China facilita una tregua en el Golfo mientras nosotros seguimos sin saber dónde guardar la electricidad que generamos.

Sin energía no hay soberanía. Lo volvimos a aprender cuando nuestros amigos nos volaron el Nord Stream. Y lo estamos aprendiendo otra vez, muy a nuestra costa, cada vez que vemos la factura de la luz.

Mientras el barril de Brent superaba los 109 dólares esta semana —según TradingEconomics y Milenio, un 7,78% de subida en una sola sesión—, empujado por las amenazas cruzadas entre Washington y Teherán sobre el estrecho de Ormuz, China llevaba meses haciendo los deberes en silencio.

No exactamente en silencio: con hormigón, turbinas y miles de ingenieros. Y también con algo menos visible pero igual de estratégico: una diplomacia paciente que esta semana ha dado uno de sus frutos más llamativos. Iraníes y americanos se verán cara a cara en suelo pakistaní, en el marco de una tregua de diez días propuesta desde Islamabad con Pekín como arquitecto en la sombra.

No es casual ninguno de los ingredientes. Pakistán no alberga bases militares norteamericanas, es potencia nuclear declarada desde 1998 y es socio estratégico de China en su acceso al océano Índico y a los hidrocarburos del Golfo Pérsico. Irán no iba a aceptar cualquier facilitador: fue escuchando primero a Omán, luego a los Emiratos, después a Egipto, hasta llegar a Pakistán. La razón es elemental.

Solo una potencia con capacidad nuclear real, intereses geopolíticos convergentes y músculo suficiente para actuar como garante puede sentar a los dos contendientes a la misma mesa. Pekín lo sabía. Por eso Islamabad, no Ginebra. Y por eso los anglosajones llevan décadas sembrando inestabilidad en ese mismo vecindario —Afganistán, la tensión Indo-pakistaní, el terrorismo endémico en un subcontinente que en su día partieron en no menos de cinco estados cada vez más a la greña—: para que nadie pudiera hacer exactamente esto.

Conviene recordarlo, porque en esta columna llevamos escribiéndolo desde el primer artículo, en septiembre de 2022: China ya ganó esta competición. Entonces citábamos la Trampa de Tucídides —la tendencia histórica al conflicto cuando una potencia emergente amenaza la posición hegemónica, descrita por Graham Allison— y anticipábamos el cambio de ciclo.

El etnocentrismo occidental sigue sin comprender que en Taiwán hay Han, que la inmensa mayoría de los chinos entiende que es parte de China y que en Pekín se espera pacientemente que caiga como fruta madura sin disparar un tiro. No son solo los chinos: otras culturas de extremo oriente piensan a muy largo plazo.

El ejército chino no es aún tecnológicamente superior al norteamericano, pero ese es ya uno de los pocos campos de ventaja que le queda a Washington. La alianza AUKUS de los sajones de aquel barrio para arrinconar a China es percibida en Asia como lo que es: agresiva. El sacrosanto libre comercio que predicaban los anglosajones deja de ser tan sagrado cuando la ventaja comercial se desvanece. Durante siglos los ingleses exigieron acceso comercial a los puertos españoles de América mientras limitaban el comercio de sus propias colonias. Haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago.

El tiempo nos da la razón. Cuatro años después de que inauguráramos esta columna anticipando ese desenlace, The Economist recogía esta misma semana que Cheng Li-wun, presidenta del Kuomintang —el mayor partido de la oposición taiwanesa, heredero de los mismos nacionalistas que huyeron al continente en 1949—, se reunía en Pekín con Xi Jinping en la primera visita de un líder del KMT a China en una década.

Llegó proponiendo un “marco de paz” formal entre las dos orillas. Se comprometió a trabajar hacia la “rejuvenación nacional”, el concepto que Xi vincula explícitamente a la reunificación con el continente. Y llegó a ofrecer recibir al presidente chino en Taiwán si el KMT recupera el poder en 2028.

Todo ello mientras su partido bloquea en el parlamento el aumento del gasto en defensa que Washington reclama urgentemente a Taipei —a pocas semanas de una posible cumbre entre Trump y Xi en la que Pekín espera diluir el apoyo verbal de Washington a la isla—. La fruta madura cae sola. Sin disparar un tiro. Tomen nota israelitas y norteamericanos y los que los jalean acríticamente.

Hay que escuchar, de vez en cuando, a Tucker Carlson, nada sospechoso de rojo bolchevique o al profesor judío norteamericano de Columbia, Jeffery Sachs para poder contrastar con la papilla mediática que nos dan en occidente y en particular en España. En ciertos temas la sintonía es sospechosa entre Onda cero, COPE y SER. Increíble ¿no? Poderoso caballero. Que sí, que el rey va desnudo.

Conviene entender la imagen completa. El hegemón decadente siembra muerte y destrucción, viola las normas del orden internacional que él mismo construyó en Yalta y Bretton Woods, e intenta silenciar a sus periodistas, el único bien democrático que le quedaba: la libertad de expresión.

El hegemón ascendente se presenta pacífico, sereno, colaborativo, sin injerencias directas. No son santos ni perfectos. China no ha mediado en persona: ha facilitado la mediación a través de un vecino de confianza. Es una distinción que los comentaristas occidentales siguen resistiéndose a ver.

Pekín ha dado a Washington un puntapié en el tablero geopolítico vía Irán, y lo ha hecho con guante blanco. Han medido sus fuerzas en los escarceos Pakistán – India y en esta guerra de Irán y ha evidenciado que ya no se le puede plantar cara. Presten atención al Liaowang-1, un buque chino de inteligencia y seguimiento espacial que fue reportado cerca del estrecho de Ormuz y el golfo de Omán, dentro del entorno del Índico y el golfo Pérsico.

Varias informaciones lo describen como capaz de interceptar señales y apoyar vigilancia militar. Además de las imágenes satelitales open source chinas, también ha circulado la idea de que Irán podría usar el sistema chino BeiDou para navegación y guiado de misiles, lo que reforzaría la precisión. Eso apunta a una relación tecnológica más amplia entre China e Irán, pero sigue siendo distinto de una “apertura” formal de inteligencia satelital militar.

La formulación más prudente es: China no parece haber abierto su inteligencia satelital militar al público para Irán; más bien, Irán podría estar explotando datos comerciales chinos, procesados con IA, para mejorar su targeting. Los analistas estadounidenses ven MizarVision + BeiDou como un punto de inflexión, porque juntos le dan a Irán, a bajo coste y con una negación plausible por parte de China, algo muy parecido a una capacidad de detección de objetivos y guiado de precisión al nivel de una gran potencia para misiles y drones.

Los riesgos que se discuten menos son lo fácil que este modelo puede extenderse a proxys y actores no estatales, y lo difícil que resulta “apagar” datos comerciales abiertos sin dañar el ecosistema espacial y tecnológico más amplio, lo que hace que las contramedidas dependan más de gestionar firmas, engaño y guerra PNT que de simplemente bloquear imágenes.

Lo que España y Europa deberían extraer de aquí no es solo un análisis de geopolítica: es una lección sobre neutralidad. A España no se le ha perdido nada tomando partido en este relevo hegemónico, y mucho menos con los que van perdiendo. Nuestra neutralidad en las dos grandes confrontaciones del siglo XX es un activo que conviene no dilapidar.

Hablé mucho en Finlandia con gente sencilla, pastores de renos, granjeros, gente que se dedica en Sirkka y Levi a aprovechar la temporada turística antes de que el verano les traiga mosquitos y pesca. Todos enojados por la inclusión de su país en la OTAN sin consulta ni referéndum. Muy enojados con sus élites.

Muchos reconocen que los rusos les liberaron del yugo sueco y les dotaron de autonomía, respetaron su lengua y costumbres y les incluyeron en un imperio multiétnico, multicultural, multirracial, multi lingüístico. Aún tienen la estatua del zar en la plaza del parlamento en Helsinki.

Todos los imperios multiculturales, caca. Cada pueblo debe tener un Estado, y así llegamos al sionismo, en contra del propio Talmud. Pero del nacionalismo, la declaración Balfour de los amigos anglos en 1917 y sus destrozos hablaremos otro día.

Edwin Samuel Montagu, el único miembro judío del gabinete en 1917 se opuso enérgicamente. Hoy seria tachado de peligroso antisemita. Montagu sostuvo, en esencia, cuatro argumentos principales contra el sionismo: que los judíos no formaban una nación separada, que Palestina no era su patria política natural, que el sionismo dañaría la posición de los judíos integrados en otros países, y que podía alimentar el antisemitismo.

En su crítica, rechazó la idea de que “un judío inglés” y “un judío marroquí” pertenecieran a la misma nación solo por ser judíos, y comparó esa lógica con decir que un cristiano inglés y un cristiano francés fueran la misma nación por su religión. Aplastante lógica que no sirvió de nada.

Pero volvamos a la energía, porque todo está conectado. En 2020, Xi Jinping fijó un objetivo que entonces pareció ambicioso: 1.200 GW de energía solar y eólica para 2030. Según la Administración Nacional de Energía de China (NEA), lo alcanzó en julio de 2024, con seis años de adelanto.

A finales de 2025, la capacidad combinada de ambas fuentes había llegado a 1.840 GW, el 47,3% de toda su potencia eléctrica instalada, superando por primera vez en su historia a los combustibles fósiles. Y ahora, están resolviendo el problema siguiente: qué haces con toda esa energía cuando el sol no brilla o el viento no sopla.

La doble estrategia de almacenamiento que Pekín ejecuta no tiene precedente en la historia energética moderna. Por un lado, las baterías: según la NEA, 136 GW instalados a finales de 2025 con un crecimiento del 84% en un solo año, multiplicando por cuarenta la capacidad respecto al plan anterior.

Por otro, el bombeo hidroeléctrico: según el reportaje de El Español «China convierte sus montañas en baterías gigantes», China opera 59 GW de bombeo y su nuevo plan quinquenal contempla llegar a 159 GW, añadiendo 100 GW de nueva capacidad en cinco años.

Cuando sobra electricidad, se bombea agua hacia un embalse superior; cuando hace falta, el agua baja y mueve turbinas. Una batería de gravedad con vida útil de cincuenta años, sin litio, sin degradación, con una eficiencia de ciclo del 75-80%. Los nuevos embalses se concentran en las regiones montañosas del interior —Yunnan, Sichuan, Guizhou, el Tíbet—, con grandes desniveles naturales, baja densidad de población y acceso a los corredores de alta tensión que conectan con las costas industriales.

La instalación de Fengning, en Hebei, es ya la mayor del mundo en su tipo, con 3,6 GW instalados. El objetivo de Pekín va mucho más allá de la ecología: al almacenar en casa la energía que genera, China reduce drásticamente su exposición al petróleo iraní y al gas del Golfo Pérsico.

La tregua que facilita esta semana no es solo diplomacia: es la cobertura estratégica que permite a Pekín negociar desde una posición de menor dependencia. Pueden permitirse la paz en el Golfo porque ya no la necesitan tanto para llenar sus depósitos.

Pongamos esto en perspectiva española, porque las cifras son reveladoras. China tiene una economía aproximadamente once veces mayor que la española en PIB y una población treinta veces superior. Si extrapolamos proporcionalmente el esfuerzo chino en bombeo al tamaño de nuestra economía, el equivalente que nos correspondería acometer sería añadir unos 9 GW de nueva capacidad de bombeo en cinco años.

Según el informe EY Infrastructure Compass 2025, España cuenta hoy con 6 GW de almacenamiento hidráulico por bombeo instalado, el grueso de todo su almacenamiento eléctrico. El PNIEC —el Plan Nacional Integrado de Energía y Clima— fija según El Español Invertia un objetivo total de 22,5 GW de almacenamiento para 2030, de los cuales apenas 3,5 GW adicionales serían de bombeo. Una cifra que palidece frente al reto real.

En baterías, la distancia es todavía más llamativa: el equivalente proporcional al despliegue chino de 2025 supondría para España unos 8-9 GW adicionales en un solo año. No hemos instalado esa cifra acumulada en toda nuestra historia. Y mientras tanto, seguimos quemando gas para estabilizar una red llena de renovables que tiramos porque no tenemos dónde guardarlas. Desde el apagón de la primavera pasada, estamos regasificando gas natural licuado que nuestros socios atlánticos nos venden cinco o seis veces más caro que lo que pagaban los alemanes por el ruso.

Y, además, estamos cerrando las centrales nucleares que tenemos. Según el Consejo de Seguridad Nuclear y el Ministerio para la Transición Ecológica, en España funcionan 5 centrales nucleares con 7 reactores y una potencia total instalada de 7.399 MW. Según Foro Nuclear, en 2025 operaron de media durante el 83% de las horas del año y aportaron más del 19% de toda la electricidad consumida en España, siendo la segunda fuente de generación del país.

Apagarlos sin haberlos sustituido por otra cosa que no sea gas de ciclo combinado no es transición energética, es suicidio industrial. La nuclear no debió nunca pararse. Debió reforzarse su seguridad, extenderse su vida útil donde la física y la ingeniería lo permiten —en octubre de 2025 los propios operadores manifestaron su disposición a solicitar la ampliación de la vida útil de Almaraz más allá de 2027, mientras la posición española contrasta con la tendencia de Francia, Estados Unidos, Canadá, Japón y Reino Unido, todos ellos extendiendo sus reactores— e invertirse en la siguiente generación, la que produce muchos menos residuos, la que no puede weaponizarse.

Los chinos, mientras Europa debatía si la nuclear sí o la nuclear no, anunciaron el primer reactor de torio viable en funcionamiento. Un material enormemente más abundante que el uranio, que genera residuos de vida corta, que no puede usarse para fabricar armas. Según El Ecosistema Startup, China asegura tener reservas de torio para 60.000 años de generación. Todo a la vez, sin dogmas y sin puertas giratorias. Que los tres últimos presidentes del país hayan sido ingenieros debe tener algo que ver.

Mientras los alemanes cerraban sus plantas nucleares, Francia se frotaba las manos, les vendía electricidad cara y al mismo tiempo arrastraba los pies para que la Península Ibérica conectara sus renovables con el resto de Europa. La pregunta que nadie contesta es esta: ¿cómo se le ofrece a España un paraguas de protección nuclear y al mismo tiempo se bloquea durante décadas el cable eléctrico que nos conecta con Europa?

España y Portugal somos una isla eléctrica dentro de la Unión Europea. La capacidad de interconexión de la Península con Francia es estructuralmente insuficiente, y Francia no tiene ningún incentivo para cambiarla mientras pueda vender su excedente nuclear a precio oportunista y bloquear la competencia renovable del sur.

Europa necesita una política energética común de verdad: una que obligue a construir las interconexiones que el sistema necesita, que impida que un país vete la integración de sus vecinos por interés comercial propio, que trate la red eléctrica continental como lo que es: infraestructura estratégica compartida.

Todo esto nos lleva al mismo sitio: el almacenamiento. La solución técnica existe y la orografía nos favorece. Según El Periódico de la Energía, en España hay más de 10 GW de potencial de bombeo instalable sobre presas ya existentes, sin necesidad de nueva gran infraestructura civil. Tenemos además campeones industriales que pueden ejecutarlo: Power Electronics, Ingeteam, Zigor, Premium, Ormazabal, Velatia.

Contamos con las mejores ingenierías y constructoras de obra pública de Europa. Aquí mismo en Granada, escribo estas líneas desde Casa Torcuato en El Albaicín, la empresa líder europea en Geomembranas y balsas, Atarfil que vende más en Oriente Medio, América o Australia que muchos que sacan pecho todo el día. Viva la modestia granaína.

La política industrial de verdad es tirar de nuestros fabricantes como Bombas Boyser S.L. (Santa Eulàlia de Ronçana, Barcelona), General Pumps (Ribarroja del Turia, Valencia), Hidráulica Fher S.A. (Alfajarín, Zaragoza), Bombas Unika S.L. (Córdoba) y Bomba Elías (desde 1965, en Cataluña) entre otras. Lo que no tenemos es el marco regulatorio correcto. Según El Economista, España aún no ha transpuesto la directiva europea que declara el almacenamiento energético de utilidad pública, con el plazo vencido en julio de 2024 y un procedimiento de infracción ya abierto por la Comisión Europea.

¿A quién conviene esto, ministra Aagesen? A los españoles no. Menos predicar y más trigo, en particular proyectos y pedidos, mejor que ayudas, pan y agua. Bastantes paniaguados tenemos. A ver qué pasa con Forestalia. Mientras eso no cambie, los inversores no tendrán la seguridad jurídica que necesitan para proyectos de décadas.

Y los nodos de conexión a la red de las plantas de generación renovable ya existentes deben declararse infraestructura pública: un parque eólico con su punto de acceso a la red no puede bloquear, por razones de rentabilidad privada, que una instalación de almacenamiento colindante comparta ese acceso. Declararlo infraestructura pública no es populismo: es política industrial del siglo XXI.

Pero no basta con liberalizar el acceso. Hay que financiar el despliegue. El contribuyente español preferiría financiar baterías y bombeos reversibles con deuda pública que se recupera 100% con intereses, antes que seguir pagando el recibo actual con inflación galopante y pérdida de competitividad. No es una subvención. Es una inversión de retorno medible.

España gastó unos 6.288 millones de euros en la bonificación de 20 céntimos por litro de combustible entre abril y diciembre de 2022. A los precios actuales de las baterías —según el informe EY Infrastructure Compass 2025, unos 115 dólares por kWh, tras una caída del 90% desde 2010—, esa misma cifra habría comprado más de 47 GWh de capacidad de almacenamiento electroquímico para la red. No lo hicimos. Pusimos el parche y seguimos a lo nuestro.

El argumento es sencillo. Dame energía barata y te llevo la industria, el empleo, el agua, la competitividad y la balanza de pagos al liderazgo. Reducimos la dependencia de un Golfo Pérsico que arde —o que negocia treguas que no hemos propiciado nosotros—, reducimos emisiones, ganamos autonomía estratégica y bajamos el recibo de las empresas que compiten con alemanes y franceses con contratos de largo plazo a precios que nosotros no podemos ni soñar. Y regamos campos sedientos.

Todo de golpe, con el mismo instrumento: almacenamiento masivo financiado con deuda pública de retorno garantizado, nucleares cuya vida útil se alarga donde tiene sentido, nuevas inversiones en reactores de última generación que no producen emisiones y aprovechan mejor el residuo, e interconexiones europeas que conviertan nuestra ventaja renovable en palanca de negociación real.

Los chinos llevan cinco años haciéndolo todo a la vez, sin ideología energética ni tabúes. Y mientras tanto, sientan a sus adversarios a negociar en suelo aliado sin disparar un tiro. Nosotros llevamos cinco años debatiendo si la culpa es del pool marginalista, de las eléctricas o del gobierno de turno.

Las tres cosas pueden ser verdad y no servir de excusa para la parálisis. Esta mañana en la Shell de Antequera se quejaban de que hace año y medio que esperan la acometida del cargador de vehículo eléctrico reglamentario y obligatorio. Una pena, un despropósito y una vergüenza. Hay intereses que no quieren que esto ocurra: los que facturan el gas de ciclo combinado no tienen ningún incentivo para que el almacenamiento los deje sin negocio. Poner al zorro a cuidar la gallina, como hicimos con los puntos de recarga eléctrica en gasolineras, no es una opción.

Dame energía barata y lideraré el mundo. No es un eslogan. Es una ecuación.