Mike Tyson con una paloma en las manos.

Mike Tyson con una paloma en las manos.

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Mascotario

Mike Tyson confirma que la primera cosa que amó en su vida fue una paloma: ahora cuida a más de 100 palomares

Mucho antes de la fama, el boxeador estadounidense encontró en las palomas un refugio, una lealtad silenciosa y un contraste a la violencia del mundo que lo rodeaba.

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Angelica Rimini
Publicada

Mike Tyson siempre ha estado rodeado de ruido, de gritos de público, cámaras, titulares, dinero, violencia. Sin embargo, mucho antes de todo eso, entre edificios grises y calles peligrosas, un niño tímido y tartamudo encontró algo que no quería golpear ni temer, sino cuidar: las palomas.

Creciendo en uno de los barrios más duros de Nueva York, Tyson vivía en un entorno marcado por la pobreza, los abusos y las peleas constantes. Las calles le enseñaban a endurecerse, a no mostrar debilidad, a responder con violencia antes de ser víctima.

Pero en las azoteas, con sus pájaros, se permitía algo que en cualquier otro lugar habría sido casi imposible: ser vulnerable. Allí las alimentaba, limpiaba el palomar, observaba cómo regresaban una y otra vez.

Él mismo ha dicho que "la primera cosa" que amó en su vida fue una paloma, porque le daban calma y compañía cuando todo alrededor era caótico. No fue una persona, ni un objeto, ni el boxeo, sino un animal pequeño al que casi nadie presta atención.

Una lealtad silenciosa

En esas aves encontró un tipo de lealtad silenciosa. No juzgaban, no gritaban, no abandonaban. Siempre volvían. Para un niño que crecía sintiéndose constantemente amenazado y menospreciado, esa constancia fue una forma de refugio emocional.

Paradójicamente, esa misma relación con las palomas fue también el detonante de la violencia que más tarde definiría su imagen pública. Tyson ha contado que su primera pelea seria comenzó cuando otro chico mató una de sus palomas delante de él.

Ese acto no solo fue una crueldad gratuita, fue una invasión directa al único espacio de ternura que tenía. La respuesta fue inmediata: por primera vez, Tyson se lanzó a pelear no por ego, sino por defensa de algo que amaba.

En cierto sentido, su carrera de boxeador arranca ahí: en la rabia desatada por la destrucción de un vínculo afectivo. A partir de entonces, el niño de los tejados se fue convirtiendo en el joven que dominaría el ring con una ferocidad pocas veces vista. La fama llegó rápido, el dinero también.

Paciencia y responsabilidad

En varias entrevistas, Tyson cuenta que los pájaros le enseñaron paciencia y responsabilidad, porque debía atenderlos todos los días, lloviera o no. También los describe como animales muy inteligentes y leales, que le ayudaron a conectar con su lado más compasivo.

Más allá de la figura construida en torno a su símbolo de fuerza bruta y campeón del peso pesado, lo que realmente le empujaba a seguir adelante fue su amor por las palomas. Incluso en sus años de mayor éxito, Tyson mantuvo palomares y siguió involucrado en el mundo de las palomas mensajeras y de carreras.

En la serie Taking on Tyson, por ejemplo, se le ve compitiendo con otros colombófilos, como un hombre obsesionado por estos animales. En el ring, su talento se expresaba en explosiones rápidas de violencia controlada. Con las palomas, en cambio, el tiempo funciona de otra manera.

No se puede acelerar el regreso de un ave ni obligarla a confiar. Hay que esperar, observar, repetir gestos cotidianos sin esperar aplausos. En un mundo en el que todo alrededor de él se medía en victorias, derrotas, títulos y dinero, las palomas representaban algo casi subversivo: la importancia de lo pequeño, de lo que no se ve, de lo que nadie celebra.

Con los años, cuando su carrera deportiva terminó y su vida quedó marcada por escándalos, bancarrotas y reinvenciones, las palomas siguieron ahí. "El boxeo se acabó, pero las palomas siguen aquí", ha dicho, subrayando que, a diferencia de la fama y el éxito deportivo, ese vínculo no tiene fecha de caducidad.

En entrevistas recientes, Tyson ha llegado a decir que tiene cientos, quizá incluso alrededor de un millar de palomas, repartidas en distintos lugares, y que ha pasado más tiempo con ellas que haciendo cualquier otra cosa.