Llega la última semana de julio y, con ella, las merecidas vacaciones. El fin de curso de los asesores fiscales siempre llega tarde. Pasamos las últimas semanas trabajando sin descanso, haciendo malabares entre obligaciones profesionales, planes familiares y noches de verano.
Quienes tenemos hijos adolescentes sabemos, además, lo que significa luchar contra el sueño para ir a recogerlos después de alguna de sus numerosas salidas estivales.
Una vez cumplidas las obligaciones fiscales, miramos con deseo ese viaje que llevamos meses preparando. Costa, montaña o una escapada cultural. Nuestros hijos están acostumbrados a conocer mundo y sus gustos son cada vez más exigentes. Ya no resulta tan fácil sorprenderlos.
Sin embargo, uno de mis viajes favoritos de este año no ha sido a ningún destino lejano. Ha sido un viaje al pasado.
Una pequeña escapada familiar a Zahara de los Atunes durante la que, por tres días, volví a sentirme como una niña. Lo recordaba hace poco al leer un artículo de Jorge Marzo en El País sobre el viaje emocional que supone irse de vacaciones con los padres cuando una ya es adulta.
De pronto, los papeles cambian. Tu madre vuelve a prepararte el desayuno. Caminas descalza durante todo el día. Llegas tarde a comer y te regañan por ello. Qué maravilla.
En una casita frente a la playa retrocedí en el tiempo. Una casa de habitaciones pequeñas, en la que compartí dormitorio con mi hija adolescente y pasamos las noches viendo la serie juvenil Off Campus, hasta que su abuela llamaba a la puerta para decirnos que ya era hora de dormir.
Volver de la playa y encontrar el aperitivo preparado. Comer y dormir una siesta sin límite. Levantarte con la única obligación de arreglarte para salir a cenar. Dejar que tu hija pequeña te maquille y que la mayor elija tu outfit.
Contemplar el atardecer con mi marido mientras las niñas van al quiosco con sus primos a comprar un helado. Esperar a mi hermana y a mi cuñado en el chiringuito para tomar una cerveza antes de comer. Asistir a un concierto improvisado después de cenar.
Encontrarnos con un grupo de padres del colegio. Dejar que las niñas recorran solas el pueblo con sus amigas. Que la pequeña se haga trencitas en el pelo. Tomarme un gin-tonic con mi madre.
Leer ese libro que lleva todo el año sobre la mesita de noche. Volver a ver películas antiguas con tus hijas. Pasear por la playa con una sudadera puesta. Sentir que tu única urgencia es correr para no perderte el atardecer. Regresar a ese restaurante especial al que siempre merece la pena volver.
Viajar en familia tiene algo extraordinario. Cuando la dinámica familiar es fluida, los vínculos se refuerzan gracias a una libertad que difícilmente encontramos durante el resto del año.
Puedes desayunar a solas con tu marido mientras los demás pasean por la playa. O compartir unas tortillitas de camarones con tu madre y tu hermana mientras los padres y los niños están escalando.
Y todo funciona porque, durante unos días, nos relajamos. Cambiamos los papeles. Nos desprendemos de las mochilas que cargamos durante el resto del año.
La madre vuelve a ser hija. La hija disfruta de ser nieta. Los talentos se valoran por quién hace la mejor tortilla. Los adolescentes recuperan cierta independencia y los títulos y responsabilidades desaparecen.
He descubierto los viajes en familia hace relativamente poco. Para mí significan regresar a un pasado que nunca existió. Un pasado sin prisas, sin obligaciones y sin cargas. Un pasado que hemos ido reescribiendo con mucho esfuerzo, a base de afecto, paciencia y segundas oportunidades.
Un lugar en el que, por unos días, vuelvo a ser hija.
Y en el que espero poder quedarme durante mucho tiempo.