Una imagen de la fachada.

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Adiós a La Cadena: cierra tras más de 50 años la ferretería que vio nacer al barrio de La Luz de Málaga

Tras más de medio siglo de servicio, asesoramiento y anécdotas, el histórico establecimiento de la calle Berruguete cierra una etapa para la pena de los vecinos.

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Las claves

La ferretería La Cadena, referente del barrio de La Luz en Málaga durante más de 50 años, cerró sus puertas el 31 de marzo tras la jubilación de su trabajador Paco.

Julio, el propietario, recuerda cómo la tienda creció junto al barrio, adaptándose a las necesidades de los vecinos y convirtiéndose en un punto de encuentro y asesoramiento.

El cierre de La Cadena simboliza la desaparición progresiva de los pequeños comercios tradicionales que han dado vida a las calles del barrio.

Julio valora la relación de confianza con sus empleados y clientes, y espera que alguien quiera continuar con el negocio, aunque también ha recibido ofertas para convertir el local en viviendas.

En la esquina de la calle Berruguete, en el barrio de La Luz de Málaga, Julio traga saliva pensando en que una etapa se ha acabado para siempre. Es el propietario de la ferretería La Cadena, que ha acompañado la vida cotidiana del barrio durante décadas y que el pasado 31 de marzo cerró por la jubilación del trabajador al que tenía contratado, Paco.

"La verdad es que ha llegado su jubilación y tocaba tomar una decisión... Y la verdad es que no lo tengo asumido. Yo estoy a un año de los 80, hace ya bastante que me jubilé, pero esto ha sido mi vida", expresa.

Le da pena que un barrio como La Luz vaya viendo cómo sus negocios pequeños, esos que han dado vida a sus calles durante años, van cerrando poco a poco. "Sobre todo, porque he visto desde mi ferretería a este barrio nacer", cuenta Julio, que recuerda sus primeros días en la zona. La barriada estaba, dice, "a medio construir" y las calles muy tranquilas. "Aparcaba donde quería porque apenas circulaban coches y ahora es imposible aparcar", dice entre risas.

Allí vio un filón para su idea de negocio. Comenzó a analizar por qué calles transitaban más los vecinos de un barrio en ebullición. "Tuve claro desde el principio que aquí se iba a mover mucha vida. Y no me equivoqué", relata el hombre, que asegura que desde el principio nunca le faltó trabajo.

Se iba adaptando a lo que le pedían sus vecinos. "No sé cuántos toalleros de metacrilato vendí. Estaban muy de moda. Y las parejas estaban poniendo la casa en ese momento. Entre toalleros y todas las placas para las lámparas...", recuerda.

Antes de abrir la ferretería había trabajado en construcción. Estudió para ser técnico industrial y participó en obras de gran tamaño. Pasó también por la fábrica de Ford en Almussafes. Aquella etapa en la Comunidad Valenciana le hizo muy feliz, pero terminó de una forma rápida y casi impulsiva.

Nos dieron quince días de vacaciones en Navidad. Yo facturé algunas cosas, metí otras en el coche y me vine para Andalucía. Ni me despedí. El finiquito me lo mandaron después. Me empezaron a pedir el valenciano y yo no estaba dispuesto a sufrir por la barrera del idioma. Sabía, además, que de quedarme más años, íbamos a echar raíces allí y yo quería estar cerca de los míos”.

Granadino de origen, tenía claro que quería vivir cerca de sus padres. Lo explica con una frase que repite varias veces durante la conversación. “A mí el dinero me daba igual. Yo quería estar cerca de mi familia”.

Durante un tiempo estuvo trabajando en obras importantes, incluso recibió propuestas para seguir viajando con nuevos proyectos. “Me dijeron: terminamos aquí y nos vamos a Tarragona, después a Italia y luego a Canadá. Yo lo escuchaba y pensaba: eso es vida de trotamundos. Mi hija crecería lejos de los abuelos y de los primos. Yo no quería eso”, explica el hombre, que se define como alguien "muy familiar".

El giro hacia la ferretería llegó a través de un amigo muy cercano que trabajaba en Málaga, con el que pensó que podía ser una gran idea montar una ferretería. Ese amigo lo puso en contacto con un familiar, veterano ferretero de la ciudad, propietario de la antigua ferretería El Martillo, situada frente a la Tribuna de los Pobres.

Aquella conversación con este histórico comerciante malagueño quedó grabada en la memoria de Julio. “Me dijo una cosa que nunca se me ha olvidado: ‘las medias son para las mujeres’. Yo me quedé mirándolo y le pregunté qué quería decir. Me contestó: si vas a montar un negocio, hazlo bien. Busca un buen sitio y hazlo tú”, recuerda.

Con ese consejo empezó todo. Julio encontró dos locales en esquina en La Luz que unió para usar de tienda y almacén. Él mismo se encargó de gran parte de la estructura interior. Diseñó el espacio, montó estanterías y organizó el negocio con la ayuda de aquel ferretero que lo orientó en el arranque. “Me puso a uno de sus empleados conmigo. Me decía: esto sí, esto no, esto te va a funcionar, esto lo podrás cambiar si no se vende. Así fui llenando la tienda”, explica.

Una imagen de la ferretería El Martillo.

Una imagen de la ferretería El Martillo.

El movimiento del barrio fue inmediato. Las viviendas se iban ocupando y cada casa necesitaba algo. El ritmo fue tan intenso que antes de un año ya necesitaba ayuda. “Yo no daba abasto. Abría la tienda, me iba a los almacenes, volvía, atendía a la gente y llegaba a casa a las tantas. Un día dije: necesito meter a alguien porque esto no lo puedo llevar solo”, declara.

Con el paso del tiempo la ferretería creció y se convirtió en una referencia en el barrio. Julio pasó de tener una máquina de hacer llaves, a las varias que tiene ahora y hasta cuatro personas trabajando en la tienda.

Sin embargo, como pasó en la gran mayoría de negocios, la crisis de 2008 redujo el ritmo de la ferretería y la plantilla. El negocio continuó adelante con menos empleados hasta que quedó prácticamente en manos de Paco, el trabajador que se ha jubilado ahora tras 35 años en el local. Julio habla de él con un respeto y agradecimiento evidente. “Jamás hemos tenido una discusión. Ni una”, afirma.

Recuerda muchas situaciones cotidianas en las que decidió proteger la autoridad de su empleado delante de los clientes. “Llegaba alguien, Paco le decía un precio y entonces miraban para mí. ‘Como está aquí el dueño, a ver si me hace una rebajita’. Yo siempre decía lo mismo: ¿qué te ha dicho Paco? Pues eso es lo que vale. Ahora mismo el dueño es él”, cuenta Julio con una sonrisa.

Ese ambiente de confianza marcó también la relación con los vecinos. En la tienda se vendía material de ferretería, aunque el trato con la gente iba siempre mucho más allá de una simple compra.

“Cuando empezó el boom de las grandes superficies, venía gente con cosas de Leroy Merlin o de Ikea cada dos por tres: ‘Mire usted, esto ha venido sin tornillo’. Les buscábamos los tornillos adecuados o hasta les ayudábamos a montar lo que fuera. Muchas veces era más asesoramiento que venta”, asevera.

Por ende, le faltan dedos para numerar anécdotas con sus clientes, que además de vecinos, se convirtieron en amigos. Una de ellas tiene que ver con una mujer mayor a la que ayudaron con un arreglo pequeño.

“Era una abuelita. Le hicimos un trabajo que no tenía importancia y no le cobramos nada. Al día siguiente volvió con una botella de leche y una caja de galletas como regalo, porque eso, decía, siempre viene bien. Venía tan contenta que nos dio hasta vergüenza decirle que no nos lo diera”, recuerda.

La ferretería también fue durante años un lugar donde algunas personas encontraban conversación. Julio habla de mujeres mayores que pasaban por allí para charlar un rato. “Venían porque estaban aburridas en sus casas. Se sentaban un momento y hablaban”, cuenta.

Entre todas esas historias recuerda especialmente a una que vivía sola tras la muerte de su marido. “Se sentaba allí y me decía: ponme los toros. Tenía una televisión pequeña y se quedaba viendo la corrida mientras hablábamos. Me dijo un día que con la única persona con la que hablaba era con nosotros”, explica.

Otra clienta acudía a la ferretería para contarle problemas de pareja. Julio recuerda cómo una tarde la mujer llegó convencida de que quería separarse. Él la escuchó y trató de darle su opinión. Pasaron unos meses y regresó con otra noticia. “Me dijo: ya me he divorciado”. El relato no termina ahí. Un tiempo después volvió con una historia que todavía hace reír a Julio. “Me dice: mi exmarido ha ganado el gordo de la lotería. Yo le dije: si no habíais cerrado los papeles cuando le tocó, algo te corresponde. Tiempo después volvió y me dijo que sí, que había cobrado su parte”, cuenta.

Julio odia los protagonismos. De hecho, cuesta convencerle para la entrevista (se resistió a la foto), pues se considera "alguien muy normal" que hizo las cosas "como las vio mejor". "Mi padre siempre me dijo que tenía que decir la verdad, y eso lo he cumplido. Jamás he mentido a nadie, he sido honrado y he ayudado a quien lo necesitara de corazón", sostiene.

Por eso, dice, jamás ha mirado por encima del hombro a ninguno de sus empleados y ha confiado al máximo en ellos y en sus clientes. Es muy creyente y lleva tatuado el corazón de Jesús en el pecho. "Aquí somos administradores de nuestras vidas, pero el dueño está ahí arriba. Así funciona todo", detalla.

Ha formado una familia grande a la que adora, pero siente devoción con sus nietos, sus soles. Esos que saltan en el sofá de la terraza y a los que piensa darles todo lo que le pidan. "Ellos me reblandecen. A veces me dicen que no les dejan comer algo en casa... Y yo acabo dándoselo, lo reconozco", dice con una sonrisa. Cada vez que iban a verle a la ferretería, sus nietos acababan siempre cogiendo lo que quisieran. "Que se llevaban un candado, pues muy bien, ellos eran felices con cualquier cosa", expresa con una sonrisa.

Ahora la tienda está cerrada, aunque el interior sigue lleno y no termina de saber qué hará con el material, si liquidarlo por plataformas web, intentar venderlo todo con el local... Pero no tiene prisa. Escucha cada oferta con calma para no equivocarse de opción. Tiene claro que su objetivo es intentar encontrar a alguien que quisiera seguir con un negocio similar al suyo. Aunque también ha recibido ofertas para hacer viviendas. "Ver el negocio de toda mi vida, al que he dedicado tiempo, dinero y esfuerzo, convertido en una casa... Sería duro, pero a ver cómo evoluciona todo", concluye.