Aprendí la lección el año pasado, cuando volví a caer en la trampa de las aglomeraciones en la Plaza Uncibay, cuando sufrimos el tapón de la zona angosta donde la calle San Agustín confluye con Beatas y la calle Granada, porque las mesas de las terrazas son intocables, al turista una sonrisa y todo lo que quiera y necesite, y a punto estuvimos mis hijos y yo de sufrir un disgusto, a poco que la masa de gente allí convocada al paso de alguno de los tronos se hubiese rebelado contra la falta de espacio, contra la falta de aire, contra la falta absoluta de racionalidad y sentido común en la ordenación temporal de ciertas actividades económicas -siempre la hostelería, claro- para evitar riesgos y propiciar una circulación más o menos natural de quienes toda la vida hemos visto los tronos en esas calles ahora vedadas, porque es imposible acceder a ellas o porque no merece la pena arriesgarse a una espantada que cualquier año acabará en tragedia.
Aprendí la lección, digo, igual que aprendí la lección de las tribunas opacas a conciencia que invisibilizan el paso de procesiones, de nazarenos y tronos por las amplias alamedas y ciertas calles de antaño, hoy circuitos cerrados de pago, sepulcros encalados por el dinero que llega a espuertas a la ciudad de la mano de los turistas, de su dinero, de sus compras de pisos, de los alquileres vacacionales.
La fe, sea la que sea la de cada uno, ha dejado de importar, la tradición ha sido sepultada, porque lo que de verdad cuenta y manda es el impacto económico, medido a través del gasto, claro, porque se ha decidido convertir la Semana Santa en otro reclamo turístico, en otro aliciente para venir a la ciudad a gastar dinero, a mejorar la ocupación hotelera, a consumir todo lo que se pueda mientras que los malagueños de toda la vida que acompañaban a sus imágenes y a sus familiares penitentes, mochilas en ristre, bolsas con chocolatinas y chucherías, botellas de agua y palabras de amor, ya no significan nada en este paisaje mercantil tan ajeno a los evangelios y a lo que se conmemora, porque en Málaga ya lo único que merece el aplauso y la complicidad de las autoridades civiles y cofrades no parece ser otra cosa que el impacto económico, los ingresos, la recaudación, los negocios, el maldito parné, qué desgraciaíta Málaga tú eres teniendo de tó.
Así que con la lección aprendida evitamos las zonas donde las sillas de pago permiten ver las procesiones sólo a unos pocos, y también las zonas donde confluyen oleadas de malagueños despistados y turistas azarosos en busca de los tronos de toda la vida, y nos quedamos circulando por la calle Carretería, buscando esos preciosos momentos de autenticidad y de esfuerzo que aún ofrece la Semana Santa de Málaga, sin tribunas pagadas a precio de oro, sin mesas llenas de turistas bebiendo vino y hartos de copas al paso de esos tronos que retratan en sus móviles con difuso acierto.
Foto de un cóctel, foto de una pizza, foto de un Cristo. Evitamos entonces los peores tramos horarios de coincidencia de la sagrada hostelería con las festivas procesiones -porque esa es la combinación por la que se ha apostado: lo sagrado ahora es profano, está al servicio del negocio puro y duro- y nos refugiamos en Casapalma, rodeados de quienes deseaban, como nosotros, ver pasar al Cristo de los Gitanos al ritmo de una malagueña, Nuestro Padre Jesús de la Columna en impecable coreografía que sólo emociona y pone los pelos de punta a quienes hemos llevado un trono sobre nuestros hombros, a quienes llevan viendo procesiones desde que son pequeños, a quienes viven la Semana Santa desde dentro, por cultura, por fe, por creencias, por lo que sea.
En la atiborrada calle Casapalma, zona de tránsito de turistas multiculturales en busca de un apartamento o de una mesa en la que cenar, coincidimos hombro con hombro con familias que llevaban allí desde las cuatro de la tarde, con sus sillas plegables, claro que sí, con sus bocadillos hechos en casa con el amor de una madre, con sus golosinas y toda esa parafernalia local tan cateta, tan poco importante porque no contribuye al impacto económico de nada.
Porque en la Semana Santa de Málaga, Sociedad Anónima, si no gastas dinero no importas, si no consumes no existes, y acabas expulsado a la periferia de las procesiones, en horarios imposibles de salidas tempranas, en horas extremas de encierros, alejados del escandaloso escaparate que parece definir el éxito de la ciudad, ese en el que conviven sin mezclarse los que han pagado sus sillas y tribunas y quienes ocupan las mesas y los balcones de los apartamentos turísticos, porque la ciudad es para ellos en estas fechas, para los que se rascan el bolsillo y gastan, y meriendan y cenan y toman copas y gintonics en los bares cercanos mientras sus mujeres e hijos, viva la tradición, ven las procesiones y les dejan, benditos sean, ese instante de comunión líquida y espiritual con los amigos de pádel y compañeros de negocios.
Aprendimos la lección mis hijos y yo, claro que sí, y vimos Crucifixión en Mariblanca, cuando enfilan el regreso al barrio y cargan con esos tronos tan hermosos y tan pesados cuesta arriba, calle Carrión en el horizonte, acompañados por sus correspondientes y fantásticas bandas de música a las que tan poco se las respeta en estos días de bullicio y fiesta y gasto, que no falte el gasto.
Y de ahí nos fuimos corriendo a nuestro barrio, a la esquina de la calle Trinidad a ver al Cautivo y a la Virgen de la Trinidad, y de nuevo comentamos, mi hijo y yo, él que tiene ganas de sacar una Virgen -sacó la Sangre el miércoles- y yo que me quedé con ganas de sacarla, cuando el cuerpo aún podría darme esas fuerzas que ahora no tengo y la cabeza esas ganas que cada vez que piso la Semana Santa de Málaga se me quitan casi para siempre, pero sólo hasta el año que viene.
Hemos aprendido la lección, por supuesto. Hemos evitado las trampas, hemos dejado de imaginar que la ciudad no está cortada y dividida por sillas de pago y barricadas de tribunas, y ahora vamos de un lado a otro con mucha cautela y planificación, siempre en busca de esos momentos mágicos que pese a todo nos siguen dando las procesiones, los hombres y mujeres de trono, las bandas de música, los nazarenos, las mantillas, los niños y niñas que acompañan a sus titulares, y todas esas personas que se esfuerzan de buena fe durante todo un año en sacar a la calle lo mejor de ellos mismos.
Toda esa gente a la que nosotros, simples y llanos malagueños de a pie, respetamos con todo nuestro corazón y nuestra alma, porque sin ellos no volveríamos nunca más en estas fechas a esta ciudad triunfante que ya lo ha vendido todo al impacto económico, a esta sociedad anónima que sólo cuenta el dinero y los beneficios.
Toda nuestra gratitud y consideración a quienes aún creen y lo demuestran. Quién sabe. Quizás algún día las calles, todas las calles, volverán a ser de los que se sacrifican, de los que pasan horas esperando, de los que se acostarán tarde porque el alma les pide que estén ahí hasta el final, de los que cada mañana, todos los días del año, levantan las persianas de la ciudad. Quién sabe, algún día.