Cruz Sánchez de Lara acaba de publicar 'Las gobernadoras' (Espasa, 2026).
Hay un instante extraño en la vida de quien escribe. Ocurre cuando un lector se acerca a una caseta de la Feria del Libro, coloca tu libro sobre la mesa y empieza a hablarte de tus personajes como si estuvieran vivos.
Entonces comprendes algo extraordinario: el libro ya no te pertenece.
Durante meses o años has convivido con esos nombres, con sus heridas, sus silencios y sus contradicciones.
Creías conocerlos mejor que nadie, hasta que llega alguien que los ha leído y te devuelve una versión nueva de ellos. A veces coincide exactamente con lo que tú pensabas. Otras, te descubre matices que no sabías que estaban ahí.
La literatura tiene ese milagro: un libro termina de escribirse cuando alguien lo lee.
En las ferias, eso sucede constantemente. Cada firma es una conversación sobre una realidad que nació en la imaginación y que, de pronto, cobra cuerpo en otra persona.
Pero la Feria del Libro también enseña otra verdad: la soledad. He visto autores inmensos, escritores de una calidad extraordinaria, sentados delante de obras que merecerían una multitud y, sin embargo, aguardando a que alguien se detuviera.
En ese momento entiendes la intemperie de quien firma. Porque todos hemos conocido días de mucha afluencia y días en los que el tiempo parece alargarse sobre la mesa.
Escribir es una de las formas más hermosas de estar en el mundo, pero también una de las más inciertas.
En España se publican cada año decenas de miles de títulos y la vida real del libro es mucho más dura de lo que parece desde fuera.
Se ha dicho estos días que casi la mitad de los títulos disponibles en librerías no vende ningún ejemplar en un año, aunque el dato exige contexto: no significa que cada publicación fracase, sino que el mercado está saturado, que hay demasiadas novedades, demasiada rotación y muy poco tiempo para que una obra encuentre a sus lectores.
La cifra que quizá retrata mejor la realidad del oficio es otra: la mayoría de los escritores no vive de escribir.
Los estudios profesionales sobre autoría en España llevan años señalando que un porcentaje muy alto de creadores obtiene ingresos mínimos por derechos de autor y que muchos necesitan compatibilizar la escritura con otra profesión.
Hay libros que nacen de madrugada, en fines de semana, en trenes, en huecos robados a la vida. Detrás de muchas novelas no hay una torre de marfil, sino una agenda imposible.
Por eso socialmente aún sorprende cuando alguien muy joven anuncia que quiere dejarlo todo para ser escritor. No porque falten sueños, sino porque sobran espejismos. La vocación es un motor, pero no siempre es un sueldo. El talento abre una puerta, pero casi nunca paga el alquiler.
Escribir se parece a veces a aquel sueño de ser actor en Hollywood: uno llega con una fe inmensa y descubre que, mientras espera el papel de su vida, tendrá que trabajar en otras cosas para poder seguir presentándose a los castings.
La diferencia entre un sueño y una fantasía es la resistencia. Seguir escribiendo cuando nadie te lee. Seguir firmando cuando no hay cola. Seguir creyendo cuando los números no acompañan. Seguir creando cuando el aplauso se retrasa.
La vocación no siempre te salva de la soledad, pero le da sentido.
Quizá por eso admiro tanto a quienes continúan. A quienes escriben porque no saben vivir de otra manera. A quienes entienden que el éxito es maravilloso, pero que la verdadera recompensa sucede antes: cuando una historia que nació en tu cabeza encuentra refugio en el corazón de otro.
Porque, al final, los libros cobran realidad dos veces: cuando los escribimos y cuando alguien los lee. Y quizá ese sea el verdadero milagro de la literatura: escribir para no estar solos y descubrir, un día, en una caseta de la Feria del Libro, que alguien nos estaba esperando al otro lado de la página.