La ciudad romana que se camina por el cielo.

La ciudad romana que se camina "por el cielo".

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La ciudad romana que se camina por el cielo: no está en Italia, es del año 25 a.C. y tiene la única muralla romana íntegra del mundo

Un recorrido que permite entender cómo una ciudad actual puede crecer sin romper con su pasado, integrando siglos de historia en la vida cotidiana.

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España es un país donde la historia no se guarda en vitrinas, sino que se pisa, se recorre y se vive a ras de suelo. Desde ciudades monumentales hasta pequeños enclaves con siglos a sus espaldas, el pasado aparece integrado en la vida cotidiana con una naturalidad que sorprende a quien llega por primera vez.

A lo largo del territorio, distintas civilizaciones han dejado su huella, aunque pocas lo hicieron con la profundidad y la permanencia del mundo romano. Calzadas, acueductos, teatros o murallas siguen marcando el paisaje urbano, aunque muchas veces fragmentados o integrados en construcciones posteriores.

Sin embargo, hay lugares donde ese legado no solo se conserva, sino que pasa desapercibido. Sitios en los que la historia sigue ahí, integrada en el día a día, sin necesidad de llamar la atención. Uno de esos casos está en el norte de España, en Galicia, y tiene nombre propio: Lugo.

Caminar sobre Roma, literalmente

Hablar de Lugo implica entender una ciudad que no se limita a conservar restos arqueológicos, sino que se articula alrededor de ellos. Fundada en el año 25 a.C. como Lucus Augusti, su origen responde a una estrategia clara del Imperio Romano para afianzar su presencia en el noroeste peninsular.

Lo que la hace verdaderamente excepcional no es solo su antigüedad, sino la manera en la que ese pasado sigue definiendo su presente.

La muralla es el eje de todo. Construida a finales del siglo III d.C., no es una ruina ni un vestigio parcial, sino una estructura completa que ha llegado hasta hoy sin perder su continuidad.

Sus más de dos kilómetros de perímetro rodean el casco histórico como un cinturón perfecto, atravesado por puertas que conectan la ciudad antigua con la vida contemporánea sin rupturas ni artificios.

Mientras en otros lugares las murallas fueron derribadas para permitir el crecimiento urbano, aquí se integraron como una capa más de la identidad local.

Sin embargo, lo que realmente transforma la experiencia es su parte superior. El adarve, ese paseo elevado que alcanza hasta doce metros de altura, convierte la muralla en una especie de calle suspendida.

Catedral de Lugo.

Catedral de Lugo.

Caminar por ella hace que el visitante se desplace sobre la ciudad, con una perspectiva que mezcla tejados, árboles y monumentos en un mismo plano visual.

De ahí nace esa expresión tan repetida de que en Lugo se camina por el cielo, porque la sensación es precisamente esa, la de avanzar por una línea elevada que separa el ritmo cotidiano del silencio.

Desde esa altura, la ciudad se ve de otra manera. La Catedral de Santa María de Lugo aparece a la altura de la mirada, mientras el entramado urbano se despliega a ambos lados.

No es un mirador puntual, sino un recorrido continuo que permite entender la ciudad en movimiento, casi como si se tratara de una antigua ronda convertida en paseo contemporáneo.

Pero Lugo no se termina en su muralla. Bajo el suelo que hoy pisan los visitantes, la ciudad romana sigue intacta en muchos puntos.

La llamada Casa de los Mosaicos permite observar cómo eran las viviendas señoriales, con sus suelos decorados y sistemas de calefacción, mientras que el cercano Templo de Santalla de Bóveda ofrece un ejemplo singular de arquitectura religiosa romana cuya función exacta aún genera debate entre historiadores.

A orillas del río Miño, encontramos las termas romanas que recuerdan cómo el bienestar también formaba parte esencial de la vida en la antigüedad.

Parte de sus estructuras se conservan integradas en instalaciones actuales, lo que permite apreciar la continuidad entre pasado y presente sin necesidad de grandes reconstrucciones.

Muy cerca, el puente de origen romano sigue cumpliendo su función, resistiendo siglos de tránsito y cambios sin perder su esencia.

Todo este conjunto convierte a Lugo en algo más que un destino histórico, sino que es un espacio donde la arqueología no está aislada, sino integrada en la vida diaria.

Las tabernas, la gastronomía gallega y el ritmo pausado de la ciudad conviven con restos que en otros lugares estarían protegidos tras vitrinas. Aquí, en cambio, forman parte del paisaje cotidiano.