La prensa local se ha hecho eco de una noticia de gran calado que parece anecdótica: el desmantelamiento controlado de una parcela cerca de Sacaba Beach, en los confines del paseo marítimo nuevo, donde se concentraban autocaravanas, furgonetas y todo tipo de nuevas soluciones habitacionales para quienes no pueden permitirse el lujo de acceder a una vivienda digna en la exitosa y cosmopolita ciudad de Málaga.

Este tipo de cosas eran propias, hasta ahora, de Ibiza. La presión de los precios de los alquileres y el hecho de ser una isla llevan años convirtiendo a la joya del turismo del lujo y el ocio descarnado y desbocado en un infierno para los trabajadores que deben, precisamente, atender a quienes disponen de todo el dinero del mundo para disfrutar de noches interminables, aguas cristalinas, almuerzos a precio de oro y ayudas extraordinarias para mantener el frenético ritmo de las noches, mañanas y tardes ibicencas.

Porque resulta que toda esa maquinaria que persigue la satisfacción de los deseos de los muy ricos no funcionaría sin la existencia de esos trabajadores que deben vivir en caravanas, furgonetas, coches, tiendas de campaña o incluso chambaos y chabolas.

Trabajadores con contratos legales cuyos sueldos no les habilitan para vivir con dignidad en el mismo espacio que miles de jóvenes y menos jóvenes que se gastan en Ibiza miles de millones de euros a pocos metros de distancia de esos asentamientos que dan refugio y descanso no a los temporeros del pepino bajo plástico, de los tomates de vocación europea o las fresas tempranas: porque hablamos de camareros, cocineros y limpiadoras, pero también de personal sanitario y de todo tipo de trabajadores, que en Ibiza apenas pueden aspirar a un tugurio compartido porque todo lo que hay ya se ha convertido en alquiler vacacional a precio de diamantes ya pulidos, sin que a nadie parezca importarle demasiado.

Lo vi con mis propios ojos hace unos años, cuando el profesor Juan Franch Fluxá me invitó a un evento académico sobre el tema, y puse el ejemplo de los cruceros: en un barco de estas características caben seis mil personas, pero de esa cifra, al menos 1.500 plazas corresponden a la tripulación, y el resto a los pasajeros y turistas. Si alguien decidiese vender los seis mil pasajes, entonces el barco ni siquiera podría abandonar la dársena del puerto. Recuerdo el silencio de los asistentes, porque la organización corría a cargo de la asociación de propietarios de viviendas turísticas y nadie quería escuchar un mensaje de ese tipo.

Pero la paradoja del crucero no ha hecho más que extenderse, y en las zonas de más tensión habitacional, en los destinos donde más y mejor se comercializan las viviendas turísticas ya llevamos varios veranos viendo el mismo problema. Lo vemos en Marbella, donde trabajadores del Hospital Costa del Sol no pueden encontrar vivienda; lo vemos en Málaga, que de repente ha descubierto la Solución Nomadland, inspirada en la película del año 2020 protagonizada por la gran Frances McDormand. Así que nuestro alcalde propone la habilitación de un espacio municipal en el que puedan establecerse estas nuevas soluciones habitacionales, con más seguridad para todos, tranquilidad de los vecinos y buena voluntad de la administración pública.

Ya sabíamos, los amantes del cine, de esas formas de vivir tan estadounidenses, de esos campamentos de trabajadores a los que no había tratado bien la vida, condenados a vivir o malvivir sobre ruedas, en caravanas enganchadas a la toma de corriente de algún camping perdido en el decadente medio oeste. Lo vimos en The Wrestler, aquella gran película que redimió por una temporada al desaparecido Mickey Rourke, traducida en España como El luchador.

Gente que sobrevive en espacios paupérrimos donde el coste de la vida es tan miserable que incluso ellos se lo pueden permitir. Personas que viven al día, sin cobertura médica, sin apoyo de nadie, personas asomadas al abismo que negocian cada mes sus pagos y trampean todo lo que pueden hasta poder pagar las deudas, aunque tengan que dejarse el corazón en el intento.

La Solución Nomadland que ahora propone Málaga para sus habitantes y trabajadores más precarios podría quizás presentarse como un modelo de éxito en Greencities o en cualquiera de esos eventos destinados a fabricar notas de prensa y a propiciar un desfile de cargos públicos cuyo compromiso con su entorno inmediato no siempre está acreditado por la evidencia.

Está ya uno cansado de estas nuevas Pasarelas Cibeles donde solo se viene a presumir de políticas públicas apenas desarrolladas y evaluadas, donde el bueno de Bad Bunny no podría pensar que Debió Tirar Más Fotos porque es imposible hacerlo, es imposible hacer más fotos y redactar más notas de prensa, porque para eso sirven cada vez más estas parafernalias insostenibles de lucimiento político y asueto personal. Para este viaje no hacían falta estas alforjas.

Se impone, pues, el modelo estadounidense, también en Málaga. Toda una paradoja, como la del crucero: tantas ganas de atraer a los nómadas digitales de todo el mundo para acabar convirtiendo a tus propios ciudadanos en nómadas habitacionales, en personas que sólo pueden vivir en cámpings, o en parcelas con acceso a electricidad y a duchas, como la que ahora se propone desde las más altas instancias de la ciudad.

Y lo mejor es que tenemos que estar agradecidos, porque en Ibiza, la cuna del caravanismo para trabajadores, ya se ha deteriorado tanto la cosa que de las autocaravanas se pasó a las furgonetas y a los coches, y luego a las tiendas de campaña y a las chabolas de cartón, como si de una favela se tratase.

Aquí no, aquí vamos a tratar a estas personas, a estos paisanos, con mucha más dignidad y les vamos a permitir que vivan entre nosotros con luz y agua, con orden y concierto, porque Málaga es una gran ciudad, muy leal y muy hospitalaria, la primera en el peligro de la libertad. ¿Y acaso no disfruta de la máxima libertad quien puede coger su autocaravana para irse cuando quiera con la música a otra parte? Menuda suerte, y yo sin enterarme.