Cuando uno llega a Escocia descubre que es un país rico, pero no en lo que habitualmente consideraríamos riqueza en otras latitudes. Son ricos en agua, en agua potable por más señas. Tanto es así, que el agua es de una calidad muy buena y gratis. No porque no existan costes de captación o distribución, sino porque el país ha sabido convertir un recurso natural excepcional en una ventaja colectiva.

España posee una riqueza comparable, pero mejor, porque ésta es inagotable, como es la luz solar. Sin embargo, seguimos teniendo dificultades para aprovechar plenamente esa ventaja.

Tenemos un recurso natural equivalente al agua escocesa, pero hemos llegado con algo de retraso a la carrera de la generación fotovoltaica y aunque ya se generan unos 34 TWh, estamos muy lejos de Alemania que ya se aproxima a los 75 TWh en 2024, aproximadamente el 25% de toda la producción fotovoltaica de la UE, según datos publicados por la Comisión Europea.

España, dada su latitud, disfruta de condiciones solares muy superiores a las de Alemania: tiene un 50% más de horas de sol al año, la irradiación solar es casi un 70% más, y la producción por panel instalado es un 60% superior.

¿Cómo se explica la paradoja? La respuesta es esta: Alemania compensa su menor recurso, con mucha más infraestructura instalada y una mejor integración del sistema. Entonces, ¿por qué en España no se invierte más en infraestructura?

En España se ha protagonizado uno de los mayores despliegues fotovoltaicos de Europa en muy pocos años, pero la red eléctrica (líneas, subestaciones) no ha crecido igual, de tal modo que dicha red se ha convertido en el gran cuello de botella.

Según los datos de Red Eléctrica de España (REE), aproximadamente un 75% de la red ya no admite nuevas conexiones; hay zonas donde se produce energía, pero no hay cables suficientes para llevarla a la demanda. Se ha producido una saturación de los nodos, de tal forma que muchos puntos no admiten nuevas instalaciones, bloqueando o desincentivando inversión productiva en nuevas industrias o viviendas.

Aquí, en Málaga, recientemente se ha hecho público cómo una fábrica de diamantes sintéticos para chips de alto rendimiento ha renunciado a invertir 1.000 millones de euros en el Tech Park de Málaga por la saturación de la red eléctrica, llevándose el proyecto a Zaragoza. También se ha hecho público que hay más de 20.000 viviendas de obra nueva en la provincia de Málaga paralizadas debido a la saturación y falta de potencia en la red eléctrica, siendo casi la mitad vivienda de protección oficial.

Lo peor es que no se atisba una solución en un plazo inferior a cinco años, según la distribuidora, y la solución que aporta el gobierno es que se liberen los derechos de uso eléctrico de los proyectos que no se ejecutan.

España no tiene un problema de paneles solares; tiene un problema de integración con el sistema.

El éxito de la energía solar está generando una paradoja: en determinadas horas producimos más electricidad de la que la red puede absorber eficientemente. Suena contraintuitivo, pero es clave para entender la situación. En días soleados la solar cubre gran parte de la demanda: hasta aproximadamente un 60% en horas centrales del día. Lo cual provoca que haya momentos con precios cero o, incluso negativos, por un exceso de generación.

En consecuencia, las plantas no son rentables por lo que se cancelan o retrasan proyectos. En el fondo es la misma historia: el mismo cuello de botella que frena la inversión es el que tira los precios al suelo

La inversión está repartida entre varios actores, pero la red eléctrica —el gran cuello de botella— es responsabilidad principalmente de empresas reguladas, es decir, bajo supervisión del Estado.

La generación (plantas solares), es responsabilidad de empresas privadas (Iberdrola, Acciona, etc.) y fondos de inversión. Aunque la inseguridad legislativa afecta mucho, lo cierto es que sí ha habido un gran volumen de inversión.

La red de transporte (alta tensión), es responsabilidad de REE —operador del sistema—, empresa cotizada, pero de control público. Se encarga de las grandes líneas de alta tensión, las subestaciones principales, y de mantener el equilibrio del sistema.

Por su parte, las redes de distribución (media y baja tensión), son responsabilidad de las distribuidoras eléctricas, de carácter privado, pero corresponde al Estado decidir dónde y cuánto pueden invertir y qué retorno tienen las nuevas infraestructuras; en lo que se llama regulación de redes.

Aquí está el punto clave: porque las redes NO son un mercado libre. A diferencia de la generación solar, no se puede construir líneas eléctricas donde no esté planificado, no se puede invertir si no está aprobado, no se puede cobrar libremente… Todo está regulado.

La inversión está limitada por el regulador que fija el retorno: si éste es bajo, existen menos incentivos para invertir. La planificación es lenta a 5 años vista, pero la solar ha crecido en el mismo periodo muy rápido, por lo que va por detrás. El riesgo político y regulatorio genera incertidumbre, frenando decisiones de inversión. Todo ello conduce a un problema financiero lógico: una nueva línea eléctrica cuesta muchísimo, por lo que con un retorno regulado y a largo plazo, no siempre compensa acelerar la inversión.

La inversión en red no la paga directamente el Estado, sino que se paga vía peajes eléctricos (factura de la luz) y tarifas reguladas. Es decir: los consumidores financian la red.

El problema no es falta de dinero privado. Durante años hemos celebrado la instalación de nuevas plantas fotovoltaicas, pero hemos descuidado las infraestructuras que permiten transportar, gestionar y almacenar esa energía. El resultado es un sistema que produce cada vez más electricidad limpia, pero que encuentra crecientes dificultades para aprovecharla.

Si observamos los casos de éxito europeos (Alemania y Países Bajos), hay varias conclusiones que se ven claramente: primera, redes fuertes y bien planificadas: no se colapsan cuando crece la generación; segunda, flexibilidad como pieza clave: almacenamiento (baterías, hidroeléctrica), mercados dinámicos y consumo adaptable; y tercera, interconexión: poder exportar excedentes.

Conviene insistir: España no tiene un problema de paneles solares; tiene un problema de integración con el sistema. Y en este contexto, las baterías están dejando de ser un complemento para convertirse en la pieza estratégica del sistema eléctrico.

Son las grandes eléctricas —Iberdrola, Naturgy, Endesa (ENEL), Acciona— las que están invirtiendo enormes cantidades en baterías, pero ¿realmente quién paga esa inversión?

El Estado junto con la UE financian gran parte a través de distintos programas; y los consumidores también lo hacen, aunque de forma indirecta (vía sistema eléctrico).

Muchas baterías existen porque hay ayudas; todavía no siempre son rentables por sí solas. Pero esto va a explotar en 5–10 años: de MW se pasará a decenas de GW.

Escocia comprendió hace tiempo que la riqueza no consiste únicamente en disponer de agua, sino en contar con las infraestructuras necesarias para aprovecharla. España debería extraer la misma lección de su recurso más abundante. El desafío ya no es producir más energía solar, sino que es transportarla, gestionarla y almacenarla. Porque la próxima batalla del sistema eléctrico no será generar electricidad, sino saber qué hacer con ella.