Hay personajes que nunca desaparecen. Solo se cambian de ropa, de “las maneras”…

Hace siglos llegaban a los pueblos subidos en un carro. Aparcaban en la plaza, desplegaban sus pócimas milagrosas y prometían curarlo todo. Lo mismo te quitaban el dolor de muelas que te devolvían el vigor perdido o te arreglaban cualquier desgracia que la vida se hubiera empeñado en ponerte por delante. Hablaban rápido, gesticulaban todavía más y, sobre todo, sabían perfectamente cómo decirle a cada uno exactamente lo que quería oír.

Los llamaban charlatanes. Y, aunque parezca mentira, siguen entre nosotros. Solo que ahora tienen redes sociales.

Reconozco que últimamente pienso mucho en ellos. Será porque siempre me ha gustado observar a la gente. Mirar. Escuchar. Intentar entender qué nos mueve y por qué hacemos lo que hacemos. Y cuanto más miro, más me doy cuenta de que vivimos rodeados de vendedores de certezas en una época que va sobrada de incertidumbres.

Antes los charlatanes llegaban a caballo, en carros tirados por bueyes o por ellos mismos...

Ahora llegan en forma de reel.

Los habrán visto cientos de veces. Son esos que te aseguran que podrás dejar de trabajar antes de los cincuenta. Los que prometen que facturarás millones desde el sofá de tu casa. Los que afirman que la inteligencia artificial lo hará todo por ti mientras tú te dedicas a disfrutar de la vida. Los que venden felicidad instantánea, éxito garantizado y riqueza exprés.

Todo rápido.

Todo fácil.

Todo para ya.

Y ahí, justo ahí, es donde empiezan mis dudas.

Porque si algo he aprendido a estas alturas es que las cosas importantes casi nunca son rápidas. Ni los negocios. Ni el amor. Ni las amistades. Ni la salud. Ni la felicidad.

Mark Twain dejó escrita una frase que hoy cobra más sentido que nunca en cualquier sector de la sociedad, no hay más que mirar al escenario político: «Es más fácil engañar a la gente que convencerla de que ha sido engañada».

Y quizá por eso seguimos picando una y otra vez.

Vivimos en una sociedad que tiene prisa. Mucha prisa. Lo queremos todo para antes de ayer. Adelgazar sin esfuerzo, aprender sin estudiar, triunfar sin equivocarnos y ganar dinero sin recorrer el camino que recorrieron los que llegaron antes.

Nos hemos acostumbrado tanto a la inmediatez que hemos empezado a desconfiar de algo tan sencillo como el esfuerzo. Y eso es peligroso.

Porque mientras aplaudimos al que promete milagros, muchas veces nos olvidamos del profesional que lleva años estudiando, formándose, equivocándose y aprendiendo.

Nos olvidamos del médico que se pasó una década preparándose.

Del abogado que se dejó las pestañas entre códigos.

Del empresario que levantó su proyecto a base de madrugones y de dolores de cabeza.

Del autónomo que sigue peleando cada mes para sacar adelante a su familia acosado por los impuestos.

Nos olvidamos de que detrás de cualquier éxito casi siempre hay una montaña de trabajo que no se ve. Y eso no cabe en un vídeo de treinta segundos.

No tengo nada en contra de la inteligencia artificial. Todo lo contrario. Me parece una herramienta extraordinaria que va a cambiar nuestra forma de trabajar y de vivir. Pero una herramienta sigue siendo una herramienta. No sustituye al criterio. No sustituye a la experiencia. No sustituye al talento. Y, desde luego, no sustituye al sentido común.

Lo preocupante es que algunos han encontrado en ella una nueva máquina de fabricar humo.

Porque el humo siempre se las apaña para reinventarse.

Voltaire decía: «Quien puede hacerte creer absurdos puede hacerte cometer atrocidades».

A lo mejor no hace falta llegar tan lejos, pero conviene no olvidar que, cuando dejamos de cuestionar las cosas, nos volvemos tremendamente vulnerables.

Por eso cada día valoro más una palabra que parece haber pasado de moda: criterio.

Criterio para escuchar. Criterio para elegir. Criterio para distinguir a quien vende conocimiento de quien vende fantasías.

Porque los verdaderos profesionales rara vez prometen milagros. Lo que suelen prometer es trabajo, dedicación y compromiso. Y eso, claro, vende mucho menos.

Los charlatanes de antes desaparecían en cuanto se acababa la feria. Los de ahora no se van nunca: están conectados las veinticuatro horas, metidos en nuestros teléfonos, en nuestras conversaciones y en nuestras decisiones.

Han cambiado los escenarios.

Han cambiado los algoritmos.

Han cambiado las herramientas.

Pero el espectáculo es exactamente el mismo.

Por eso creo que los charlatanes nunca le han tenido miedo al futuro. Lo que de verdad les asusta es el criterio. Porque cuando una sociedad aprende a pensar por sí misma, el humo deja de venderse.

Y quizá esa sea la verdadera revolución que tenemos pendiente.