A muchos de mis amigos inversores les sorprenderá saber que, en los últimos meses, he estado sobreponderando mis carteras con valores europeos. Y lo que es más: creo que estoy acertando. Si miramos la rentabilidad en euros, Europa ha superado a América en el último año y pico.

Sé que apostar por Europa puede sonar a contracorriente. Al fin y al cabo, está de moda criticar al Viejo Continente: es lento, ineficiente, se queda atrás…Pero, ¿y si precisamente lo que algunos critican son sus mayores virtudes?

El proceso de decisión europeo es lento, sí. Ojalá fuera más ágil. Pero, ¿no es preferible esa lentitud a confiar en las veleidades de un presidente que gobierna según su instinto matutino, sus intereses personales o, en el mejor de los casos, su olfato político?

No niego que a veces acierte —ya sea por conocimiento, intuición o suerte—, pero la democracia deliberativa, esa que tan brillantemente teorizó el filósofo alemán recientemente fallecido Jürgen Habermas, me parece un sistema mucho más fiable y noble.

Las decisiones por consenso son más justas y razonadas. Y no digamos si lo comparamos con el otro gran poder mundial, de naturaleza autoritaria, no democrática, cuya economía semiplanificada provoca graves desequilibrios, entre ellos la desigualdad de riqueza y un mercado inmobiliario en permanente crisis. Prefiero el debate y la búsqueda de consenso europea, con sus defectos, a la arbitrariedad o el autoritarismo, no solo moralmente, sino por sus resultados.

El contexto: ¿Por qué Europa no es el patito feo?

Es cierto que el S&P 500 ha superado al Euro Stoxx 50 en un 2-3% anual en las últimas décadas, y que gran parte de esa diferencia se debe al dominio tecnológico estadounidense. Y no, este dominio tecnológico no va a cambiar en los próximos años. Pero el mundo no es blanco o negro, y Europa tiene más cartas bajo el manga de las que muchos creen.

Hay sectores muy interesados en criticar sistemáticamente a Europa. Algunos lo hacen con motivaciones nobles: incentivar el cambio, el dinamismo, la competitividad. Otros, en cambio, lo hacen con intenciones menos loables: alimentar el discurso nacionalista, xenófobo o directamente destructivo de la extrema derecha. Pero la realidad, como siempre, es más matizada.

El informe Draghi—ese que tanto se cita y tan poco se lee— ya ha visto cómo el 40% de sus medidas se han implementado, según François Villeroy de Galhau, presidente del Banco de Francia. Y el euro, lejos de ser un lastre, cuenta con el apoyo del 82% de la población en los países donde está en circulación. El proceso de unificación de los mercados de capitales europeos es imparable; costará tiempo y esfuerzo, pero llegará, y hablaremos de igual a igual a nuestros queridos amigos americanos también en este campo.

Los datos no mienten: Europa sigue siendo un imán. Los países ricos (Islandia, Noruega) llaman a su puerta, pero también los que no lo son tanto (Serbia, Montenegro, Moldavia, Ucrania, Georgia, Armenia). Incluso aquellos que se marcharon se arrepienten, y una mayoría de sus ciudadanos estarían dispuestos a volver. Y, si llega el caso, deberíamos recibirlos con los brazos abiertos.

Valoraciones: ¿Barato por algo o una oportunidad?

Las empresas europeas cotizan con valoraciones significativamente más bajas que las estadounidenses (16 frente a 23 si miramos el P/Eforward). En parte, es lógico: el crecimiento esperado en Europa es menor, especialmente por el menor peso de la tecnología. Pero, ¿hasta qué punto esa diferencia de P/Erefleja una brecha real y no un prejuicio de mercado?

Porque Europa no es un desierto tecnológico. Dos ejemplos: ASML, la joya holandesa sin la cual no existiría la revolución de los chips, y Mistral, la IA francesa que, en algunos aspectos, no tiene nada que envidiar a sus homólogas americanas.Incluso en la automoción no estamos tan mal.

El reciente anuncio de Volkswagen de recortar 100.000 empleos puede interpretarse de muchas maneras, pero yo lo veo como una apuesta decidida por mantener la competitividad. Porque las marcas americanas y chinas también tienen problemas importantes. La diferencia es que en Europa parecen más aparentes.

Mi apuesta personal (y por qué no me arrepiento)

Así que sí, en mis inversiones financieras estoy dando más peso a Europa. Y no solo eso: uso la IA de Mistral para trabajar y conduzco un coche eléctrico de Volkswagen que, por cierto, es una maravilla de ingeniería alemana. ¿Soy un idealista? Algo sí, desde luego, pero también soy un inversor que ve valor y potencial en Europa.

Europa no es perfecta. Ningún mercado lo es. Pero tiene algo que cada vez valoro más: estabilidad, democracia y empresas sólidas a precios razonables. Y en un mundo donde la incertidumbre es la norma, eso no es poco.