¡Albricias! Acabo de cumplir 61 años y soy un modelo del 65, parafraseando al maestro Alcántara. Nací en una España y en una Málaga que no tienen nada que ver con la de hoy. Ni la ciudad, ni el país, ni las oportunidades. A los chavales/as de ahora les cuesta imaginarlo. Sin embargo, no me arrepiento del tiempo y lugar en donde nací. Es lo que me tocó. Uno no elige el año, ni la familia, ni el lugar donde nace. Pero sí elige qué hacer con esos mimbres. Y si hay algo que he aprendido es que el legado de cada uno consiste en sacar lo mejor de ese entorno y mejorarlo para los que vienen detrás.

Allá por el año 1993 yo era un joven emprendedor con más ilusión que dinero. Fui uno de esos jóvenes pioneros en el Parque Tecnológico de Andalucía, hoy Málaga Tech Park. Entonces no se llamaba así, ni tenía el brillo internacional que tiene ahora. Era una apuesta, un terreno casi baldío con la promesa de futuro. Y yo estaba allí, con mi proyecto bajo el brazo y una fe ciega.

Ese era mi idealismo, el típico de los veinte y pico años. Puro, a veces ilógico, siempre absoluto. Creía que todo proyecto valía la pena si la idea era buena. Que, si trabajabas 16 horas al día, fines de semana y fiestas de guardar, el mercado te lo devolvía. Que la palabra dada era Ley.

Que el talento siempre ganaba al enchufe, aunque debo reconocer que me hubiera gustado tener algún enchufe, pero un chico como yo de no muy buena cuna se me resistían los voltios. Y me lancé por esos derroteros del mundo de la empresa con la energía de quien no tenía nada que perder y todo por ganar. Esa ambición es la energía que mueve montañas, y no hay que ser profeta para ello.

La vida, claro, te va curando de ingenuidades. Te las va limando con experiencias buenas y malas. Con socios que no eran lo que decían. Con proyectos brillantes que se estrellaron por imponderables que suelen surgir, y que no tenías previsto. Con clientes que te regateaban hasta la dignidad. Con éxitos que llegaron tarde y facturas a pagar que llegaron a su hora.

Ese tránsito es el paso del idealismo al pragmatismo. No es renunciar, es madurar. Ya no te compras cualquier proyecto. Ya no crees a pies juntillas todo lo que te dicen. Empiezas a configurar tus propias opiniones. Y descubres algo curioso, que tus opiniones casi nunca encajan de forma total y absoluta en ningún planteamiento enlatado. Ni en el de un partido político, ni en el de una escuela de pensamiento económico, ni en el de una corriente filosófica, etc.

Ciertamente, te vuelves ecléctico. Y con los años he llegado a la conclusión de que ser ecléctico es una virtud que hay que practicar, porque no viene de serie. Exige formación continua, escuchar, leer, equivocarte, rectificar sin drama y, sobre todo, no acalorarse. No tomar posiciones drásticas porque el viento sopla de un lado. El mundo real no cabe en un eslogan o frase hecha, pero las soluciones tampoco.

El pragmatismo te enseña a distinguir entre lo deseable y lo posible. Entre la idea brillante y la idea ejecutable. Entre el socio que habla y el socio que hace. Aprendes a decir que no. Y ese "no" te ahorra más disgustos que cien "sí" mal dados.

Aprendes que el tiempo es el activo más valioso y que no vuelve nunca. Que rodearte de gente solvente profesionalmente hablando y positiva vale más que cualquier beneficio presente o futuro. Que la reputación tarda 30 años en construirse y 30 segundos en perderse y, lo que es peor, no hace falta hacer nada malo para ello, ya se encargan los que desean tu mal y, además, lo hacen por amor al arte.

Pero ojo, pragmatismo no es enterrar al joven idealista del 93. Sin él no me habría convertido en el empresario que soy. De hecho, el idealismo es la gasolina y el pragmatismo es el volante del coche de tu vida. Con solo combustible y sin rumbo la cosa no pintará bien. De hecho, la madurez consiste en que el joven de 28 años y el de 61 sigan siendo uno y negocien continuamente. Uno pone la ambición, el otro pone la sensatez.

Hoy veo a muchos jóvenes con ideas potentes y me reconozco. También veo a otros esperando el pelotazo, el atajo, la validación instantánea. A todos les diría lo mismo: no renunciéis al idealismo, pero educadlo. Contrastad, medid y dudar, ya que dudar no es debilidad, es un método que hay que aplicar. Y cuando tengáis 60, agradeceréis haber dudado a los 30.

Tampoco todo el mundo llega a este estadio. Hay quien se queda instalado en el idealismo crónico y vive en una frustración permanente porque el mundo no es como debería. Y hay quien se pasa de frenada y cae en las garras de la incredulidad, y ya no cree en nada. Ambos extremos empobrecen.

Me considero un profesional que no aspira a ser encasillado. Y sí, a veces eso incomoda a algunos, ya que vivimos tiempos de etiquetas rápidas. Ya se sabe, si no estás conmigo, estás contra mí. Pues lo siento, mi mix de ideas es solo mía.

En ella tiene encaje el liberalismo económico porque creo en el mercado, en el riesgo y la recompensa que debe tener el que arriesga. Sensibilidad a lo social porque he visto lo que pasa cuando el ascensor social se estropea. Soy también conservador porque hay cosas que funcionan y no hace falta romperlas para parecer moderno. Y tiene parte escéptica porque he visto demasiados vendehumos con PowerPoint o bien manejando la IA sin sentido.Ese pack de ideas configura mi proyecto de pensamiento. Y no, no cabe en unas siglas.

La Málaga de 1993 me hizo y la de 2026 me reta a seguir emprendiendo y desarrollando mi empresa. Y entre una y otra hay un hilo conductor que no es otro que la experiencia y la ambición sana. Por eso debemos estar a caballo entre el idealismo y el pragmatismo. Eso es al final cumplir años con sentido.