El verano da para mucho: trabajar hasta el mediodía, dormir la siesta y, sobre todo, recuperar esas lecturas que durante el resto del año se quedan esperando pacientemente en la mesilla.
Me encontré con una de esas noticias que consiguen arrancarte una sonrisa y, unos segundos después, hacerte pensar en qué tipo de sociedad estamos construyendo. El titular no podía ser más surrealista: “Activista compra todas las langostas de un restaurante en Ibiza para liberarlas”.
La intrahistoria comenzó unas horas antes. Una turista celebraba su cumpleaños en un glamuroso chiringuito de la isla. Un grupo de amigos la acompañaba en su generosa celebración, entre bañeras de bebidas de miles de euros. Al caer la tarde, siguieron con la fiesta en el interior del local, con intención de cenar.
Sin embargo, uno de los camareros se percató de que la cumpleañera llevaba un rato llorando y fue en su ayuda. Al preguntarle el motivo de su desasosiego, señaló con compasión la pecera de langostas y expresó su dolor inmenso al saber que aquellas criaturas no podían nadar en libertad y su deseo de liberarlas. Un Salvar a Willy psicodélico.
El camarero, que por casualidad tenía conocimientos veterinarios, le explicó que no eran especies autóctonas ni langostas, sino que eran bogavantes y venían de Canadá, por lo que soltarlos en las aguas cálidas de Baleares garantizaría su muerte. Es más, podían convertirse en una especie invasora, por lo que no estaba permitido liberarlos.
La activista obvió la explicación científica. Su corazón le decía que debía salvar a aquellas criaturas y ni la ciencia ni pequeños inconvenientes, como que los bogavantes no pudieran sobrevivir en aquellas aguas, iban a interrumpir su buena voluntad.
Finalmente, tras más de dos horas de llantos y conversaciones etílicas, los amigos se unieron para comprar entre todos las langostas (¡qué eran bogavantes!) y liberarlas como regalo de cumpleaños. El regalo rondó los tres mil euros.
La alegría de la protagonista, besando a las langostas (en este punto ya nadie se preocupaba del matiz de su especie), fue apoteósica. El vídeo todavía cuelga en Instagram y merece la pena su visionado. Para evitar su muerte inmediata, los crustáceos deben introducirse en el agua de forma gradual, en tres ocasiones, lo que viene siendo algo parecido a una ahogadilla. Y así lo hicieron los diligentes trabajadores del local en cuestión. Surrealismo en estado puro.
Puede ser una anécdota graciosa del verano en Ibiza, otro episodio de excesos de una isla acostumbrada a ellos. O puede ser también un pequeño retrato de nuestra época: una sociedad en la que el deseo individual, por absurdo que sea, parece tener cada vez más fuerza que la realidad.
Porque la historia tiene algo casi perfecto. Una mujer llora porque unas langostas no son libres. Un camarero le explica que liberarlas las mataría. Ella decide que hay que liberarlas igualmente. Sus amigos gastan tres mil euros para hacerlo. Y, para terminar de rizar el rizo, las langostas tienen que pasar por tres ahogadillas antes de llegar a la libertad que, en principio, venían a disfrutar.
Todo esto, mientras alguien graba el momento para Instagram.
Quizá lo más divertido de la historia sea que nadie parece haber querido escuchar más allá de su propio capricho. Ni a la ciencia, ni al camarero, ni siquiera confirmar de qué animal se trataba (¿podríamos denominarlo apropiación animal?) Lo importante era hacer lo que se sentía correcto en ese momento.
Y quizá ahí esté la pequeña radiografía de nuestro tiempo. Tenemos una enorme capacidad para emocionarnos, indignarnos y sentirnos buenos. Mucho más limitada, a veces, para preguntarnos si lo que estamos haciendo tiene algún sentido.
En fin, tres mil euros, unas langostas canadienses, un chiringuito de Ibiza y una ahogadilla de tres tiempos. Si esto no es una buena historia de verano, que venga Dios y lo vea.
Lo dicho: hay una especie en vías de extinción y no son las langostas canadienses.