Fui al cine con mis hijos varones a ver Torrente, presidente, la última astracanada de Santiago Segura, que bate récords de espectadores y de críticas negativas. Leo en algunos medios que tiene a su alcance la posibilidad de batir a la película más taquillera de la historia del cine en España, que parece ser Joker, del malogrado Joaquín Phoenix, y como economista pienso que quizás alguien debería deflactar estas cantidades para incluir en las comparaciones el efecto de la inflación y las subidas de precios de todos estos años, aunque posiblemente sea mucho pedir.

A nuestro lado estaban sentados cuatro señores de unos cincuenta años, dispuestos a pasárselo bien, al más puro estilo infantil de la canción de los Hombres G. No dejaron de hablar en toda la película, se rieron a carcajadas incluso con las bromas más escatológicas y chuscas -ya saben: caca, culo, pedo, pis-, y se fueron dejando sus asientos convertidos en una pocilga. Pero habían pagado su entrada y allí estaban, disfrutando de lo lindo con una película española hecha por fin para ellos.

Creo que es interesante ir al cine a ver esta nueva entrega de la saga, y también hacerlo con gente joven. Cada secuencia está pensada en forma de gag, así que es difícil no sonreír, incluso reír, cuando descubres de qué va la cosa: cuando identificas al famoso o famosete de turno que se ha prestado para hacer un cameo, cuando detectas la gamberrada escondida tras la selección de personajes, cuando anticipas el próximo disparate políticamente incorrecto que va a salir de la boca del protagonista, o cuando en efecto la tontería escrita en el guion tiene su gracia, siempre con retranca.

La cuestión intergeneracional no deja de ser importante: yo pude explicar a mis hijos qué hacían ahí Carlos Herrera o Bertín Osborne -me reí cuando vi su papel en la película-, y ellos me hablaron de Brianeitor, un influencer o creador de contenido cuyo papel ha molestado a Pablo Echenique, por motivos obvios.

Hay mucha mala baba en la película, claro, mucha provocación, mucho humor de brocha gorda, mucho desfase. Pero sin ser crítico de cine ni sociólogo ni nada parecido me pareció ver también un desafío a las exageraciones de lo políticamente correcto, a la superioridad moral siempre esgrimida por ciertos sectores políticos y culturales, al dictamen de lo que se debe y no se debe decir, de lo que se puede y no se puede hacer.

¿Dónde se colocan los límites, y quién los coloca? Creo que fue Tony Judt, poco sospechoso de nada, quien señaló que en los campus de los Estados Unidos se había conseguido que un simple flirteo se hubiese convertido en algo muy arriesgado, lo que invita a reflexionar sobre los excesos proteccionistas y la consideración de toda la población adulta como un cuerpo homogéneo e infantil al que es necesario volver a educar.

Y aquí viene otra de las cargas de profundidad de la película: la aparición inesperada -perdón por el spoiler- nada menos que de Alec Baldwin y de Kevin Spacey. El primero de ellos, perseguido desde hace años por el disparo accidental de un arma de fuego en un set de rodaje que acabó con la vida de una trabajadora, Halyna Hutchins, un suceso muy desgraciado que casi acaba con su carrera, a pesar de todas las evidencias sobre la fatalidad de aquella muerte.

El segundo, acusado de acoso sexual por varios hombres, casos que fueron desestimados por la justicia tras varios años y que condenaron al actor a la pena de ostracismo profesional y por supuesto a la pena de telediario, que diríamos por aquí. Quien quiera puede buscar en YouTube el discurso de apertura que hizo en la Oxford Union Society, ya readmitido en los grandes círculos: un monólogo inteligente y fantástico lleno de paralelismos entre su propia situación y la tragedia histórica del bufón, del actor.

Comentamos estas circunstancias al salir del cine, que iba a volver a llenarse en la siguiente sesión. La gente salía satisfecha y en la puerta vimos caras cargadas de expectativas, brazos cargados de palomitas y refrescos. Más que criticar la brocha gorda evidente de Santiago Segura, quizás convenga preguntarse, al igual que dice en la pantalla el propio protagonista, si el olfato de Segura sobre la sociedad española no está mejor orientado que el de los estrategas y expertos en comunicación de los distintos partidos políticos.

Porque Torrente reparte en muchas direcciones, y aunque conciba sus películas como una sucesión de chistes y barbaridades no deja de sorprender con algunas andanadas muy bien dirigidas, seleccionadas con inteligencia y ejecutadas con la precisa mala baba que se requiere en estos casos. Y ya que estamos, ¿qué diferencia a Santiago Abascal de José Luis Torrente cuando llama Juanma Moruno a Moreno Bonilla en el inicio de la campaña electoral andaluza?

Salimos del cine, cerca del estadio de fútbol del Arcángel, a tiempo para sumarnos a los amigos de mis hijos que hacían tiempo en el Lorena para ver al Córdoba contra el Zaragoza. En ese bar que convocaba a jóvenes sedientos de ambos equipos, con cervezas a euro y medio y combinados bien servidos a dos y medio, coincidimos con un chaval rapadísimo, amigo de mis hijos, militar en Cáceres: tras un permiso, unos cuantos compañeros aparecieron con pelos degradados y la respuesta cuartelera fue, de nuevo, raparlos a todos, por reguetoneros.

Se me ocurrió sobre la marcha si Torrente, en futuras entregas, dirigirá sus miras y sus bromas pesadas hacia otros estamentos nacionales por ahora intocables: las Fuerzas Armadas, la Judicatura, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o la Iglesia Católica. Veremos si la facilona crítica a los políticos, tan criticables por otra parte, desborda la imaginación de nuestros humoristas y se atreven a nadar en aguas más profundas, a correr más riesgos.

Por la noche, ya en casa, vi con mi hija nada menos que Pulp Fiction, elegida por ella. Un nuevo y diferente ejercicio de paternidad enrollada y responsable: le hablé de los actores, de los orígenes de Tarantino -no muy diferentes a los de Santiago Segura, por cierto-, me fui a fregar los platos de la cena en las secuencias más comprometidas y al final coincidimos en nuestra valoración. Así que el sábado vi dos películas, ganó el Córdoba, ganó el Málaga y estuve con mis hijos en buena compañía casi un día completo. Un día para recordar.