Carmen abrió el cajón buscando unas gafas. Llevaba más de media hora recorriendo la casa sin encontrarlas. Había mirado sobre la mesita del salón, junto al teléfono, encima del frigorífico e incluso dentro del bolso que había utilizado el día anterior. Las gafas aparecieron donde suelen aparecer casi todas las cosas perdidas: en el último lugar donde uno decide buscar, pero junto a ellas encontró algo que llevaba décadas sin ver.

Era una fotografía antigua, pequeña, en blanco y negro, los bordes estaban desgastados por el tiempo, la imagen mostraba a dos muchachas sonrientes junto a una fuente. Durante unos segundos Carmen se quedó inmóvil, después se sentó. Aquella fotografía había sido tomada en el verano de 1951. La joven de la izquierda era ella, la de la derecha era Isabel, su hermana. Hacía más de setenta años que había muerto. Tenía dieciocho años. La tuberculosis se la llevó antes de que pudiera cumplir diecinueve.

Hoy resulta difícil explicar a las generaciones más jóvenes lo que aquella palabra significaba entonces. Tuberculosis. No era simplemente una enfermedad, era una amenaza, una sombra que entraba en las casas sin pedir permiso, una palabra que las familias pronunciaban en voz baja, una sentencia que muchos médicos apenas podían combatir.

Carmen pasó lentamente el dedo sobre la fotografía. Todavía recordaba la última vez que vio sonreír a Isabel y también recordaba algo que nunca había olvidado: la sensación de impotencia. La de contemplar cómo una enfermedad avanzaba mientras las posibilidades de detenerla eran escasas.

Aquello ocurrió hace más de siete décadas. Sin embargo, mientras observaba aquella fotografía, Carmen comprendió algo extraordinario, millones de personas nacidas después apenas pueden imaginar aquel mundo y precisamente esa es una de las mayores victorias de la medicina.

Las grandes conquistas médicas suelen desaparecer de nuestra vista. Se vuelven tan normales que terminamos olvidando que alguna vez fueron extraordinarias. Hoy nos parece natural que una infección tenga tratamiento, nos parece normal recibir antibióticos, nos parece lógico que determinadas enfermedades puedan detectarse antes de que aparezcan síntomas graves.

Nos parece habitual que una persona sobreviva a dolencias que hace apenas unas décadas eran potencialmente mortales. Nos hemos acostumbrado a ello y quizá esa costumbre sea una de las razones por las que pocas veces nos detenemos a pensar cómo nacen realmente los avances médicos.

Porque los avances médicos no nacen en los hospitales, llegan a ellos. Antes han recorrido un camino mucho más largo, un camino lleno de preguntas, de dudas, de hipótesis, de errores, de pequeños descubrimientos, de años de trabajo silencioso.

Lo que hoy llamamos medicina fue ayer investigación y antes de ser investigación fue una simple pregunta en la mente de alguien, alguien que decidió no aceptar que las cosas tenían que seguir siendo como eran, alguien que quiso comprender mejor una enfermedad, alguien que creyó que debía existir una solución.

La historia de la medicina es, en realidad, la historia de personas que se negaron a aceptar determinados límites. Cuando observamos los grandes avances sanitarios de nuestra época solemos fijarnos en los resultados, vemos la vacuna, vemos el tratamiento, vemos la operación, vemos la curación, pero rara vez vemos todo lo que hubo antes.

No vemos los años de incertidumbre, no vemos los experimentos que no funcionaron, no vemos las investigaciones que terminaron demostrando que una hipótesis era errónea, no vemos las largas jornadas en laboratorios, no vemos la paciencia, no vemos la perseverancia. Y, sin embargo, todo eso forma parte de cada avance médico que termina llegando a nuestras vidas.

La palabra “experimento” suele generar cierta incomodidad. Probablemente porque la asociamos con incertidumbre, con algo provisional, con algo todavía no resuelto, pero existe una verdad difícil de evitar: si nadie hubiera experimentado, seguiríamos viviendo en el mundo que conoció Isabel.

Un mundo donde la tuberculosis mataba; un mundo donde la poliomielitis aterrorizaba a los padres; un mundo donde muchas infecciones eran una amenaza permanente; un mundo donde la esperanza de vida era considerablemente menor.

Cada tratamiento que hoy damos por hecho fue, en algún momento, una apuesta intelectual, una posibilidad, una idea un experimento, y eso no debería producirnos inquietud, debería producirnos admiración, porque investigar significa avanzar hacia territorios donde todavía no existen respuestas.

Significa dedicar años de trabajo a resolver problemas cuyos beneficiarios probablemente serán personas desconocidas, significa fracasar muchas veces para acertar unas pocas.

La ciencia posee una humildad que a menudo pasa desapercibida. No promete certezas absolutas, no promete milagros, no promete perfección. Promete algo mucho más valioso. Promete seguir preguntando, seguir comprobando, seguir aprendiendo, seguir mejorando. Paso a paso, generación tras generación.

Y gracias a ello, enfermedades que aterrorizaron a nuestros abuelos hoy apenas ocupan espacio en nuestras conversaciones. No porque desaparecieran por sí solas, sino porque miles de investigadores dedicaron años de sus vidas a comprenderlas mejor.

Quizá por eso la investigación biomédica sea una de las expresiones más discretas del compromiso humano. Sus protagonistas rara vez aparecen en los periódicos, no suelen ocupar portadas, no generan grandes ovaciones, pero sus descubrimientos terminan formando parte de nuestra vida cotidiana, y cuando eso ocurre, paradójicamente, dejan de sorprendernos. Se convierten en normalidad. La normalidad, esa palabra tan sencilla.

Esa palabra que muchas veces utilizamos sin ser conscientes de que detrás de ella se esconden décadas de conocimiento acumulado, décadas de trabajo, décadas de esfuerzo colectivo, décadas de investigación.

Cuando Carmen guardó la fotografía en el cajón, el sol comenzaba a entrar por la ventana del salón, permaneció unos segundos observando la imagen por última vez, después cerró lentamente el cajón y pensó en Isabel.

Pensó en todo lo que no pudo vivir, en los años que la enfermedad le arrebató, en las experiencias que nunca llegaron, en la familia que nunca formó, en los abrazos que nunca dio, luego se acercó a la ventana. En el parque de enfrente, una niña corría detrás de una pelota, reía, tropezaba, volvía a levantarse, como hacen todos los niños.

Nada extraordinario, nada digno de aparecer en las noticias y quizá precisamente ahí residía lo extraordinario porque hubo un tiempo en que una simple tos podía llenar de miedo una casa entera, hubo un tiempo en que aquella niña habría tenido menos oportunidades de llegar a adulta, hubo un tiempo en que la historia podía terminar de otra manera.

Carmen siguió observando el parque durante unos segundos y mientras la niña desaparecía corriendo detrás de su balón, pensó que tal vez la mayor victoria de la medicina no sea alargar la vida, tal vez sea conseguir que olvidemos cuántas cosas podían arrebatárnosla.