Magdalena, dueña de una churrerría, sobre la alta rentabilidad del negocio

Magdalena, dueña de una churrerría, sobre la alta rentabilidad del negocio

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Magdalena, dueña de una churrería, sobre la alta rentabilidad del negocio: "Más del 50% son beneficios"

La hostelera asegura que es impensable unas cifras similares dentro del sector de la restauración.

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El churro es uno de esos productos que parecen simples hasta que alguien se detiene a mirar el negocio que hay detrás.

Harina, agua, sal y aceite. Poco más. Y, sin embargo, pocas actividades en la hostelería española combinan tan bien tradición, volumen de ventas y rentabilidad.

En un momento en el que muchos bares y restaurantes luchan por cuadrar cuentas, las churrerías siguen funcionando como pequeños relojes.

Venden barato, sí, pero venden mucho. Y ahí está la clave de un modelo que, bien gestionado, puede convertirse en una auténtica máquina de generar ingresos.

No es una exageración. Algunas churrerías tradicionales reconocen márgenes de beneficio superiores al 50% en cada ración. Una cifra que en otros negocios de hostelería sería impensable, como es el caso de Magdalena, dueña de una churrería madrileña.

Un negocio sencillo y muy rentable

El secreto empieza por la materia prima. La masa del churro tradicional solo lleva tres ingredientes: harina, agua y sal. Nada más. Son productos baratos, fáciles de conseguir y estables en precio.

El otro gran coste es el aceite, imprescindible para la fritura. Incluso sumándolo todo, el precio de producir una ración es muy bajo en comparación con lo que se ingresa en caja

Los precios al público siguen siendo sorprendentemente populares. En muchas churrerías, una media ración ronda el euro y medio y una ración completa no llega a tres euros. A ojos del cliente es un capricho barato. A ojos del negocio, es una venta constante.

La clave está en el volumen. En un día normal entre semana, una churrería puede vender entre 200 y 300 raciones. Los fines de semana, esa cifra puede duplicarse sin dificultad.

Bandeja de churros.

Bandeja de churros. iStock

Pocas actividades permiten despachar cientos de productos al día con una elaboración tan sencilla y un coste tan controlado.

La inversión inicial tampoco es desorbitada. La máquina principal, la churrera que da forma a la masa, cuesta en torno a los 3.000 euros. A partir de ahí, el equipamiento es relativamente básico.

Eso sí, el margen no cae del cielo. El oficio es exigente, madrugador y físicamente duro. Aquí no hay glamour, pero sí constancia.

Pros y contras

No todas las churrerías funcionan igual. Hay locales fijos y también puestos ambulantes. Y la diferencia en costes puede ser enorme.

Una churrería con local tiene alquiler, personal de sala, suministros y más gastos fijos. Aun así, sigue siendo un negocio muy rentable si el flujo de clientes es constante.

En cambio, una churrería ambulante reduce muchos de esos costes. Menos estructura, menos personal y más flexibilidad para moverse donde está la gente. Eso hace que, en proporción, una parte mayor de la facturación acabe siendo beneficio.

El producto, en cualquier caso, es el mismo. Y ahí entra el verdadero saber hacer. Porque no basta con mezclar harina y freír.

Magdalena, churrería

Los profesionales insisten en que la calidad depende de dos cosas: una buena masa y, sobre todo, el control exacto de la temperatura del aceite. Si está demasiado frío, el churro absorbe grasa. Si está en su punto, la expulsa y queda crujiente por fuera y tierno por dentro.

Ese detalle marca la diferencia entre un cliente que vuelve cada fin de semana y otro que no regresa. La fidelidad, en este negocio, lo es todo. Muchas churrerías viven de generaciones enteras que repiten el mismo ritual desde hace décadas.

Tradición y relevo generacional

Detrás de muchas de estas churrerías hay historias familiares. Negocios que pasan de padres a hijos en un tiempo en el que cada vez es más raro que los jóvenes quieran continuar oficios tan sacrificados.

Y, sin embargo, algunos lo hacen. No por nostalgia, sino porque los números son claros. Pocos trabajos manuales ofrecen una relación tan directa entre esfuerzo y rentabilidad.

Eso sí, el precio a pagar es alto: jornadas que empiezan de madrugada, fines de semana completos y muy pocos festivos libres.

A cambio, ofrece algo que escasea en otros sectores: estabilidad. Mientras haya frío, paseos de domingo y ganas de desayunar algo caliente, habrá cola en la churrería. El modelo, además, ha demostrado ser resistente a las crisis. Es un pequeño lujo asequible incluso en tiempos difíciles.