No le presté demasiada atención al eclipse del 12 de agosto, porque me acababa de incorporar a la rutina del trabajo tras dos semanas de vacaciones, y cuando lo hice ya fue demasiado tarde. En casa todos vivían ajenos al acontecimiento astral, por pereza, por vacaciones o por estudios, así que cuando intenté transmitir algún mínimo entusiasmo me topé con un muro de incomprensión.
El mismo miércoles por la mañana quise hacerme con unas gafas homologadas para subir a la azotea de mi edificio y sumarme a los vecinos que hicieran lo mismo, pero ya era demasiado tarde, ni en las ópticas ni en los grandes almacenes quedaba nada, y me tuve que conformar con verlo por la tele, una opción a priori secundaria y triste, pero que resultó maravillosa y emocionante.
Me tiré varios días, eso sí, convencido de que había un libro muy conocido, o una película, que se llamaba precisamente La noche del eclipse, pero no di con la tecla. Tras mucho pensar, estoy bastante seguro de que mezclé en mi desconectada imaginación veraniega la película El año del cometa, que va sobre una botella de vino embotellada (perdón por la redundancia) justo al paso del cometa Halley en 1811, cuando Napoleón aún dominaba Europa, y la novela española de culto El día del Watusi, de Francisco Casavella, un novelón ambientado en la Barcelona canalla de la Transición, y que ha conseguido que cada 15 de julio, día de arranque de la trama del libro en 1971, se conmemore el Día del Watusi en la comunidad de seguidores de Casavella, aficionados a la buena literatura, y gentes de todo tipo y condición.
Así que me encontré con ganas de escribir sobre el eclipse, pero huérfano de referencias cinematográficas o literarias más allá de algún relato de Monterroso, siempre desmitificador. En la retransmisión televisiva, mientras llegaba el punto álgido, me entretuve con las conexiones en directo con puntos tan dispares como Asturias, el observatorio de Yebes (Guadalajara), Alcanar (Tarragona) o el complejo megalítico de Menga, en Antequera, cuya vinculación con el sol y las estrellas ha sido adecuadamente estudiada y demostrada.
En Menga, la Sociedad Malagueña de Astronomía (sin G) había preparado un dispositivo importante, con telescopios, formación e información adecuadas, pero el periodista de La 1 dejó a su portavoz con la palabra en la boca para irse corriendo a buscar a una pareja que disfrutaba del evento a la sombra de un olivo, sentados en una manta en el suelo, y gracias a esa veloz carrera descubrimos que eran de Murcia y que llevaban menos de un año casados. Cosas del directo. Nada mejor que una dosis inesperada de felicidad conyugal anónima para volver a creer en los astros y sus mensajes ocultos.
Pero no todo fue así de ligero. Mientras veía en directo el eclipse, en casa, tuve la suerte de escuchar la retransmisión de Jacob Petrus, presentador del programa Aquí la Tierra, que consiguió estremecer a los más escépticos.
Su perfecta narración sobre lo que estábamos viendo, sobre nuestra condición infinitesimal y contingente en el universo, logró conmoverme y emocionarme. He buscado en internet el texto completo, las palabras exactas para poder reproducir lo máximo posible de ellas, pero sólo he encontrado un magnífico artículo publicado en El Mundo y firmado por Esther Mucientes para poder recrear, en parte, el momento vivido.
"Todos a uno, pendientes de un mismo cielo, bajo el influjo de esta sombra enorme", fue una de esas frases, a la que luego seguiría otra en la misma línea: "Una sombra que no conoce nuestros idiomas, nuestros conflictos y nuestras pequeñas disputas".
Y de una manera natural y sencilla, sin sobresaltos ni vanidad, Jacob Petrus logró convertir algo a medio camino entre la ciencia y el espectáculo en una declaración universal de principios, en un canto a la convivencia, a lo importante, a nuestra finitud, a lo grandioso inconcebible y que desborda nuestras estresadas vidas cotidianas. Fue una verdadera maravilla.
Más tarde llegaron el Anillo de diamante, que pudimos ver con absoluta nitidez en las pantallas, y las Perlas de Baily, descubiertas por el astrónomo inglés homónimo en el eclipse total de 1835. Uno miraba la tele y buscaba en internet, con el deseo simultáneo de ver y de aprender, de seguir la narración y de saber más sobre todos esos fenómenos astrales tan desconocidos, tan raros y tan apasionantes.
Nuestros astronautas, Sara García y Pablo Álvarez, felices y sobrecogidos, pusieron esa guinda que todos esperábamos, haciendo hincapié en el silencio que se había hecho a su alrededor durante los 90 segundos del eclipse, y recordando que el fenómeno se había producido “gracias a la luna”. Tan sencillo como científico, incontestable. Y es que, como dijo el gran divulgador Carl Sagan, “el universo es un forjador de carácter y humildad”.
Terminó la retransmisión y nuestras vidas volvieron a su ritmo normal. Hoy, jueves 13, cuando escribo este artículo, es el turno de los periódicos, de sus reportajes, de las anécdotas vividas. En Málaga ya se habla del eclipse de 2027, que se verá mucho mejor desde aquí que el que acabamos de presenciar, y que convertirá a Ceuta y Melilla, siempre en los focos por otros motivos, en las ciudades españolas donde mejor se podrá ver este nuevo ocultamiento lunar del sol.
Y uno, que cuando era adolescente se empapó de la ciencia ficción de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o Ray Bradbury, por citar a los más destacados, sintió durante casi una hora esa emoción intensa y pacífica que sólo este tipo de fenómenos puede transmitir, para terminar el día agradecido y entusiasmado, y deseando, como Jacob Petrus, que ese momento de paz y de tranquilidad, todos juntos mirando hacia arriba, no se terminara nunca.
La tarde del eclipse fue maravillosa y mágica, singular y excepcional, y así lo recordaré todo el resto de mi vida, también cuando el calendario me atosigue y los días y las noches se sucedan con puntualidad terrestre y la bendita rutina habitual.