...

Y viceversa. Si antes se instaba a seguir este tipo de rutinas para mejorar el estado de salud —en especial el de la mental—, ahora ese camino al placer se ha convertido en una carretera al infierno para muchas. "De entrada, hay que saber que hay un 40% de probabilidades de que las mujeres desarrollen algún trastorno de ansiedad por una cuestión de presión", explica Ferreiro.

Esa presión que menciona la experta ha asaltado también el terreno de los placeres. En tener un aspecto u otro y en la valoración del mismo, sigue teniendo más peso la mirada del ojo ajeno que la del propio. El ir al gimnasio o poder pasar por el salón de belleza son acciones que van de la mano de esta realidad, por lo que se añade además ese condicionante a la lista de tareas.

Ser y estar perfecta —o aparentarlo— es caro. En términos psicológicos y económicos. Estos consejos se han convertido prácticamente en mantras y cuando se falta a un entrenamiento, parece que el resto de la semana no ha contado y comienzan los intentos de compensación, que suelen tener resultados negativos.

"Hoy en día se ha llegado al punto en el que aquello que tendría que proporcionar desconexión y autocuidados se ha convertido en una lucha contra la culpa. Por no llegar, por no hacerlo lo suficientemente bien, por no haber obtenido el resultado esperado...", expresa la psicóloga Ana Sánchez, CEO y fundadora de la clínica Pinsapo Salud, en Sevilla.

A.D., madre de dos hijas y maestra de profesión, se pronuncia al respecto. Tiene un horario que bajo el criterio de los demás es más que deseable, que "cualquier firmaría", dice. Y a pesar de ello, no es suficiente.

"Siento que no llego a nada. Me levanto más temprano de lo que debería y nunca basta. Me acuesto más tarde para pasar más tiempo con mis niñas y me sucede lo mismo", detalla a este vertical.

Dice que llevaba intentando ir a entrenar desde hace dos años y que ahora que lo ha conseguido se siente mal porque durante ese tiempo podría estar haciendo otra cosa.

Aquí entra en juego, como habitualmente, el sesgo de género. "Entre el 60% y el 85% de la carga mental correspondiente a las tareas del hogar y la crianza recae sobre las mujeres. Ellas además acumulan dos horas más de trabajo al día en el ámbito doméstico que ellos", explica Lara Ferreiro respaldándose en datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Además, la psicóloga y escritora añade que el 70% de ellas sienten culpa si delegan algo. En el caso de los hombres esta sensación escala hasta el 20%, de acuerdo a la European Social Survey que menciona la misma experta.

En muchas ocasiones la práctica de ejercicio no evita seguir pensando en obligaciones. En la imagen, otro 'frame' de 'Siempre Alice' (Sony Pictures Classics, 2014).

En muchas ocasiones la práctica de ejercicio no evita seguir pensando en obligaciones. En la imagen, otro 'frame' de 'Siempre Alice' (Sony Pictures Classics, 2014). IMDb

Para deshacerse de estas creencias, Ana Sánchez recomienda un ejercicio terapéutico muy sencillo. "Es tan fácil como preguntarse lo siguiente: 'Si tu amiga se hablase así, ¿qué le dirías? El cómo nos hablamos y cómo nos escuchamos es fundamental", detalla.

"Un masaje, salir a correr o pasar una tarde haciendo repostería no debería ser sinónimo de agotamiento emocional o de culpa. De hecho, su significado es la antítesis. Hasta cierto punto, hay que separar la responsabilidad de este tipo de tareas y dejar de compararse con lo que hace la vecina o lo que se ve en redes sociales", añade.

El método sueco

El comienzo del año abre la veda a todos los buenos —y a veces manidos— propósitos. Sin embargo, muchos de ellos terminan quedándose por el camino. Para lograrlos de forma lógica, Lara Ferreiro habla de un planteamiento que puede servir de ayuda: el método sueco.

"Ellos son los más disciplinados de todo el mundo. Dicen que hay que plantearse cuatro objetivos máximo al año —al margen de que luego haya otros en clave 'micro' asociados a estos—", explica.

Aparte de este punto de partida, según la experta, lo idóneo sería abordar las propuestas de forma independiente hasta que esté instalado el hábito.

"Ni que decir tiene que todo ha de establecerse con un plan de acción realista. Hay que ir muy poquito a poco. Cuando se cumple algo por más de 21 días, se puede cumplir la frecuencia o la exigencia e ir repitiendo", comenta, insistiendo una vez más en ir agendándolo todo.

De la mano del método sueco también menciona la mentalidad del monje, que se resume en no hacerse preguntas sobre esos propósitos, sino simplemente hacerlo. La fe no se cuestiona.

Hoy en día, el verdadero reto no está en sumar más hábitos, más rutinas o más suplementos, sino en aprender a restar.

Aprender abajar el volumen del ruido exterior para escuchar qué hace falta de verdad y qué se ha convertido en un gesto automático, impuesto o heredado. Sobre todo, cuando estas pautas deberían ser personalizadas de acuerdo a cada persona y al momento. El autocuidado, cuando deja de ser elección, pierde su sentido y se transforma en otra fuente de exigencia.

Dormir, comer, moverse y descansar no deberían vivirse como objetivos que hay que cumplir a la perfección, sino como apoyos que sostienen el día a día. Todo lo demás —el ritual, la estética, la tendencia— es accesorio. Y prescindible si pesa demasiado.