Hay espectáculos que uno recomienda, y hay espectáculos que uno no puede dejar de ver. Igual que hay actores que no se pueden dejar de ver.

Josep Maria Pou pertenece a esa categoría escasa y casi inexplicable: la de los que convierten cada función en un acontecimiento. Lleva décadas sobre los escenarios y no existe en su trayectoria el fraude, la obra menor, el trabajo a medio gas. Es una marca registrada. Cuando aparece su nombre en un cartel, el nivel está garantizado antes de que se abra el telón.

Gigante, que pasó por el Teatro Cervantes en el marco de la 43ª edición del Festival de Teatro de Málaga, lo confirma una vez más. La obra parte de un hecho real: el verano de 1983, Roald Dahl —el autor de Matilda, de Charlie y la fábrica de chocolate— se enfrenta a las consecuencias de unas declaraciones antisemitas que han sacudido su reputación. Un punto de partida incómodo que la obra no resuelve fácilmente, y en eso reside buena parte de su fuerza. No hay veredicto cómodo. Hay conflicto, tensión.

Pou construye a ese Dahl sin concesiones. Carismático, contradictorio, difícil de juzgar. Pero lo que hace que la función sea lo que es va más allá del protagonista: el elenco entero opera al mismo nivel. No hay nadie que baje la intensidad, nadie que descanse en el trabajo del otro.

Son dos horas largas que el público no siente pasar porque la tensión no afloja. El intermedio llega cargado de conflicto, con esa sensación urgente de necesitar volver a entrar para saber cómo termina. Nadie sale indiferente. Esa es la prueba definitiva.

Y esa prueba tiene un nombre detrás. Pou es de los pocos artistas que entienden que subirse a un escenario es un acto de responsabilidad. El público que compra una entrada, que organiza su noche, que ocupa su butaca, merece que quien está enfrente se lo tome en serio. Siempre. No cuando el teatro está lleno, no cuando la crítica mira, no cuando es estreno. Siempre.

Esa ética, que debería ser la norma y no la excepción, es lo que distingue a Pou de tantos otros. Cada función suya es una promesa cumplida. El espectador sale habiendo recibido exactamente lo que el teatro tiene obligación de dar: verdad, exigencia y la certeza de que valió la pena estar ahí.

En un momento en que mucho teatro aspira a entretener sin molestar, Gigante hace exactamente lo contrario: obliga a pensar, incomoda, deja huella. Es el teatro en su sentido más completo. Y Pou, en el centro de todo eso, recordándonos por qué hay artistas que no son opcionales. Son imprescindibles.