Santuario-fortaleza de Ujué, Navarra.

Santuario-fortaleza de Ujué, Navarra.

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Parece la Toscana, pero está en España: el pueblo del siglo IX con 300 habitantes perfecto para ir en primavera

Este es uno de esos lugares que por la combinación perfecta de elementos que integran no solo se visitan, se recuerdan para siempre.

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Hay lugares que parecen detenidos en el tiempo. Pueblos que conservan intacta la esencia de la Edad Media y que, al visitarlos, hacen sentir al viajero como si hubiera cruzado una puerta hacia otro siglo.

En el norte de España existe uno de esos destinos que sorprenden desde el primer momento: una pequeña villa coronada por una fortaleza religiosa que domina todo el paisaje.

Se trata de Ujué, un pueblo situado en lo alto de una sierra a más de 800 metros de altitud. Desde allí se despliega un paisaje de valles y montes que parecen infinitos. A apenas 53 kilómetros de Pamplona y a unos 20 de Tafalla, esta pequeña localidad es considerada una de las joyas medievales mejor conservadas del país.

Su encanto no es casual. La villa forma parte de la red de Los Pueblos más Bonitos de España, una distinción que solo reciben aquellos lugares que conservan un patrimonio histórico y arquitectónico excepcional.

Pero si hay algo que convierte a este pueblo en un destino imprescindible es su espectacular santuario-fortaleza, una construcción medieval que domina el horizonte y que parece vigilar el paso de los siglos.

Un santuario medieval

El gran protagonista de la visita es el imponente Santuario de Santa María de Ujué. Levantado entre los siglos XI y XIV, este templo es una de las obras más impresionantes de la arquitectura medieval navarra.

Su silueta, mezcla de iglesia y fortaleza, se recorta sobre el cielo como si fuera un castillo. No es casual: durante siglos cumplió funciones tanto religiosas como defensivas, en una zona estratégica entre los Pirineos y las tierras del valle del Ebro.

La historia del santuario está rodeada de una leyenda que forma parte del imaginario del pueblo. Según la tradición, un pastor observó cómo una paloma entraba y salía repetidamente de una cueva. Intrigado por el comportamiento del ave, decidió acercarse y explorar el lugar.

Santuario-fortaleza de Ujué, en Navarra.

Santuario-fortaleza de Ujué, en Navarra. iStock

Dentro encontró una talla de la Virgen. Aquel hallazgo se interpretó como una señal divina y se decidió construir una pequeña capilla en ese mismo punto. Con el tiempo, aquella sencilla construcción se transformó en el gran santuario que hoy domina la villa.

El nombre del pueblo también estaría relacionado con esta historia. Ujué procede del término vasco Uxoa, que significa precisamente "paloma".

A lo largo de los siglos el edificio fue ampliándose y evolucionando. Primero con una iglesia románica y posteriormente con elementos góticos que añadieron mayor monumentalidad al conjunto. Hoy todavía pueden apreciarse bóvedas de medio cañón, muros robustos y una nave gótica que reflejan esa mezcla de estilos.

En su fachada norte se encontraba además el antiguo patio de armas del castillo que protegía la zona. Aunque hoy solo se conserva el aljibe que almacenaba agua durante los asedios, este vestigio recuerda el importante papel defensivo que tuvo el enclave en el pasado.

Esencia medieval intacta

Visitar Ujué no significa únicamente descubrir su santuario. El verdadero encanto del lugar aparece al recorrer su casco histórico, un entramado de calles estrechas y empinadas que serpentean entre antiguas casas de piedra.

El conjunto urbano está catalogado como Conjunto Histórico-Artístico y conserva prácticamente intacta su estructura medieval. Pasear por sus callejones empedrados es como viajar varios siglos atrás.

La villa tiene menos de 200 habitantes, pero su historia es enorme. Se sabe que la zona estuvo habitada desde la Edad del Bronce y que más tarde se convirtió en una importante plaza defensiva del Reino de Pamplona.

Desde lo alto del pueblo, donde se levanta el santuario, se obtienen algunas de las panorámicas más impresionantes de Navarra. En los días despejados es posible contemplar la ribera del Ebro e incluso distinguir la silueta del Moncayo en el horizonte.

El entorno natural también añade un valor especial a la visita. El pueblo se sitúa entre diferentes sierras y paisajes únicos del norte peninsular, y relativamente cerca del espectacular parque natural de las Bardenas Reales.

La combinación de naturaleza, patrimonio e historia convierte a este lugar en una escapada perfecta para quienes buscan descubrir rincones auténticos.

Caminar sin prisa por sus calles, detenerse en sus miradores o contemplar el atardecer desde la fortaleza son experiencias que explican por qué este pequeño pueblo navarro figura entre los destinos más especiales del país.