Estudiantes universitarios, en imagen de archivo.

Estudiantes universitarios, en imagen de archivo.

Vivir

Así son los mejores estudiantes de la UMA: autoexigencia y la curva del olvido como mantra

La UMA reconoce a los alumnos estudiantes que llegaron con las mejores nota de selectividad. Estas son las historias de dos de ellos. 

16 abril, 2023 05:00

Cada año, la Universidad de Málaga (UMA) reconoce a sus mejores estudiantes en su afán por premiar las altas dosis de talento y esfuerzo de las que pueden presumir. Son los últimos en cruzar sus puertas con las notas más altas de selectividad bajo el brazo pero, tras ellas, esconden las historias de muchas horas de estudio y sacrificios para llegar adonde están hoy.

Tania Gómez es de Benalmádena y estudió en el IES Ibn al-Baytar. Comenzó el pasado septiembre a estudiar Medicina tras sacar un 13,95 en selectividad. Siempre ha sido de sacar notas altas y de “esforzarse lo máximo siempre”, sobre todo, debido a su autoexigencia. “Todo el tiempo que podía se lo dedicaba al estudio”, cuenta a EL ESPAÑOL de Málaga.

Esta dedicación la ha llevado en los últimos años a sacrificar algunas cosas “como el deporte”, aunque ha intentado no descuidar, por ejemplo, a sus amigos. “En segundo de bachillerato salía menos, pero intentaba que cada semana o dos semanas salir y despejarme porque tampoco es sano estar tanto tiempo estudiando”, asegura.

No se considera meticulosa, dice que simplemente se lo toma “muy en serio”. Por eso, cuando la pandemia llegó revolucionando todos los esquemas del modelo educativo presencial cuando estudiaba cuarto de la ESO, el miedo se apoderó de ella: “Veía todo el temario que habíamos dejado sin dar y pensaba que no llegaba a bachillerato lo suficientemente preparada”.

Por eso dedicó todo el verano a bucear entre videos de YouTube sobre técnicas de estudio, una de las claves en su formación. “Uso muchísimos métodos diferentes”, explica. Por ejemplo, para Lengua utilizaba la fórmula de crear historias: “Cogía el temario y me inventaba la historia más absurda posible, porque así te acuerdas más de los detalles. Asociaba cada idea, cada suceso, a un personaje literario o a una obra”. Para las asignaturas más de números, hacía “un montón de ejercicios, de exámenes de selectividad años pasados”.

Ahora en la universidad, esta sigue siendo una de sus claves: “La carrera es muy teórica y he recuperado lo que hacía en Filosofía para entender los conceptos más abstractos de las matemáticas”. Para ello, coge una hoja y escribe el índice del tema porque así siente, explica, que se estructura mucho mejor el temario en su cabeza.

Pese a todo esto, Tania nunca ha sido amiga de los esquemas ni los resúmenes. “Conozco a gente que los usa, pero a mí nunca me han servido. Yo veo un resumen y pienso que faltan cosas. Me parece más útil coger los conceptos claves y partir el tema en bloques que estudiarme cada día y que puedo repasar constantemente”.

Porque para no olvidar lo aprendido también tiene técnica: establece un plan basado en la curva del olvido. “Cuento los días en los que debería repetir la información mentalmente, me hago un horario para planificar cuándo tengo que repasar cada cosa, de qué forma y con cuánta intensidad”, afirma.

Con esta metodología de controlarlo todo al milímetro se propuso y ha llegado a la Facultad de Ciencias de la UMA porque lo suyo con las matemáticas viene de lejos. “Siempre he tenido una pasión intrínseca por ellas, tenía muy muy claro que quería estudiar esta carrera”, asegura.

Cuenta que nadie en su entorno le incentivó ese interés, fue “la simple curiosidad que tenía desde pequeña”. “Me gustaba mucho, no solo los números, porque en realidad no va tanto de números, sino del razonamiento que hay detrás de todo proceso lógico y la construcción de estructuras abstractas”.

Ahora sigue viviendo en su casa de Benalmádena y tras una hora y media de viaje que aprovecha para repasar, cruza las puertas de la facultad. Está feliz con la vida universitaria, —“por la libertad que tienes”— y que la carrera es “justamente lo que esperaba”. Cuando piensa en el futuro, no sabe dónde ni cómo acabará. “Soy consciente de que en Matemáticas hay muchas salidas, pero todavía no he visto algo que me llame tanto la atención como para estar segura de que quiero dedicarme a eso”. Aun así, tiene claro que le gustaría hacer un Erasmus en Alemania, Suiza o Austria y acabar en el extranjero. “Me gustaría irme, irme fuera”, afirma.

Tampoco se ve en España Nicolás Garrote, que tras sacar un 13,9 en selectividad, ha comenzado el doble grado de Ingeniería Mecánica y Diseño Industrial y Desarrollo del Producto.

Vive en el Rincón de la Victoria y estudió en Maristas, donde fue “un alumno ni muy bueno ni muy malo” —“aprobaba, pero nada excelente”, cuenta— hasta que llegó a bachillerato y metió “el turbo”. “Antes no veía una finalidad clara más que aprobar, pero ahí empecé a tomármelo en serio porque me jugaba entrar en la universidad”.

Tenía también muy claro adónde quería llegar: “Siempre me han gustado las matemáticas, la física y el dibujo técnico, mientras que la historia, el arte, la lectura me han costado más. Pero, sobre todo, siempre me ha atraído el mundo del deporte de motor, yo quería trabajar de ingeniero, aunque antes no tuviera claro cómo llegar”.

Se considera muy autoexigente —“siempre necesito mi mejor versión y soy muy autocrítico, me centro mucho en mí, aunque eso me provoca pasar malos momentos”— y por eso cuando hace una cosa, se enfoca mucho, “quizá demasiado”. Durante el bachillerato, se centraba mucho en los exámenes y en la época de selectividad, “solo existía la selectividad”, afirma.

A diferencia de Tania, no ha tenido nunca una técnica de estudio establecida, pero sí una rutina muy marcada, sobre todo en las semanas previas a selectividad: “Me levantaba relativamente pronto, dedicaba la mañana a la asignatura que se me hiciera más liviana y la tarde, cuando estoy más activo, a las que me costaban un poco más”. En las más prácticas, se dedicaba a hacer exámenes y en las de letras tiraba de memoria. “Me pasaba el día hablando en alto por la casa”, explica.

Sabía que el cambio a una universidad “iba a ser fuerte” y lo nota especialmente en la metodología de las clases y en que “los profesores son más despreocupados y tienes que sacar las cosas por ti solo”. “Me ha costado bastante adaptarme, pero ya lo llevo mejor”, reconoce.

Su idea es acabar la carrera y aprovechar las oportunidades que le da la UMA para “curtirse” en el mundillo del motor. Pero en el futuro, “con un trabajo ideal”, le gustaría irse fuera de España.