Murió Jürgen Habermas a los 96 años. El filósofo alemán que acuñó el concepto de "esfera pública" y que dedicó siete décadas a defender que la democracia no es un sistema de gobierno sino una forma de conversar. Que la legitimidad no viene del cañón ni del mercado, sino del mejor argumento. Alemania le debe más de lo que reconoce. Europa también. Y el resto, si somos honestos, también.

Lo conocí en los libros tarde. Tenía yo veintitantos años cuando me cayó entre las manos la Teoría de la Acción Comunicativa y me pareció un ladrillo inaccesible, construido para iniciados. Luego entendí que era deliberado: Habermas escribía con la misma exigencia con que pedía que se argumentara en público. Sin atajos. Sin eslóganes. Sin el cinismo de quien ya ha decidido antes de escuchar.

Habermas creció en la Alemania de la posguerra. Había nacido en 1929, tenía quince años cuando acabó la guerra. Lo que vio de niño —el nazismo triunfante en las calles, en la escuela, en la radio— marcó cada página que escribió después. Su pregunta de fondo nunca fue abstracta: ¿Cómo es posible que una sociedad culta, industrializada, heredera de Goethe y Kant, derive en Auschwitz? ¿Cómo se evita que vuelva a ocurrir? No es una pregunta filosófica. Es una pregunta política, urgente, existencial. Y su respuesta tampoco fue abstracta: construyendo instituciones que obliguen a razonar en público, que hagan del debate el único mecanismo de legitimidad.

Por eso se enfrentó a los conservadores alemanes en los años 80 durante la Historikerstreit, la controversia de los historiadores, cuando figuras como Ernst Nolte intentaron relativizar el nazismo situándolo en el contexto de otras violencias del siglo XX. Habermas les llamó revisionistas. Fue durísimo, implacable. No porque no supiera matizar —sabía más que nadie— sino porque entendía que hay debates que tienen trampa, que la neutralidad fingida es una forma de capitulación moral. A veces, el mejor argumento no es el que suena más ecuánime.

Esa disposición al combate intelectual le granjeó enemigos en todos los flancos. La izquierda más radical le acusó de ser un demócrata burgués que legitimaba el statu quo con lenguaje sofisticado. La derecha le veía como un agitador disfrazado de académico. Los posmodernos —Derrida, Foucault, Lyotard— le atacaron por creer en la razón cuando ya nadie creía en ella. Habermas les respondió a todos con el mismo instrumento: argumentos. Más argumentos. Argumentos sobre argumentos. Era su forma de resistencia y, también, su límite.

Porque Habermas fue también un pensador con puntos ciegos. Su fe en la deliberación racional como mecanismo de integración social tenía algo de ingenuo frente a la realidad del poder. No era ingenuo, eso sería injusto. Pero sí optimista en exceso respecto a la capacidad de las instituciones de sostener espacios de debate genuino cuando el dinero y los intereses organizados los colonizan sistemáticamente.

Lo que él llamó "colonización del mundo de la vida" por los sistemas funcionales —el mercado, la burocracia estatal— es exactamente lo que hemos vivido desde los años ochenta en Europa y a una velocidad de vértigo desde 2008. Él lo diagnosticó con precisión clínica. La cura que propuso —más deliberación, mejores instituciones, normas más inclusivas— tardaba más en aplicarse que el veneno en actuar.

Sus últimas grandes intervenciones públicas fueron sobre Europa. Y aquí es donde Habermas se vuelve incómodo, no para sus adversarios, sino para sus admiradores. Defendió con convicción el proyecto europeo como el intento más serio de la historia de construir una soberanía postnacional basada en normas y no en identidades étnicas. Europa como respuesta política al nacionalismo que había devastado el continente dos veces en cincuenta años. En eso tenía razón estructural.

Pero también fue muy crítico con la Europa real. La que durante la crisis del euro de 2010-2012 aplicó políticas de austeridad sobre Grecia, Portugal y España bajo la batuta del eje Berlín-Bruselas sin que ningún parlamento elegido las discutiera con la ciudadanía afectada. Habermas publicó en esos años textos durísimos contra lo que llamó "tecnocracia de mercado": la sustitución de la política democrática por la gestión técnica al servicio de los acreedores. Había escrito toda su vida contra esa posibilidad y la vio realizarse en directo. Fue lo más cercano que estuvo a la desesperación.

¿Qué diría hoy Habermas del papel de Alemania en el mundo?

Primero, diría que Alemania sigue sin haber asumido del todo su responsabilidad europea. No la responsabilidad histórica por el nazismo, que esa la trabaja con esfuerzo desde los años sesenta, sino la responsabilidad económica presente.

Alemania es el país que más se ha beneficiado del euro. Un euro estructuralmente débil respecto a lo que hubiera sido el marco le ha dado una ventaja exportadora enorme durante veinte años.

Ha acumulado superávits comerciales que en otro tiempo se habrían considerado predatorios. Ha extraído valor de la periferia y lo ha reciclado en forma de crédito, que la periferia luego ha tenido que devolver con intereses y reformas laborales a cañonazos. Habermas lo habría llamado lo que es: una relación asimétrica que corroe la legitimidad del proyecto común. No desde el marxismo ni desde el resentimiento, sino desde la lógica del propio liberalismo democrático: si las reglas del juego benefician sistemáticamente a uno solo de los jugadores, el juego pierde legitimidad y con ella cohesión.

Segundo, diría que el giro alemán hacia el rearme masivo —el famoso Zeitenwende de Scholz tras la invasión rusa de Ucrania, cien mil millones para el Bundeswehr, objetivo del dos por ciento del PIB en defensa, debate sobre el servicio militar obligatorio— es una reacción comprensible pero políticamente peligrosa si no va acompañada de un debate público real sobre para qué sirve esa fuerza, bajo qué mandato, con qué límites. Alemania rearmándose sin un debate constituyente europeo sobre defensa colectiva es exactamente el escenario que Habermas pasó la vida intentando prevenir: el poder desnudo sin marco normativo. Con buenas intenciones, claro. Como siempre.

Tercero, diría que la tentación alemana de liderar Europa imponiendo sus preferencias —ya sea en disciplina fiscal o en política migratoria o en estrategia industrial— reproduce la lógica del poder que tanto criticó: la sustitución del acuerdo deliberado por el peso específico del más grande. Que Alemania tenga razón en algunos diagnósticos no le da el derecho a imponer las soluciones. Esta distinción, para Habermas, no era un detalle de procedimiento. Era el núcleo de todo.

Cuarto, y esto es lo que me parece más relevante hoy, diría que el verdadero problema de Alemania —y de Europa— no es la falta de potencia militar ni la falta de voluntad política. Es la erosión de la esfera pública. Los medios de comunicación capturados por intereses financieros, los partidos vaciados de deliberación interna, las redes sociales que amplifican el ruido y penalizan la complejidad, los think tanks financiados por quienes tienen interés en determinadas conclusiones.

Todo eso es lo que Habermas llamaría la "refeudalization" de la esfera pública: la reconversión del espacio de debate ciudadano en un mercado de influencias. No es un fenómeno alemán. Es europeo y global. Pero Alemania, que durante décadas construyó quizá el sistema mediático más serio de Europa occidental, lo está perdiendo también.

Habermas publicó en 2022, con 92 años, un libro sobre la filosofía de la religión que muchos comentaristas leyeron como un testamento intelectual. Seguía creyendo que la razón comunicativa era el único recurso que tenemos contra la barbarie. No la razón tecnocrática, que calcula pero no delibera. No la razón estratégica, que maximiza pero no justifica. La razón orientada al entendimiento mutuo. Anticuado, dirán algunos. Ingenuo, dirán los cínicos. Puede. Pero la alternativa que estamos probando —la del poder sin legitimidad, la del interés sin argumento, la del mercado sin política— tampoco está funcionando especialmente bien.

Habermas no necesitaba que le dieran la razón para seguir argumentando. Eso, quizás, es lo que más me admira de él. Y lo que más nos falta.